La redención no sólo nos hace libres

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El sol ya se ha ocultado tras las montañas cuando alcanzamos la polis, que se levanta junto a la calzada elfa, de donde nace un camino que nos llevará hasta ella. Las luces de las casas situadas extramuros ya están encendidas, las diminutas chimeneas humean, y sobre éstas, crece la ciudadela bañada por el atardecer. Düredar es una ciudad vieja, y en los últimos tiempos ha crecido mucho. La ciudadela ya se ha quedado pequeña, y las casas se apelotonan en torno al camino que nos conduce a las murallas. Son un gran número de hogares, que ahora ocupan lo que antes eran campos. Con todo, éstos rodean la urbe, pues son su primera fuente económica. Tras la ciudad, la cordillera crece hasta perderse en lo alto y en el horizonte, hacia occidente. Sus cimas nevadas, ahora cromadas por el atardecer, dan cuenta de su altura. Hacia el norte la calzada nos llevaría a los territorios elfos, donde no tengo intención de entrar. Y a poniente queda la denominada Marca Elfa, el territorio que separa Issonia del Gran Bosque de Loth-Darien. Ese lugar debe estar maldito por los dioses, pues hasta los elfos de Laentis-Anne lo han respetado durante milenios. Allí sí que no debemos acercarnos. Pero nada debo temer aquí, Düredar es la última polis del Plemirión. Seguimos en suelo helénico.

Los caballos están exhaustos. Están acostumbrados a marchar al paso de los búfalos, pero esta carrera ha sido demasiado para ellos, pues hemos recorrido la distancia planeada para varios días. No importa, han hecho bien su función. Cuando dejamos la calzada para seguir el camino de la ciudadela, desmontamos.

–¡Düredar! –se exalta el enano–. Éste es un buen lugar donde esconderse. –Tiene una amplia sonrisa en la cara. Las manos ya no le sangran, pero se ha puesto perdido: sus ropas, la silla de montar, el lomo del caballo, todo está manchado.

–¿Estás bien? Has perdido mucha sangre.

Él se jacta. –Esto no es nada, un bajo precio por la libertad. –Pero cuando nos enseña las manos, ella no puede evitar dejar de mirar. Tiene dos profundos tajos que le cruzan las palmas, que están completamente cubiertas de sangre reseca. No entiendo cómo ha dejado de sangrar.

–Busquemos a un cirujano, alguien tiene que verte eso.

–¿Vas a pagarlo tú?

–Al menos tendremos que lavarte esas heridas –añade ella.

El enano se hace el fuerte con la expresión, pero termina aceptando aquello.

–Debemos apresurarnos, o cerrarán las puertas de la ciudad. Pero antes, –Miro a mi alrededor–, debemos cambiarnos de ropa. No impedirán el acceso si portamos estas túnicas de esclavo. –Varias casas tienen ropa tendida, así que nos resultará difícil lograrnos un atuendo adecuado.

Tengo entendido que Düredar no nació como una polis helena más, sino como un campamento militar, quedando como frontera en una guerra contra los elfos que concluyó aquí. No hubo eupátridas, magistrados o arquitectos involucrados en sus primeras fases de crecimiento, solo estrategos y hoplitas que levantaron la fortificación. La historia es similar a la de Samos, mi ciudad natal. Por ello, Düredar carece de una acrópolis como las de las grandes ciudades-estado helénicas. La ciudad amurallada no es demasiado grande, rodeada por una extensión de tierra mayor, cubierta de casas de jornaleros y campesinos, que cuidan de los campos circundantes, en su mayoría de grano, aunque hay hortalizas, frutales y vides. El camino cruza los hogares de los habitantes de la polis, en cuyo interior arden fuegos para escapar del fresco que el otoño ya trae a estas tierras. Es de notar que a medida que me encuentro en tierras más septentrionales, aumenta el frío, el otoño se encarece pareciéndose más al invierno. Démeter debe estar divirtiéndose, sentada sobre su trono de brezo.

Tras las primeras casas se alza una colina baja, donde están levantando un gran templo a Hefesto. El Dios del Fuego y el Metal es muy venerado en la región, pues la cordillera es fuente de extracción de minerales, uno de los comercios más lucrativos por aquí. Los obreros ya se han retirado, dejando numerosos andamios que se alzan sujetos a las primeras columnas, que ya se elevan formando la perístasis. Aparentemente no han alcanzado aún su altura máxima, pero promete ser una obra arquitectónica bellísima. Hefesto estará satisfecho con el santuario, los sacrificios y las oraciones. Sin duda es una inversión digna, pues él, agradecido, bendecirá la manufactura metalúrgica de la polis. Las casas de alrededor deben estar sufriendo los trabajos, ahora montones de cascotes, maderos, baldosas, rocas pulidas y tambores estriados decoran forzosamente los alrededores de la colina. Pero una vez las obras estén concluidas, serán los primeros beneficiados del santuario y sus visitantes.

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