La noche más larga de mi vida. Mi mente no dejaba de dar vueltas. Las palabras iban y venían, hacia un lado y hacia el otro. No me daban respiro, no me tenían piedad. Que difíciles son las noches así. Que difícil es estar a solas con mis pensamientos.
Llegó el invierno y con él un frío que disfruto. Abrí mis ojos y noté como la suave luz del sol se asomaba a través de la ventana, iluminando una pequeña parte de mi habitación. Di varias vueltas y pospuse mi alarma unas tres o cuatro veces, hasta que me digné a levantarme. Había olvidado el desafío que significaban las frías mañanas. Me cambié lo más rápido que pude y me miré en el espejo. Mi no tan largo y castaño cabello era un desastre, mientras que mis claros ojos estaban acompañados por unas ojeras que delataban la mala noche que había tenido. Antes de ir a desayunar, como ya era costumbre, chequeé mis redes sociales. Leí un par de tuits en mi inicio de Twitter y escribí.
@Lucy
No me divierte que mi cabeza no me deje dormir.
Mis padres ya se habían ido a trabajar, ambos desempeñaban sus actividades por la mañana. Alice, mi madre, trabaja como recepcionista en un hotel y suele regresar entre las tres y las cuatro de la tarde, mientras que Charlie, mi padre, dedica su vida al rubro inmobiliario y su jornada de tiempo completo lo agota cada vez más acorde pasan los días. Así que, como cada mañana, me preparé una generosa taza de café con leche junto con dos tostadas con dulce de leche. Miré la hora y me di cuenta de que se me estaba haciendo tarde, pero no me importó y desayuné sin prisas. Después de unos minutos, me puse un gorro de lana color crema, me colgué la mochila de un solo hombro y salí de mi casa. Siempre la misma imagen. Siempre el mismo recorrido, la misma gente y la misma vida. Quiero cambiar, lo necesito. Lo necesito y no sé que hacer.
Como cada lunes por la mañana, caminé tranquilamente hacia el colegio, una hora y media de Historia y una profesora no muy simpática, me esperaban tras las puertas del primer salón del segundo piso.
Ciertamente, no tenía ningún interés de asistir a esa clase. Nunca tuve problema con mis notas, en un plano general, mis exámenes solían estar aprobados, excepto por alguna que otra vez en la que no conseguía entender algún tema en particular y terminaba cerrando mi carpeta.
Intenté atrasar lo más que pude los diez minutos de caminata que separaban mi casa del colegio. Cinco cuadras y media que traté de que parecieran veinte pero terminaron pareciendo dos. Qué curioso es el transcurso del tiempo, es un cliché pero es verdad.
Tomé valor y entré al salón. Sí, valor. Un poco exagerado pero así lo siento. En ese momento, no tenía ganas de estar ahí ni de ver las caras de mis compañeros, con los que por cierto, no tenía la mejor relación. En realidad, no tenía relación. Excepto por Hanna, mi mejor amiga, quien siempre llegaba tarde. Más de una vez había logrado hacerme entrar en un momentáneo estado de ansiedad, ¿una mañana entera sin ella? ¿qué iba a hacer? Suena un poco dependiente, pero cuando sos parte de un entorno del cual no te sentís parte y la única persona que te lo hace sentir más llevadero, e incluso divertido, no está, digamos que la dependencia juega un papel un tanto importante. Por suerte, Hanna había faltado muy pocas veces en lo que va del año, de hecho, solo faltaba cuando estaba enferma. Su mamá era bastante rigurosa en ese sentido, todo el tiempo le recordaba que su único deber era estudiar y el estudio era donde debía poner toda su atención.
Increíblemente cuando entré al salón, Hanna, con su largo y rubio cabello, ya se encontraba sentada en uno de los bancos del fondo. Bueno, no sé por que me sorprendí tanto, si esta vez había sido yo quien había llegado tarde. Me senté a su lado y comencé a desear que los setenta minutos que le quedaban de vida a la clase de la profesora poco simpática, llegaran a su fin de una vez. Qué aburrida me parece esa materia, la verdad es que no me interesa en lo más mínimo saber que fue lo que pasó hace mil millones de años atrás.
Tocó el timbre y nos levantamos de nuestros asientos para ir al recreo. En el siguiente módulo teníamos Literatura, mi materia favorita, puede que sea porque siempre tuve bastante facilidad. Fuimos al patio y nos sentamos en el escalón más alto de las gradas, el cual ya habíamos adoptado como nuestro lugar.
—¿Esto es tuyo?
Me di vuelta y lo miré. Su pelo marrón y desprolijo combinaba perfectamente con sus ojos levemente más claros que, a la luz del sol, pude notar como se aclaraban de una forma casi imperceptible. Me miró esperando una respuesta, ¿quién era? No tenía idea, pero no puedo negar que, al instante, me había parecido uno de los chicos más lindos que había visto nunca.
Antes de siquiera tener tiempo para responderle, el maldito timbre sonó. Lo miré y asentí con la cabeza mientras tomaba el pañuelo color negro que me estaba enseñando. Sí, era mío, ¿cómo sabía?
—Gracias —lo miré sin entender como supo que era mío siendo que claramente, no se me había caído cerca de donde estaba sentada.
Hanna no comentó absolutamente nada respecto al episodio que habíamos acabado de vivir, lo cual era raro, ya que siempre tenía algo para decir. Simplemente lo consideró un raro y no volvimos a hablar del tema.
Empecé a caminar las cinco cuadras y media rumbo a mi casa, y cuando me di cuenta, había caminado unos cuantos metros demás. Durante todo el trayecto, no había dejado de pensar ni un segundo en aquel desconocido que se había acercado a mí en el último minuto del recreo. Me preguntó si el pañuelo que sostenía en su mano izquierda era mío y ciertamente lo era. Verán, no soy una desquiciada, o quizá un poco, pero puedo asegurar que no había forma de que sepa que era mío, ya que si se hubiera caído cerca de donde me encontraba, lo hubiera visto. Sin embargo lo sabía. ¿Quién era? ¿Me estaba siguiendo?
Entré a mi habitación y me recosté en mi cama, me quedé un buen rato mirando al techo y una vez más, pensando inconscientemente en el episodio del chico de las gradas. No sabía quien era, como se llamaba ni a qué curso asistía. Lo que si sabía, es que algo en él había llamado mi atención. No me malinterpreten, no estoy montando una historia de cuento de hadas en mi cabeza, simplemente sentí intriga.
Voy a ser honesta, puede que quizá esté dándole demasiadas vueltas a un tema que no necesita que se le de mil vueltas. Quizá Hanna tenía razón y no era más que un raro. Quizá, de algo pequeño, estaba haciendo un mundo. Quizá pienso demasiado. Quizá debería darle un descanso a mi mente. Pero así soy, constantemente tengo la necesidad de sobre analizar cualquier situación que se me presenta, por más diminuta que sea.
@Lucy
¿Algún día voy a dejar de buscarle las mil y un razones a TODO?
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@Shawn
Lo dudo, sino dejarías de ser tú.
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realidad en línea | SM | COMPLETA
Fanfiction"Entre tanta energía artificial dando vueltas a mi alrededor, él me hacía sentir parte de una realidad que no creía posible."
