la casa de la plaza

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Guardé silencio y me mantuve a salvo a prudente distancia. La mujer se incorporó y me enfrentó con gesto inequívoco de no conocerme. Tenía el terrible aspecto de quien está agotado por la vida. A los pocos segundos, se llevó las manos callosas a la cara y se le saltaron las lágrimas.

―Antoñita Mari, válgame San Judas Tadeo… ¡Qué sorpresa!

―Mamá por lo que más quieras, no me llames así ―rugí sin saludar.

La vieja cruzó cojeando la estancia y se arrojó en mis brazos, sin inhibirla el hecho de que yo me mantuviera rígida como una estatua. Me llenó de besos sin conseguir a cambio, más que un leve amago de abrazo. Luego me tomó por las muñecas y se distanció para contemplarme mejor, en tanto yo me incomodaba una barbaridad bajo la inspección.

―Hija mía de mi vida, pero qué preciosa estás. Voy a avisar a las hermanas. Se van a volver locas al verte. ¡Cuantísimo tiempo hacía que no te dejabas caer!

―No llames a nadie ―la corté―. Tengo que hablar contigo de algo importante y tiene que ser a solas. Tú y yo. ¿Tú marido dónde anda?

―Se fue temprano a la finca. Están llegando los jornaleros, hay mucho que hacer.

―¿No está ya un poco viejo para tanta traca? En fin, él verá… Ponme un café que vengo muerta.

Sin replicar, mi madre corrió a la encimera cercana al hogar y tomó una cafetera anticuada y humeante, junto con dos tazones desportillados de lata. Natural, estaba acostumbrada a servir. Y a recibir órdenes, por eso mi tono seco no la alteraba. Los puso en la mesa y vertió café en ellos. Agregó una lata de membrillo vacía reconvertida en azucarero y un poco de leche. No pude remediar evaluarlo todo como si fuera un desfile de cucarachas.

―Recién ordeñada ―informó con orgullo.

―Qué asquito. Yo lo tomo solo. ―Aún no me había decidido a sentarme, pudiera ser que tuviese que salir de estampida―. ¿Cómo es que tienes puesta la chimenea?

―Corre fresco ―respondió como si fuera evidente, cuando en la calle lucía un sol de justicia.

―Es esta casa, que parece una cueva. ―Recorrí el techo con una mirada amarga―. Mira que os he dicho mil veces que os pongo la calefacción, pero nada. No sé quién de los dos es más cabezón, si papá o... Tú es que como no sufras, no estás contenta.

Mi madre, que ya era anciana (aunque no tanto como aparentaba), se había sentado y me observaba con devoción. Sé que para ella su hija mayor, o sea yo, era el vivo retrato de una actriz de cine. Gustosa habría salido a la calle chillando y agitando los brazos cual molinillos para que todos los vecinos se acercasen a admirarme gratis. Pero yo, desde luego, tenía otros planes.

―Mamá… ¿Cómo es que me han llamado de la embajada sueca para contarme que un tal Gunnar nosequé es mi padre?

El rostro de mi vieja se convirtió en piedra blanca. Desvió la mirada, añadió un poco de leche a su café y se levantó para regresarla a la nevera.

―No me des largas. Coño, que he venido desde Madrid sólo para aclarar esto y no me quedo más que un rato ―advertí afilada.

―¿Estás enfadada conmigo?

Eso lo interpreté como confirmación de mis sospechas. Haber gato encerrado, fijo que lo había. ¿Por qué otra razón iba yo a estar molesta, recabreada y furibunda con ella? Yo, que soy tan sensitiva y de corazonadas.

―No… Sí… No lo sé, hasta que me cuentes… ―aullé.

―Es que me estás chillando ―apuntó mi madre humildemente. Y volvió a sentarse, aprovechando el rezume del jarillo de lata para calentarse las manos.

Le di la espalda con violencia. No es que quisiera ofenderla, no a ella directamente, pero el fuego me ardía en las entrañas, como dice la canción. Todas las fibras de mi ser estaban de una rendida mala leche.

―Chillo porque odio este pueblo de mierda, sus calles miserables, esta casa y esta familia con sus olores. Y porque me has obligado a volver. Porque después de avergonzarme casi cuarenta años del paria que es mi padre, ahora resulta que tengo otro ―explosioné a grito pelado.

Encendí un cigarro fuera de mí y aspiré una amplia bocanada de humo. Noté con indignación cómo me temblaban los dedos. Hubiese querido fundirme con aquellas volutas, pero no. Había venido a averiguar y no había tiempo para trucos de prestidigitador.

―No me gusta que fumes. No es bueno para la salud ―repuso mi madre con dulzura. Aquello acabó por desarmarme, que en plena pelea y cuando más le faltaba el respeto, se preocupase por mi lozanía y por la calidad de los años que me quedaban.

―Mamá, joder… –Me acerqué a la mesa y me senté junto a mi jarra. Metí el cigarro en el café y oí cómo se apagaba. Pausadamente me llegué al fregadero, tiré su contenido, lavoteé la jarra y volví a servirme otro. Esta vez, sentada junto a mamá y añorando mis tiempos de niña cuando me asignaron el tazón con desconchones en forma de nube. Fue el cuento que me soltó mi madre para que dejase de berrear, cuando sortearon los tazones entre las hermanas y me tocó el más roto―. ¿Vas a contármelo?

Se encogió de hombros.

―¿Quieres oírlo?

―Para eso he venido.

DEL SUELO AL CIELODonde viven las historias. Descúbrelo ahora