Nota:
Hola. Gracias por interesarte en mi historia. Siento decirte que esta versión, la que estás a puntito de comenzar a leer, está obsoleta. Estoy reescribiendo la historia y, algún día (pronto, espero) subiré la nueva versión. Así que si te interesa, ni que sea un poquito, te invito a vuelvas a pasarte por aquí cuando La Chispa vuelva.
Gracias, y perdón por las molestias.
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Una chispa.
Eso es todo lo que se necesita para iniciar un gran incendio. Para encender la mecha que hará explotar un mundo entero. En mi caso, una chispa es todo lo que necesita un alma oprimida, atada con cadenas, para liberarse y volar. Para comenzar a vivir y luchar por sus sueños. El mes de junio apenas había empezado y el calor era ya insoportable. Llevaba mucho tiempo sin hacer nada con mi vida. Era un muchacho de 20 años sin ideas claras sobre qué hacer con su tiempo. De hecho, ni si quiera sabía lo que era vivir. Poco me faltaba para descubrir el pastel.
Mi vida diaria era sencilla. Solía levantarme tarde, maldiciéndome a mí mismo por tan horrible costumbre. Siempre tenía la sensación de estar malgastando mi tiempo, mi vida, en tan sólo dormir. Apenas salía de mi habitación hasta bien entrada la tarde, sumido en videojuegos, películas o libros, que me hacían soñar despierto con una vida mejor, donde yo fuera el héroe de la historia y no sólo un personaje secundario olvidado en el tintero. También estaba ella. La luz de mi vida. Lo único que alumbraba tenuemente un camino de por sí apagado.
Mi guitarra.
Mi Fender Stratocaster. Llevaba conmigo muchísimo tiempo, prácticamente desde que comenzó mi adolescencia. Me había criado con una partitura en la mano y las teclas de un piano grabadas en mi piel, pero no era un instrumento que me llenase. Sólo me enseñaron a tocar música clásica, grandes clásicos. Yo aprendí mucho más. Aprendí a leer los tempos, la melodía, el jugo de cada canción. No puedo decir que fuera un prodigio de la música. Nunca lo he sido. Pero me gustaba, era lo que me llenaba y me hacía feliz, y pronto aprendí a ver más allá, a encontrar la música del día a día, del canto de los pájaros y la forma de las nubes. Me encantaba salir al gran terreno que ocupaba la casa familiar y perderme en él, buscando en la naturaleza la inspiración que no encontraba entre cuatro paredes. Pero cuando la Strato llegó a mi vida un mundo nuevo de posibilidades se abrió ante mí.
Tenía doce años cuando, uno de los pocos días que mi padre conseguía sacar para mí, vi al primer amor de mi vida. Estaba apoyada sobre un pequeño trípode de color caoba, expuesta en un escaparate bastante modesto. Mi padre había ido a comprar un helado y cuando volvió y no me vio en el banco donde me había dejado le dio un pequeño paro cardíaco, de aquellos que se pasan al respirar dos veces profundamente. Yo estaba plantado delante del escaparate, con las manos y la nariz pegadas al cristal. Mi amada tenía el cuerpo rojizo, con trazas más oscuras, y el mástil tan oscuro que parecía negro. Las cuerdas vibraban con el mensaje de «tócame» escrito en cada fibra. Mi padre vio mi rostro infantil, lleno de ilusión y amor, y se sintió feliz. Ya era muy poco común para él tener esa dosis de animosidad en el cuerpo, porque la depresión empezaba a ganarle terreno en la carrera de la vida. Pero al ver la cara de su hijo tan cargada de ilusión no pudo evitar apartarme del escaparate para hablar conmigo.
― Noel, quieres esa guitarra, ¿verdad?
― Sí, papá -contesté muerto de ilusión.
― En tu vida has querido muchas cosas y siempre las has dejado atrás. Las clases de kárate, el futbol, el tenis, la natación, las clases de francés... ¿Estás seguro de que quieres esa guitarra y no terminará perdida en algún rincón de la casa?
