La Navidad, esperada por tantos, estaba al caer. La gente iba y venía hablando alegremente, comentando qué querían que les regalaran, qué iban a cenar el día de Noche Buena o qué se iban a poner, completamente joviales. Los rojos, verdes, amarillos y azules de las luces que colgaban de las farolas, junto con las que alumbraban los escaparates y puertas de las tiendas creaban una puesta completamente navideña de la que Joulu no se sentía parte.
A pesar de que para muchos dichas fechas fueran una bendición, un momento inigualable para pasar entre familia y amigos, para Joulu no era así. Por mucho que lo intentara no lograba entender cómo había gente que adoraba aquella época, teniendo en cuenta que siempre hacía frío, nunca nevaba, las calles y las tiendas se inundaban de luces chillonas y de espantosas figuritas de Papa Noel, volvían los anuncios de colonias y casi toda la populación gastaba gran parte de sus ahorros en regalos completamente horteras.
Pero lo peor de todo eran las comidas familiares. Joulu no lograba entender cómo había gente a las que le gustaban, contando con que lo único que se hacía en ellas era abusar de la comida y la bebida, hacer preguntas incómodas y discutir. De hecho cada año tenía más claro que el sentimiento de familiaridad navideño no era más que un invento publicitario para vender más, como lo era en su punto de vista toda la Navidad en sí.
En realidad el chico también intuía que casi todo el mundo opinaba lo mismo, pero que solo se dejaban llevar por el momento. De hecho, a pesar de que todos los años pasara lo mismo, siempre se juntaban para cenar y comer. Pero este año fue diferente.
Quedaba un día para Navidad. El árbol estaba puesto, los villancicos resonaban desde la sala y la masa de galletas para Santa reposaba en la nevera. En realidad todos los de la familia ya eran mayores y sabían la identidad real de Santa Claus, pero a sus padres les gustaba actuar como si no.
Joulu estaba tumbado en el sofá con la música a tope, intentando evadirse de la realidad, de que mañana volvería a ver de nuevo a la familia, cuando el teléfono sonó. Fue mamá quien cogió y la que luego dio la noticia al resto de la familia: habían ingresado al abuelo en el hospital.
Hacía tiempo que estaba malo, pero nadie le había dado mayor importancia. El abuelo se empeñaba en no tomar la medicación, argumentando que a base de sopas se le pasaría, pero no fue así. En realidad no estaba demasiado grave, pero lo habían hecho por prevenir que fuera a peor.
El contraste entre la jovialidad de la calle y el frío del interior del Hospital fue chocante para todos. Acostumbrados a las fastuosas decoraciones, las simples guirnaldas que adornaban el mostrador de la entrada no satisfaeron a nadie de la familia. De hecho, La Tía Blanca estuvo momentáneamente indignada porque no había ni un mísero árbol.
Por lo demás el hospital no tenía más decoración que aquella, y todo resaltaba por su blancura. No había más que tonos claros a excepción del verde pastel de los trajes de los cirujanos, así que la familia con sus sudaderas rojas y verdes completamente navideñas llamaban bastante la atención.
Aquel día todos se agruparon en torno a la blanca cama del abuelo, vestido con una blanca bata en la blanca habitación para debatir qué iba a ser de aquellas navidades. La gente hablaba de la Blanca Navidad, y esa era la que le esperaba a Joulu.
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Estas navidades
Short StoryEn este mundo hay dos tipos de personas: las que adoran la navidad y las que la odian. Entre los últimos se encontraba Joulu, puesto que para él solo eran un desperdicio tanto de dinero como de tiempo. Pero el invierno en el que su abuelo es ingresa...
