No estoy seguro de querer hablar de esto

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Me despierta un grito agudo en la noche. El enano, lo ha conseguido. No, los gritos son de una mujer. Al abrir los ojos, veo al enano aferrado a los barrotes de atrás. En el otro carromato está la chica nueva gritando. Doy un salto y llego hasta allí, colocándome en el hueco que queda entre el enano y un negro. En la jaula de detrás, la esclava está siendo violada por el que quedaba. Ella grita desesperada, mientras él la retiene, abriéndole las piernas, subiéndole la túnica, sujetándole las manos. El que estaba inconsciente no reacciona, sigue ahí tendido, impasible ante la escena.

–¡Guardias! –grito por instinto.

–¡Suéltala, malnacido! –berrea el enano.

La chica no deja de llorar y gritar, cuando él se gira y nos mira. Tiene una gran sonrisa en la cara, donde faltan dientes y los que quedan están roídos. –¿Envidiosos? Daos por culo si queréis, yo la tengo a ella. –Entonces sigue a lo suyo.

La jaula vibra con el golpe de la lanza. –¡Basta ya! –grita uno de los mercaderes. Es un heleno, acompañado por un púnico. El esclavo se detiene, sin quitarse de encima de la chica–. Si vas a armar este escándalo, olvídalo.

–No vas a hacer ruido, ¿verdad? –dice él con voz pausada, llena de ansia. La chica no responde.

–Date prisa –sentencia el mercader, y se retiran.

–¡No! –grita ella aterrorizada, mientras yo ardo de ira e impotencia.

El enano alarga el brazo, en un vano intento de agarrar al esclavo, que está al otro lado de la jaula. –Pienso descuartizarte –le increpa.

Ella vuelve a gritar, cuando él se lanza a la faena, pero entonces para y le propina tal bofetón que ella se queda muda. Se hace el silencio un momento, cuando el mercader aún nos observa. Entonces el esclavo le pone la mano en la boca a la chica y acaba lo que ha empezado.

Nosotros nos quedamos impotentes en nuestra jaula, viendo a esa rata satisfacerse. Ella ya no se resiste, aguanta las embestidas deseando que el tormento acabe. Y cuando lo hace, no sin un gemido del canalla, se queda completamente inmóvil.

Él se quita de encima, triunfante. Se echa al lado de ella y le acaricia el pelo. Ella está inmóvil, pero en cuanto éste la toca, reacciona aterrada, dando un salto.

–Ven –le pido, pero no me hace caso. Se acurruca a un lado, lejos de los pies de esa rata, y de nuestro alcance. Se enrolla sobres sus piernas y se echa a llorar.

La noche sigue, el enano se queda ahí un rato, tratando de consolarla, pero ella no le hará caso. Yo en su lugar no querría saber nada de nadie, ni de los Dioses por haberme abandonado, ni de este mismo Mundo que es capaz de hacerme algo así.

Llorando, me acurruco en mi esquina. Los mercaderes no están, pero andarán cerca. Malditos bastardos...

–¡Arriba! ¡En pie, desgraciados, que nos vamos! –los gritos del mercader me hacen dar un respingo. Abro los ojos y veo salir a los demás de la taberna. Uno de ellos aún va vistiéndose. Se escucha la lluvia estampándose en los tejados. La chica. Me lanzo hacia atrás, hacia los barrotes. Está despierta, sentada en el suelo, con los ojos abiertos, pero la mirada está perdida, entre los cabellos enmarañados que la ocultan. El carro comienza a moverse.

–¿Estás bien?

Esa sucia rata está ahí sentado, despierto también. Sonriendo con esa dentadura asquerosa. Ella no reacciona. Yo insisto alguna vez más, pero está ida, la pobre.

La caravana se dirige por el callejón, hasta dar a la plaza, y al salir del resguardo de los balcones la lluvia vuelve a caer sobre nosotros. Esta vez vamos en sentido contrario al ágora. Seguimos una gran calle, cuesta abajo, que nos conduce entre lujosos edificios hacia las grandes murallas. Pasamos junto a un hermoso templo consagrado a Dioniso, el frontón tiene figuras pintadas de sátiros y ménades desnudos, haciendo el amor, comiendo fruta y bebiendo de detallados odres.

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