Parte 1

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EL TERCER BANDO

La luz se estaba convirtiendo en una oscuridad verdosa a medida que las nubes de tormenta se juntaban en el cielo. Cada tanto algún relámpago permitía ver de nuevo los alrededores, aunque en realidad no servía de mucho: la vegetación era muy espesa y no existían puntos de referencia. Sin embargo, Tatiana sabía bien dónde se encontraba y también cómo llevar a cabo su misión. Si acaso, le preocupaba no terminar antes de que empezara la tormenta, ya que, a pesar de que el calor y la humedad eran insoportables, no le hacía gracia la idea de quedar ensopada.

A medida que se desplazaba entre los árboles y las plantas en completo silencio, una vez más se sorprendió de lo tranquila que estaba. Su corazón palpitaba con rapidez y el sudor resbalaba por todo su cuerpo, pero eran efectos del ejercicio y no de la tensión nerviosa. Pensó en los hombres a los que enfrentaría en pocos minutos: seres crueles y armados hasta los dientes, cada uno de ellos con un asesinato o dos, como mínimo, en su historial delictivo. Nada de esto despertó en ella una pizca de temor. En cambio, la invadió la frialdad que había sentido en el pasado, dentro del hospital, cuando usaba sus conocimientos de medicina para terminar vidas en lugar de salvarlas. Aún no conseguía sentirse culpable por eso, no cuando esas personas habían hecho cosas tan terribles como para que nadie con algo de sentido común lamentara sus muertes. Siguiendo con esa lógica, era muy probable que tampoco sintiera culpa en el futuro por los hombres a los que estaba a punto de condenar. Ellos también merecían un castigo. Tenía que haber algo de justicia en el mundo, y a Tatiana no le molestaba ser el medio para tal fin.

Guiada por una intuición y unos sentidos que no le pertenecían, la joven llegó al campamento. Oculta detrás de unas enredaderas, confiando en su camuflaje, detectó a cuatro de los doce hombres cuyos rostros estaban grabados en su mente como si los hubiera visto miles de veces. Simplemente habían aparecido ahí, recuerdos espontáneos con el máximo detalle. Doce caras de expresión inmisericorde que le habrían causado temor en otras circunstancias. Pero no ahora, claro. En ese instante los contemplaba con la superioridad de un leopardo frente a un grupo de monos, sabiendo que sus garras y dientes le proporcionaban una ventaja insuperable.

Tatiana siempre había odiado a los narcotraficantes, incluso cuando era enfermera y no conocía a ninguno en persona. Los odiaba porque destrozaban vidas inocentes con su veneno, sobre todo jóvenes que luego terminaban en el hospital con el cuerpo y la mente en ruinas. A ella le tocaba atender los despojos, y cada vez que alguno perdía la batalla, dejando atrás una familia desconsolada, Tatiana maldecía en silencio a todos los participantes en la cadena de fabricación y venta del veneno en cuestión.

No, sin duda no se sentiría culpable en ningún momento por lo que les haría en pocos minutos a esos desgraciados allí en la selva.

Se tomó un rato para meditar su estrategia. O más bien esperó a que dicha estrategia se le presentara igual que los doce rostros, como la lluvia que pronto mojaría la tierra. Gotas de conocimiento sobre la llanura expectante de su cerebro.

La estrategia se presentó. Tatiana avanzó hacia el campamento.

El nuevo “empleo” de la joven incluía ciertas habilidades que ella había aprendido a usar rápidamente. La primera consistía en saber. De alguna manera, como si las personas fueran las notas musicales de una pieza muy conocida, Tatiana podía predecir con bastante exactitud de qué manera reaccionaría cada uno de los involucrados en su tarea. Esto acompañaba la segunda habilidad: la capacidad de moverse entre dichas personas, incluso a plena vista, sin que la detectaran, aprovechando cada distracción y punto ciego.

La tercera habilidad era tirar de los hilos. Causa y consecuencia. Pequeñas acciones en el momento justo para lograr un objetivo determinado. Igual que el supuesto “efecto mariposa”, a veces una modificación insignificante en el entorno podía hacer un mundo de diferencia, como aquel frasquito olvidado con el medicamento que ella había usado para matar a su último paciente en el hospital. Un detonante, la pieza clave para hacer andar la maquinaria. En esta ocasión serían tres cosas: una pistola automática, un juego de llaves y una roca. Todo lo demás caería por sí solo en su lugar, excepto que el resultado final del rompecabezas no sería una imagen sino un baño de sangre.

Los narcos tenían rehenes. Dos hombres y una mujer, los tres atados con cadenas, sucios y demacrados como prisioneros de alguna espantosa cárcel medieval. Uno de los hombres se veía demasiado enfermo para moverse, pero el otro y la mujer aún tenían un brillo en los ojos que mostraba su determinación. No se habían rendido, y sólo aguardaban que el destino pusiera a su alcance una mínima oportunidad de escape. Eso era justamente lo que Tatiana les daría.

La joven llegó a una carpa donde había más narcos discutiendo el procesamiento y el traslado de la droga que estaba por llegarles desde otra parte. Era una operación grande, por lo visto; hablaban de toneladas, aunque el tamaño de los bidones con los distintos solventes ya daba fe de ello. Tatiana sonrió al ver que muchos de los recipientes tenían un signo de producto inflamable. Aquello iba a ser todo un espectáculo...

No tuvo que aguardar mucho. Los traficantes se dispersaron y así ocurrió lo que ella había anticipado: por unos segundos un conjunto de llaves en particular y una pistola automática quedaron sin vigilancia. Aún había hombres en la tienda, pero dos de ellos se habían recostado para tomar una siesta, agobiados por el calor, y el tercero se hallaba de espaldas, limpiando un rifle. Ligera y silenciosa como el leopardo que había imaginado para sí, Tatiana se deslizó dentro de la carpa y tomó las llaves y la pistola. Un trueno cubrió el tintineo del metal, y la joven se retiró un segundo antes de que el hombre despierto terminara de armar el rifle y se diera vuelta. El traficante no se percató de nada, puesto que había muchas otras cosas en la mesa de las llaves y las armas abundaban en el interior de la carpa. Qué conveniente. La misión estaba resultando más fácil de lo que había esperado. Los siguientes pasos, sin embargo, serían más complicados.

Tatiana volvió junto a los prisioneros. Aunque los necesitaba, no podía dejar que ellos la vieran, de modo que se mantuvo lejos de su alcance. Su primer impulso era liberarlos con las llaves que tenía en su poder, abrir las cadenas y ordenarles que la siguieran a un lugar seguro. Se creía capaz de hacerlo... pero su trabajo funcionaba de otra manera. Tenía que seguir las reglas, le gustara o no, por lo que tiró las llaves en un punto específico y luego se trasladó hacia un segundo lugar donde al fin podría darse el gusto de hacer funcionar la maquinaria que ella misma había creado. La roca ya estaba en su mano, caliente y pesada como un animal con caparazón enrollado sobre sí mismo. Casi podía sentir sus latidos, aunque en realidad se trataba de sus propias arterias. En la otra mano sostenía la pistola.

El guardia apareció justo a tiempo. Esta vez la joven sí sufrió un pinchazo de nervios, pero aún no se debía al miedo sino a que todo se definiría en los próximos cuarenta segundos y había una diminuta posibilidad de que algo saliera mal. Tatiana no quería echar la misión a perder. Las vidas de los prisioneros estaban en juego, así como las muertes de los traficantes; ella no lo soportaría si estos últimos escapaban para seguir matando gente con sus armas y su veneno.

El guardia encontró las llaves y se agachó para recogerlas frunciendo el ceño. Por unos segundos miró a ambos lados del sendero, debatiéndose quizás entre seguir de largo o desandar sus pasos, pero luego hizo lo que Tatiana quería: continuó andando hacia los prisioneros. Excelente. Mientras el guardia se alejaba, ella depositó la pistola más o menos donde había tirado las llaves y, apretando más la roca, fue tras el guardia igual que una sombra.

La joven se detuvo, esperó a que el guardia se acercara bastante a los prisioneros y le lanzó la roca. Antes de que el viaje en tren cambiara su vida no habría podido hacer un tiro como ése, pero su puntería había mejorado desde entonces y la piedra voló certera, con una fuerza increíble, hacia la cabeza del traficante. Se oyó un sonido grave cuando el proyectil dio en el lugar correcto, y el hombre cayó de frente también en el lugar correcto: a los pies de la mujer encadenada.

La labor de Tatiana había finalizado por ese día. Ya podía irse... o quedarse a observar.

Los ojos de la prisionera se abrieron en un gesto de infinita sorpresa, como un niño hambriento que se topara de repente con una mesa llena de comida y sin un comensal a la vista. Por eso mismo tardó un poco en reaccionar, pero luego miró hacia todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie más y se estiró hacia el guardia inconsciente. Sus cadenas apenas le permitían llegar a él; sin embargo, el hombre se había derrumbado con las llaves en la mano y sólo hacía falta que la mujer se apoderara de ellas. Su rostro pálido y hundido se iluminó, y por un segundo pareció hermosa. Para ese entonces uno de sus compañeros, el que no estaba enfermo, también se había percatado de la situación, y siguió los movimientos de la mujer cuando ella trató de abrir los candados. Tatiana creyó adivinar que el hombre rezaba para sus adentros, y confirmó su impresión cuando él dijo “gracias a Dios” al ver que las llaves sí servían. Claro que Dios no había tenido nada que ver con eso, pensó la joven. Era cosa de su nuevo jefe, y aunque ella aún no lo conocía en persona ni sabía quién o qué era exactamente, estaba muy segura de que no se trataba de Dios.

Una vez libre, la mujer se aproximó a sus compañeros. El ansia de libertad había dado fuerzas a su cuerpo debilitado y enflaquecido por el hambre, de tal modo que soltó a los hombres rápidamente. El segundo de ellos apenas podía caminar.

—Déjenme aquí, sólo los retrasaré —protestó él con una voz muy débil.

—No seas idiota —le respondió su compañero, ayudándolo a levantarse—. Fíjate si tiene un arma —le pidió a la mujer. Ella hizo caso pero no encontró nada; después negó con la cabeza y preguntó:

—¿Qué hacemos ahora? ¿Correr?

—No llegaríamos lejos. Necesitamos la camioneta. Vamos para allá.

Los tres fugitivos se retiraron por donde había venido el guardia. Se desviaron del camino enseguida, pero no antes de encontrar la pistola que Tatiana había dejado en el suelo. La joven, desde su escondite, sonrió. Sabía que el hombre sano era un buen tirador. También sabía que ayudaría a sus dos compañeros a llegar hasta la camioneta, y aunque previamente ocurriría un intercambio de balazos, todos sus disparos darían en el blanco. No así los de sus enemigos, lo cual sería bastante raro, pero esas cosas extrañas sucedían a menudo cuando Tatiana cumplía una misión, y ella suponía que su jefe tenía mucho que ver con eso. Las habilidades de él debían ser por fuerza superiores a las que otorgaba a sus subordinados.

Tatiana se alejó un poco del escenario del tiroteo. No le preocupaba recibir un disparo, pero cuando uno de los bidones estallara, derramando su contenido inflamable, habría una explosión bastante grande. No duraría mucho a causa de la tormenta... aunque sí lo suficiente para que el fuego apareciera en las imágenes satelitales. Las brigadas antinarcóticos llegarían al sitio por la mañana, justo a tiempo para interceptar el cargamento de droga y desbaratar buena parte de la operación. Tatiana deseó que cayeran algunos peces gordos, de esos que nunca se ensuciaban las manos en persona pero que disfrutaban de grandes lujos pagados con un dinero manchado de sangre y muerte. No obstante, quizás no tuviera importancia si no los atrapaban en esta ocasión, ya que el jefe de Tatiana podría enviarla a ella a liquidarlos en cualquier otro momento. Eso le gustaría mucho.

La joven aguardó la explosión desde su escondite, pero algo desvió su atención por completo: un rostro blanco entre las matas, cuyos ojos negros estaban fijos en ella. La joven se sobresaltó. El contacto visual se mantuvo unos segundos más y luego el rostro se esfumó en un parpadeo como si nunca hubiera estado ahí. A Tatiana la recorrió un escalofrío a pesar del calor. Jamás había visto aquella cara, pero supo al instante que en realidad no pertenecía a un ser humano aunque así lo pareciera. ¿Sería su jefe? ¿Acaso el desconocido que los había reclutado a ella y a Santiago en el tren la había seguido para supervisarla, o...?

Las llamas iluminaron la selva oscurecida por las nubes. El rostro blanco no apareció de nuevo. Tatiana decidió que debía marcharse de ahí cuanto antes, ya fuera que el observador estuviera o no de su lado. Como mínimo, ella aún no deseaba que la pillara la tormenta.

Comenzó a alejarse del campamento en cualquier dirección. Daba igual hacia dónde, lo importante era pensar en un destino. Su mayor deseo era volver a casa, pero después de haber visto aquella cara misteriosa, tendría por fuerza que hacer una parada en otro lado. Su trabajo era muy inusual, cierto; aun así, Cristóbal les había advertido a ella y a Santiago que reportaran cualquier detalle que se saliera de los parámetros. “Órdenes del jefe”, había sido la única explicación. Pues bien, un rostro inesperado que desaparecía en la nada escapaba sin duda a los parámetros, de modo que lo reportaría. Ya le dirían si había hecho o no lo correcto, pero no podrían acusarla de negligente. Incluso en su época de enfermera, Tatiana se había enorgullecido siempre de hacer su labor lo mejor posible.

Cristóbal era la mano derecha del jefe y el hombre que había organizado el espectáculo del tren, con el drogadicto enloquecido y todo lo demás. No era un mal tipo. Tatiana no sabía mucho más de él, pero por algunas historias que contaba a veces, a ella le daba la impresión de que su apariencia no reflejaba su verdadera edad. ¿Sería un efecto secundario del trabajo, no envejecer? Tendría que preguntarlo en algún momento. Quizás fuera otro de los beneficios.

Dándose vuelta de vez en cuando para verificar que nadie la estuviera siguiendo, la joven continuó andando hasta encontrar lo que buscaba: las vías.

La cuestión de los trenes no paraba de hacerle gracia. La traían y llevaban desde cualquier parte y hacia cualquier parte, incluso en lugares insólitos como aquella selva. Nunca podía ver al conductor, aunque a veces sí viajaba con otros pasajeros, personas normales reclutadas igual que ella. No conocía a la mayor parte salvo de vista, quizás porque un trabajo que implicaba asesinatos no invitaba precisamente a charlar sobre él. Y considerando la vida solitaria de Tatiana, el trabajo era su único tema de conversación.

El tren no se hizo esperar. Apareció entre los árboles y comenzó a frenar de tal modo que la joven no tuvo que caminar mucho para llegar a una puerta. Apenas ella estuvo adentro, el vehículo reanudó la marcha.

En el vagón sólo había cinco personas, tres de ellas durmiendo. Tatiana se dirigió al asiento más próximo... y se detuvo un segundo al identificar a uno de los pasajeros. Éste la reconoció a su vez y le hizo un gesto con la mano para que se sentara junto a él. Era Santiago.

La joven aceptó la invitación. Mientras tanto, la lluvia al fin empezó a caer y el paisaje se emborronó detrás de los cristales. Luego las ventanas se oscurecieron y Tatiana no vio nada más. Casi siempre ocurría eso.

—Buenas tardes —la saludó Santiago—. ¿Paseando por la jungla? ¿Viste algún papagayo?

—Estoy viendo uno ahora mismo.

—Auch, eso me dolió. ¿La humedad te pone de mal humor?

—Más o menos. Estoy deseando llegar a casa y darme una ducha tibia, aunque antes...

—¿Antes qué?

La joven se demoró en contestar. Santiago no era Cristóbal, pero...

—¿Has notado algo raro últimamente? —dijo ella al fin.

—¿Algo raro? ¿Estás bromeando? Lo raro sería tener un día normal. Tienes que ser más específica.

—De acuerdo, tienes razón. Es que hoy... vi a alguien que no debía estar ahí. Un hombre pálido y de ojos negros que me observaba. Desapareció como por arte de magia.

—No me ha pasado nada de eso —replicó Santiago, y por un momento guardó silencio. Tatiana se dispuso a cambiar de tema, pero entonces él añadió—: Sin embargo, sí me he sentido vigilado desde hace un tiempo. Pero pensé que estaba siendo paranoico, nada más, o que tal vez ese dichoso jefe al que nunca hemos visto me estaba vigilando a escondidas. Deberíamos preguntárselo a Cristóbal.

—Es lo que yo pensé. De hecho, ahora mismo me dirigía a donde sea que esté para hablar con él. ¿Vienes conmigo?

—No. Es decir, es que no lo encontraremos hoy. Cuando me encargó la última misión dijo que no estaría disponible hasta el jueves. Mejor vete a casa y date esa ducha tibia.

—Oh. Está bien, gracias por el aviso.

Las ventanas se iluminaron de nuevo y el tren se detuvo en una estación de metro vacía. Santiago se puso de pie.

—Ésta es mi parada. Oye, ¿qué tal si me acompañas y te das esa ducha en mi nuevo apartamento? Tiene un baño de lujo, y puedo conseguirte una muda de ropa en el hipermercado. Dormirías en la habitación de huéspedes, claro. O donde quieras.

La expresión de Santiago era algo traviesa. No era la primera vez que coqueteaba con ella, pero nunca lo había hecho tan abiertamente. Tatiana compuso una sonrisa fatigada de disculpa.

—Lo siento. Estoy muy cansada, preferiría irme a casa. Espero que no te ofendas.

Santiago pareció desilusionado, pero luego se encogió de hombros.

—No hay problema. Dejaré la invitación pendiente, entonces. Nos vemos el jueves para hablar con Cristóbal, y prestaré atención por si veo al tipo que mencionaste.

—Claro. Adiós.

—Adiós.

Las ventanas se oscurecieron de nuevo y el tren siguió adelante. Minutos después paró en una calle desierta; era el vecindario de Tatiana, y su casa quedaba a menos de cien metros. La joven se apeó.

No había nadie en los alrededores y las farolas iluminaban bien el entorno, pero aun así Tatiana se apresuró a llegar a su casa, abrir la puerta y cerrarla detrás de ella con llave y pasador. Tal vez lo del hombre desconocido no tuviera importancia, pero... una parte de su mente comenzaba a advertirle que algo no estaba bien.

(Continuará...)

Gissel Escudero
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