Capítulo 1

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Alberto se despertó con los primeros rayos de sol. Fue un amanecer agradable, no tan cálido como días atrás, lo cual indicaba que se acababa el verano y llegaba el otoño.
Poppy estaba dormida en su pequeña cama al lado de la del príncipe.
Todavía no podía comprender como un muglox podía dormir tanto.
Se levantó y se decidió a despertar a Poppy.
-Poppy... ¡DESPIERTA!- Comenzó a hacerle cosquillas y Poppy se levantó con un brinco.
-!Poppy zibang!- meneó sus pequeños cascabeles y unas manos gigantes aparecieron para hacerle cosquillas a Alberto, -Vaya, parece que la sangre real no te hace inmune a las cosquillas... Qué pena me da...- después del pequeño susto
desaparecieron las manos y los dos comenzaron a reirse.
-Poppy eres lo mejor que ha llegado a este palacio en mucho tiempo- Alberto le dirigió una sonrisa.
Poniéndose colorada ella también sonrió:
-Nunca pensé que viviría en un palacio, y menos... debajo del agua- y miró alrededor. La habitación de Alberto era preciosa, un cuarto enorme (digno de un príncipe) con un gran balcón que daba a la bella llanura en el fondo del Mar Mediterráneo donde se encontraba el gran palacio de Alberto.
Volviendo la vista a la habitación, la analizó como hacía todos los días desde que llegó a su nuevo hogar. Era una habitación cuadrada, mirando desde la puerta
se podía ver la cama a la derecha y una puerta que llevaba al baño privado del príncipe a la izquierda. La habitación (toda en diferentes tonos de rojo, el color de la perla de Alberto) no tenía mucho más, aparte del gran armario donde se
encontraban todos los trajes de ceremonia del príncipe.
Viendo como Poppy empezaba a mirarlo todo como hacía todos los días cuando se levantaba, pensó en el día en que la vio por primera vez...
Era principios de verano y el había ido a dar una vuelta por Grecia en su forma humana. Había decidido ir a ver El Partenón, el gran templo que honoraba a la antigua diosa humana Atenea, y ya venía de vuelta por una gran calle de
mercado cuando se percató de que había una pequeña tienda que le llamó la atención en una esquina. Decidió entrar, y descubrió un sinfín de artículos extraños que jamás había visto ni en mar ni en tierra, pero lo que le llamó la atención fue
una pequeña taza de color rojo con una estrella con un corazón en su interior dibujada en el centro del objeto. En la parte inferior de la taza vio un texto escrito en un extraño alfabeto formado por símbolos que, no sabía muy bien por qué,
podía entender perfectamente. Se podía leer:
“Vierte una infusión de frutos rojos en esta taza mientras pides un deseo, y un hada te hará encontrar la verdadera amistad”.
Decidió comprarla, puesto que la vida en palacio era aburrida y le hacía falta un amigo, pero para cuando se dio cuenta, estaba otra vez en palacio con su forma
de tritón y la taza roja en la mano. No existía el té de frutos rojos en el mar, así que esta vez decidió ir a España, donde una sirena de su reino tenía una casa, a comprarlo. Cuando vertió el té deseó tener un amigo, una luz salió de la taza y
salió una pequeña criatura de la taza: – Hola, me llamo Poppy, a partir de ahora seré tu compa...-.
Alberto emitió un sonido un poco extraño y la agarró con una mano, parecía que se le caía la baba.
-Augh... !¿qué cosa tan linda eres tu?!-.
Poppy se puso colorada: -Soy un muglox, conocidos como hadas también-.
Alberto volvió a emitir ese sonido extraño:
-Oh, nunca habría imaginado un hada así, pero no te ofendas...¡eres encantadora!-.
Sinceramente ese muglox era adorable, era como un peluche: tenia una especie de malla que usaba de ropa de la cual sobresalían las manos y los pies, su cuerpo
recordaba al de una muñeca de trapo pero blandito, coronado por una cabeza con unos grandes mofletes, en los que había dibujados una estrellita en cada uno, y un
sombrero de conejito del que sobresalían unos mechones de pelo rubio azulado.
-Estoy deseando mostrarte a todos- dijo Alberto muy ilusionado.
-Oh, siento desilusionarte, pero solo puede verme el humano que me ha invocado u otras personas con mugloxs.-contestó Poppy un poco preocupada por la reacción que podría tener Alberto, pero entonces escuchó otra voz diciendo:
-Entonces es una suerte que no seamos humanos-.
Poppy se giró a la voz, es decir, una mujer de unos treinta años demasiado atractiva como para ser humana como ella acababa de decir, es más, ahora que se fijaba, Alberto también era muy guapo...Volvió a ponerse colorada:
-¿Qui.. quienes sois entonces?
Alberto sonrió:
-Te doy una pista: mi casa está en el mar.
Este hecho sorprendió mucho a Poppy:
-¿So... sois sirenas?
Alberto le dirigió una sonrisa mas amplia todavía, haciendo que Poppy se pusiera más colorada todavía:
-¡Exacto! Aunque bueno... realmente una sirena de sexo masculino se llama tritón, pero bueno, sí, somos sirenas. Vas a alucinar cuando lleguemos a casa.
Entonces una voz lo sacó de sus pensamientos, era Poppy, que le estaba tirando de su brazo:
-Alberto... están llamando a la puerta.

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