Parte 2

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Tatiana recibió una carta en la mañana del jueves. Era de Cristóbal y le pedía que tomara el tren y se reuniera con él lo antes posible en el edificio blanco. Sintiendo que el corazón le latía más rápido, aunque sin poder determinar por qué, la joven se vistió y salió a la calle con el mensaje todavía en la mano.

Cristóbal nunca usaba el correo electrónico. Sin embargo, sus mensajes en papel eran igual de inmediatos, puesto que llegaban en días feriados o incluso en plena noche. Tatiana sospechaba que el cartero, a pesar de su uniforme oficial, era otro de los reclutados. El papel de las cartas parecía antiguo y Cristóbal escribía a mano con una caligrafía pasada de moda. Aun en su tiempo libre, estos detalles le recordaban a Tatiana cuán estrambótica era su realidad actual. Pero daba lo mismo al final del día, no obstante, siempre y cuando le gustara lo que hacía y tuviera un hogar bonito al cual regresar. Por el momento estaba satisfecha.

El tren la aguardaba en la misma calle de siempre como si ya fuera una estación de verdad. En esta ocasión no había nadie adentro y el vagón era pequeño, de modo que la joven se acomodó a sus anchas y sacó el teléfono móvil para leer una novela pendiente. Más tarde, sin embargo, su mirada se desvió a la ventanilla. El paisaje no se había oscurecido, y lo que se veía a través del cristal era ese mundo fantástico y algo tenebroso que los había impresionado a todos la noche del reclutamiento. A Santiago aún le producía rechazo, pero a ella... a ella le resultaba cada vez más familiar y agradable, como un perro tuerto y feo al que le hubiese tomado cariño por ninguna razón en particular. No tenía mucho sentido, considerando que a ella nunca le habían gustado escritores como Lovecraft o Clive Barker, pero bueno, tampoco era la norma que una enfermera se dedicara a matar pacientes que no merecían vivir, o narcotraficantes en medio de una jungla Sudamericana, o políticos corruptos asociados a las mafias. Y sin dudarlo un instante, además. Sí, en el fondo ella era rara y tal vez fuera por eso que aquel escenario se acomodaba a su estado mental.

Llegó al edificio blanco media hora después. Lo usaban como un cuartel general o centro de operaciones, pero ninguno de esos nombres parecía adecuado para describirlo. Era demasiado bonito, demasiado delicado en contraste con el entorno casi alienígena. Parecía hecho de nácar y marfil, con tantos detalles como una pieza de encaje. Tatiana se había quedado mirándolo un buen rato, muda y atontada a causa de tanta belleza, la primera vez que había estado ahí. Aún le quitaba el aliento. Semejante construcción era perfecta para cualquier niña que deseara imaginarse en su interior viviendo como una princesa de cuento de hadas.

El tren se detuvo luego de atravesar el arco principal de la entrada. Cristóbal le había dicho a Tatiana que era peligroso aventurarse fuera del edificio, pero las criaturas que vivían en los alrededores no debían representar una amenaza para aquel sitio en particular, ya que no había rejas ni guardias de ninguna clase. Tal vez la blancura radiante del edificio las espantaba, como la luz a las cucarachas.

Santiago se hallaba de pie en el andén para recibirla.

—Hola —saludó ella—. No es tarde, ¿verdad?

—Supongo que no. Yo llegué hace diez minutos y Cristóbal me dijo que no había prisa.

—¿Ya le hablaste de lo que vi?

—No exactamente —respondió Santiago, frunciendo el entrecejo—. Sólo le dije que tú y yo teníamos que contarle algo, especialmente porque...

—¿Qué?

—Creo que yo también vi a ese tipo. Y me dio mala espina, igual que a ti. No paraba de vigilarme, sentado en el vestíbulo de mi edificio. Iba a encararlo pero de pronto ya no estaba ahí.

Tatiana asintió en silencio mientras ella y Santiago marchaban a reunirse con Cristóbal. El hombre estaba hablando con alguien más, pero pronto quedó libre y cerró la puerta a fin de hablar en privado con los recién llegados. Como siempre, su expresión era serena con un ligero brillo sarcástico en los ojos. Era de los que más disfrutaban su trabajo, aunque tal vez se debiera más a una veta sádica que a un auténtico afán justiciero. Recibió a Tatiana y Santiago con una media sonrisa.

El tercer bandoRead this story for FREE!