La noche es el peor momento del día

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Recibo un golpe en la espalda, pero lo ignoro, aferrándome más fuerte a los barrotes. Tras un instante, vuelven a empujarme. –Eh tú –me dice el pordiosero. No quiero que me vean llorando, así que no le hago caso–. Que te den –me dice, y me deja a mi aire. Llevo las piernas colgando del carromato, a través de los barrotes de la enorme jaula. Voy en el segundo carro de la caravana, de cuatro. La caravana es arrastrada lentamente por tres enormes búfalos, en un tedioso paso que no acaba nunca. En el primer carromato van varios hombres, gobernando a las bestias; en los dos siguientes nos transportan a nosotros, los esclavos; y en el último van las provisiones, aunque hay algún hombre sentado, seguro. Malditos holgazanes. Además, nos rodean tres hombres a caballo. Yo estoy sentado en la parte delantera, en la esquina del carro.

Atravesamos un camino de tierra desde hace un largo rato, cuando dejamos atrás las montañas. Atravesar los valles de las Montañas-Panteón ha sido una ofensa a los Dioses. Espero que comprendan mi situación, pues hubiera ido gustoso a hacerles una ofrenda. En cambio, estos sucios perittios nos han hecho cruzar las montañas a escondidas, como ratas que somos. Bueno, no todos son perittios, hay algunos helenos entre ellos, de Ionia, creo haber oído, además de dos hombres de Cartagho. En mi jaula, conmigo desde ya no sé cuándo, hay cinco hombres más. Son desgraciados como yo, que la vida los ha traído hasta aquí. Tres negros, un heleno y un enano.

Una piedra hace trotar al carromato, y la jaula se tambalea. Me seco lágrimas y flemas usando el pecho del quitón, pues me caen por la andrajosa barba.

–¿Estás llorando? –El enano habla otra vez. Se arrastra hasta mí, apoyando su hombro contra mi espalda–. No muestres debilidad. No sé de qué es capaz ése. –Debe referirse al heleno, que aún no ha dicho una palabra desde que lo compraron en Olimpia hace dos días–. Pronto llegaremos a Innarith. Espero que lo vendan ahí, porque no me gusta tenerlo aquí dentro. –Además de ellos dos, hay tres negros, hacinados en el fondo de la jaula–. No estás para amigos ahora, ¿eh? –Es un enano viejo, y tiene la voz casposa y gastada–. Pues no es momento para ir de individualista.

Se separa de mí, resignado, y se queda tirado ahí cerca, apoyado en los barrotes. Me giro y los observo un segundo, para volverme y mirar al camino. En medio, de cuclillas, está el heleno. Lleva un quitón pordiosero, el que suelen vestir los hoplitas bajo la armadura. Y se mantiene callado, respirando agitadamente, rumiando sobre cualquier cosa que no me incumbe. Uno de los negros duerme, los otros dos hablan entre ellos en su lengua, como de costumbre. Uno de los perittios grita alegre.

–¡Innarith!

–¡Hemos llegado a Innarith! –vitorean otros–. ¡La Plateada! –vocifera uno de los helenos. Todos ríen.

Allá adelante alcanzo a verla. Sobre la enorme ciudad se elevan sus tres altas torres. Está lejos, y poco más puedo ver aún. Pronto todos se maravillarán con ella. Yo ya he estado aquí, pero no por ello voy a dejar de admirarla. Por Zeus, los elfos fueron magníficos arquitectos.

El día se hace largo y tedioso, como todos los anteriores. Lo sufro ahí sentado, viendo la polis crecer, con las piernas colgando sobre la tierra, que pasa por debajo como si nunca hubiéramos estado aquí. Así son todos mis días, salvo cuando llegamos a algún sitio. Innarith sigue creciendo ante nosotros, mientras el camino nos lleva hasta ella al paso de los búfalos. Los hombres están contentos, pasan el día entre bromas y risas. La mayor parte del tiempo no los entiendo, pues hablan en perittio, pero de lo poco que dejan caer en heleno, algo he ido recogiendo.

Antes de que caiga la noche alcanzamos la ciudad portuaria, Innarith, la Plateada. Las puertas de sus magníficas murallas aún están abiertas cuando llegamos, para darnos cobijo. A media tarde se ha puesto a llover, y estamos empapados, así que me siento agradecido, pues podremos guarecernos de la indolencia de Démeter. Las murallas son imponentes, seguramente las más altas y las más robustas de todo el Plemirión. También las más antiguas, pues según cuentan las epopeyas, fueron erguidas por los cíclopes en los tiempos en que los Titanes aún gobernaban el Plemirión. Aún hoy su visión me impresiona. El camino que lleva de Olimpia hasta la metrópolis termina en la antigua calzada que, desde sus puertas meridionales, lleva hasta Düredar cruzando Issonia. Ya sobre la vieja calzada, atravesamos la necrópolis solemnemente, bajo la lluvia. La calzada está flanqueada por criptas, tumbas de toda clase, grandes ánforas, hermas y estatuas de Tánatos y sus keres. Estas doncellas pétreas nos observan amenazantes a pie de camino, haciendo estremecer a los perittios con esos afilados colmillos, y hacen avanzar la caravana a ritmo lento, con todos enmudecidos por la grandeza del lugar. Cae la tarde cuando nos aproximamos a las enormes puertas, donde ya están prendidas las lucernas. Los pendones cuelgan en tonos azulados, ahora empapados, pero los escudos de armas de la metrópolis mantienen todo su esplendor: el perfil de un enorme felino, acompañado de una hoja de cebada, a la zurda, y una lanza, a la diestra. Una vez atravesamos las puertas de la polis, conducen la caravana siguiendo una de sus arterias principales, que terminará en él ágora, frente al Palacio Plateado, pero no nos llevan hasta allí. Nos desviamos antes, a mano derecha, para acabar bloqueando un callejón techado. Sobre nuestras cabezas se cruzan los techos de ambos edificios, cubriéndonos de la lluvia. Amarran los caballos, y se jactan de estar por fin en la ciudad. Los dos púnicos se van a quedar haciendo guardia. Los demás entran a una taberna que queda a mi lado. La puerta está a escasos pasos de mí, frente a los búfalos, y casi alcanzo a oler la comida. Se me revuelven las tripas. El último cierra tras de sí, aislando el jolgorio de dentro.

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