Prólogo

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—¿Quién en su sano juicio despierta a un chico antes de las diez de la mañana un domingo? —murmuré mientras buscaba la llave de la puerta que guardaba siempre en un bolsillo de mi camisa.

En fin otro día más, aburrido y sin nada más que hacer que trabajar y trabajar, ¡ah, sí! Y trabajar. Odio esta vida tan rutinaria...
Tan monótona.

Abrí la puerta y todo estaba tal cual lo había dejado el día anterior, nada nuevo, nada inusual.

Dejando atrás mi fastidio por madrugar no sólo hoy, sino todos los días, me dispuse a empezar a limpiar todos los anaqueles donde más tarde acomodaria la nueva mercancía para la tienda.
Todo es tan silencioso aquí. Nadie pasa siquiera por la calle, pero ¿como lo harían son aproximadamente las seis con treinta de la mañana?, la gente aquí empieza a salir de sus casas hasta las ocho.

Joder.

Que fastidio.
Según mi madre dedicarle tiempo al negocio ayudará a distraer mi mente y ayudará en la difícil situación de ser “un adolescente con hormonas alborotadas”.

¡Oh, madre, si supieras que yo simplemente necesito salir de aquí!

Un respiro de tanto trabajo. Una tarde de pesca en el río no me vendria mal, un paseo a caballo tampoco; pero no, aquí me tienes todos los días limpiando. Me quejo mucho, ya sé. Todo mundo se queja de algo, yo me quejo por trabajar y madrugar claro pero, ¡joder, es puto domingo!

Después de más de una hora de limpieza encuentro el establecimiento casi listo para abrir las puertas al público. Ya sólo falta barrer la entrada y…

Unos gritos…

Los gritos eran un poco bajos pero se distinguen casi a la perfección por el silencio habitual de las calles del pueblo. De seguro algún campesino ebrio debe estar golpeando a su esposa. Cuando alguien llega a entrometerse en peleas de ese tipo el supuesto héroe termina mal. Mejor como decía mi padre “Machete estate en tu vaina”.

Así que decidí ignorar aquello y dedicarme a lo mío; es lo mejor. No me meto con nadie, y nadie se mete conmigo.

Los gritos se escucharon esta vez más cercanos y pude distinguir entonces que no eran de ninguna mujer pidiendo auxilio; más bien de niños, lo cual es raro, pues por lo regular a las ocho de la mañana se encuentran ya en la escuela, ¡ah pero sí es domingo! Y eso es aún más raro, niños despiertos y gritando tan temprano. De un salto crucé la barra del mostrador y salí de la tienda.

Afuera de la tienda observé cinco niños que corrían y gritaban.

—¡Una muerta!, ¡una muerta!

Avancé hacia ellos y alcancé a detener a uno. Los otros cuatro se perdíeron corriendo entre las calles.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—¡La mataron! ¡La mataron! —bramó el niño asustado.

—¿A quién? ¿Dónde? —pregunté.

Estaba claramente sorprendido, pues lo que me decía el niño me tenía intrigado, en el tiempo que llevo viviendo aquí nunca había pasado algo así y sinceramente es lo más relevante e interesante para mi en estos momentos. Obviamente más que estar sólo sentado frente al mostrador, a la espera de clientes que dudo mucho  llegarán.

Sin emitir palabra alguna el chiquillo empezó a correr hacia la misma dirección por la que habían llegado.
Joder, ¿este niño no piensa decirme nada?
El niño siguió corriendo y al darse cuenta que no le seguía se detuvo y me gritó.

—¡¿Acaso no quieres saber qué pasó?! ¡Corre, sigueme!

Lo seguí, corrimos a lo largo de una vereda pedregosa e infestada de maleza y espinas sin mencionar el  lodo, que conducía al río, hasta que el niño se detuvo frente un maizal.

—¡Ahí! —exclamó sobresaltado el niño y con el dedo indice me señaló una de las orillas de la parcela.

Estaba un poco lejos todavía, así que lentamente me acerqué y ahí estaba el cuerpo de una mujer entre los surcos de maíz, acostada.
Me paralicé al instante, nunca en mi vida había visto tal cosa.
Era... Era, no, no hay palabras para esto, me seguí aproximando a paso lento y cauteloso, sintiendo el latir frenético de mi corazón a cada paso.

La mujer estaba desnuda, el cuerpo yacía boca arriba sobre un charco de sangre y tenía el rostro cubierto por algunos mechones de cabello. Apenas la miré y ya no pude quitarle los ojos de encima; a mis dieciocho años había soñado varias veces con el poder contemplar a una mujer desnuda, pero jamás me imaginé que sería bajo estas circunstancias y de esta forma. Con más asombro que lujuria recorrí con la mirada la piel suave y tersa pero sobre todo inmóvil. Era un cuerpo joven.

Con los brazos extendidos y una pierna ligeramente flexionada, la joven parecía pedir un abrazo final. La imagen me conmocionó; trague saliva, y sentí el aire faltar a mis pulmones, me obligue a dar un respiro profundo para tratar de regular el palpitar frenético de mi corazón. Inhalé con fuerza y entonces percibí así el aroma dulce de un perfume floral barato.

Tuve ganas de darle la mano a la joven mujer, levantarla y decirle que terminará con la mentira de que estaba muerta, pero ella siguió ahí desnuda y quieta...
Me quité la camisa y la cubrí lo mejor que pude. Al acercarme lo suficiente quité los  mechones de cabello que ocultaban el rostro del cuerpo aquel; entonces vi su cara con claridad y me di cuenta de que la chica muerta y desnuda frente a mi era Margarita.

Sentí como si me clavaran una estaca en el pecho y enseguida un dolor punzante estalló en mi corazón. Me arrodille junto a ella y lloré en silencio. Yo la quería, y nunca antes pude decirle cuanto me gustaba. Fui un cobarde, un miedoso y ahora nunca jamás podré hacerlo.

MARGARITA Where stories live. Discover now