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Prólogo

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Anochecía, aunque era bastante complicado de discernir. Hacía mucho tiempo que las nubes que poblaban el cielo apenas dejaban filtrarse pequeños rayos de sol.

Un rayo golpeó con fuerza lo que hace tiempo fué una farola y que, ahora, no era más que una vara de metal que se inclinaba sobre un pequeño tenderete roído en una postura muy poco ortodoxa. Atrás quedó el olor a tela quemada y el tronar de la avenida principal de la ciudad, que apenas si podía distinguirse como tal bajo los coches destrozados y los escombros esparcidos de lo que solían ser edificios.

Nadie se sorprendió. Las tormentas eléctricas azotaban el país las 24 horas del día desde hacía años. Aunque si nadie se sorprendió, era porque nadie vivía allí. Ni allí ni en ninguna parte del mundo. De hecho la raza humana, como tal, se había extinguido. O al menos estaba a punto de extinguirse.

Ereane sabía aquello a ciencia cierta. Pensaba en ello con amargura mientras acariciaba el pelo de la persona que se encontraba en su regazo. Sus dedos se movían, ausentes, mientras fijaba la mirada en el infinito. La llovizna azotaba su rostro, pero ella no parecía notarlo.

Habían pasado varias semanas desde la última muerte. Debajo de un pequeño almendro destruído por la tormeta, una pequeña cruz y un montículo eran todo lo que quedaba como prueba. Ereane no era creyente, nunca lo había sido, pero sabía que a él le habría gustado descansar junto a sus padres, en un entierro oficiado por el cura de la iglesia que les casó mucho antes de que él naciera. Recordaba pensar en ello mientras construía la tosca cruz de piedras encima del lugar donde le enterró. El recuerdo era doloroso, pero no lloraba. Hacía tiempo que las lágrimas no eran una opción. A diferencia de los demás, aceptaba las muertes estoicamente y con la serenidad de alguien que ha visto el final del camino demasiadas veces.

Con la mirada aún perdida, apenas pudo notar el leve roce de piel con piel en su pierna.  Un movimiento casi imperceptible, un brazo que dejaba de mantenerse apoyado en su muslo. Un brazo que resbalaba, lentamente, para reposar sobre el suelo. Sabía lo que eso signficaba.

"Aún no" - pensó.

Pero en el fondo sabía que no había vuelta atrás. A su alrededor los truenos ensordecían todo, pero para ella se hizo el silencio. Sus dedos dejaron de enredarse en el cabello de él, sus pupilas se dilataron, su ceño se frunció.

"Aún no, es demasiado pronto" - suplicó.

Pero era demasiado tarde. Ese leve roce era la forma que él tuvo de despedirse de ella. De agradecerle las caricias. De intentar hacer ver a Ereane que se iba feliz de que ella le hubiera sujetado en su regazo hasta el final.

Un trueno golpeó con fuerza los restos de un edificio a escasos metros de donde se encontraba. Sólo entonces su mirada bajó hacia los ojos apagados de él, aturdida.

"Aún no".

El tiempo se detuvo. Las ramas de los árboles dejaron de moverse brúscamente por el viento y un rayo en la lejanía se detuvo a medio camino, dejando congelada su estela en el horizonte.

Se hizo el silencio absoluto durante varios segundos mientras una pequeña lágrima rodaba por la mejilla de Ereane. Un gemido, seguido de un suspiro y un pequeño sollozo comenzaron a escucharse solitarios y lastimeros.

Como si ese sollozo marcara el final del tiempo muerto, todo volvió a la normalidad. Los rayos azotaron de nuevo, los truenos rugieron y el viento volvió a mover todo a su antojo.

Entonces Ereane lloró. Lloró con todas sus fuerzas, hasta que su llanto se convirtió en un grito desesperado y desgarrador. Y su grito se perdió en la lejanía de la noche. Se perdió en el infinito. El grito más desgarrador que el mundo había escuchado jamás. Un grito que se escuchó en todas partes pero que nadie pudo oír. El grito de una persona que lo ha perdido todo. El grito que anunciaba el fin del mundo.

Segundos.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora