Acto I: Eísodos Capitulo 1 Párodos I

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CORO

Míralo bien. Todavía puedes llamarlo ladrón y sentirte a salvo. Es una palabra cómoda. Pone distancia. Ordena las cosas. Deja a los hombres como él de un lado y a los hombres como tú del otro.

No preguntes qué robó. No importa todavía.

Pregúntate cuánto tendría que importarte algo para tomarlo aun sabiendo que no te pertenece. Después cambia el objeto. Ponle otro nombre. Necesidad. Justicia. Oportunidad. Hambre. Venganza. ¿Sigue pareciendo tan sencillo?

No respondas. Siempre has sido bueno encontrando razones después de cruzar la línea. Él también.

Dentro de poco habrá sangre y buscarás al culpable. Lo reconocerás por el arma, por sus palabras, por aquello que estuvo dispuesto a hacer. Qué alivio debe ser juzgar cuando otro sostiene la pistola.

Míralo bien. Y cuando llegue el momento de condenarlo, recuerda: tú también querías saber qué había detrás de esa puerta.

I

Ciudad Juárez, 24 de junio de 1997. 11:47 p. m.

-¡¿Qué chingados hiciste?!

Santiago Hernández hundió el acelerador.

La camioneta saltó de la banqueta y cayó de golpe sobre el pavimento. La suspensión protestó con un crujido metálico y Julián salió disparado unos centímetros del asiento hasta golpearse la cabeza contra el techo.

-¡Hijo de tu puta madre!

-¡Agárrate!

-¡¿De qué?!

La respuesta llegó desde atrás.

Un disparo atravesó el medallón y convirtió el cristal en una lluvia de fragmentos. Julián gritó y se encogió sobre el asiento, protegiéndose la cabeza con ambos brazos mientras pequeños trozos de vidrio le caían sobre el cabello y la camisa.

Santiago apenas se agachó. Mantuvo una mano firme sobre el volante y buscó con la otra el retrovisor, aunque buena parte del espejo vibraba inútilmente después del impacto. Alcanzó a distinguir unos faros moviéndose entre el polvo que levantaban sobre la calle.

-Verga.

-¡¿Quiénes son?!

-Nadie.

-¡Nadie nos está disparando!

Otro impacto perforó la caja de la camioneta con un golpe seco. Santiago giró violentamente a la izquierda y las llantas chillaron sobre el pavimento todavía caliente. A esas horas la ciudad seguía expulsando el calor acumulado durante el día; el aire que entraba por las ventanillas abiertas no refrescaba nada, solo arrastraba polvo, olor a gasolina y tierra seca.

-¡Te dije que no vinieras conmigo!

Julián levantó la cabeza lo suficiente para mirarlo.

-¡Me dijiste que necesitabas que te ayudara a cargar unas cosas!

-Pues técnicamente sí.

-¡¿Qué cosas?!

Santiago sonrió sin apartar los ojos del camino.

-Unas cosas.

Julián lo contempló durante un segundo, incrédulo. Conocía esa sonrisa. La conocía desde hacía demasiados años como para seguir interpretándola como una buena señal.

-Te voy a matar.

-Ponte en la fila.

Dos haces de luz aparecieron detrás de ellos y crecieron rápidamente. Una camioneta dobló por la misma calle. Después otra.

Pylé: Parábasis 2:22Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora