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El local estaba envuelto en esa penumbra cálida que solo los bares bien escogidos saben ofrecer: luces bajas de tono ambarino, el murmullo de conversaciones ajenas flotando como una melodía de fondo y el tintineo ocasional de hielo contra cristal. Taeyeon se encontraba inclinada ligeramente sobre la barra, el codo apoyado en la superficie de madera oscura y el mentón descansando sobre la palma de la mano en una pose que ella sabía que le favorecía. Sus dedos jugueteaban distraídamente con el borde de su vaso, trazando círculos invisibles sobre el cristal empañado, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa ladeada, esa que reservaba exclusivamente para cuando alguien le interesaba.

A su lado, Sinb reía. Y vaya si era una risa bonita. Era de esas risas que empezaban como un destello en los ojos antes de explotar en una cascada de sonidos cristalinos, de esas que inclinaban la cabeza hacia atrás y hacían que el cabello castaño ondeara como un campo de trigo bajo la brisa. Taeyeon había estado trabajando en provocar exactamente esa reacción durante los últimos veinte minutos, y cada vez que lo conseguía, una pequeña chispa de satisfacción le recorría la columna.

-No puede ser que de verdad hicieras eso -dijo Sinb, aún con la risa bailándole en la voz, mientras se apartaba un mechón rebelde de la frente. Sus ojos brillaban con ese fulgor especial que otorga el alcohol en su justa medida, cuando todavía no emborracha pero ya desinhibe.

-Te juro que sí -respondió Taeyeon, acercándose un poco más, lo suficiente para que su perfume, un aroma suave a jazmín y algo cítrico, llegara hasta la otra chica.

Sinb volvió a estallar en carcajadas y, en un gesto instintivo, posó su mano sobre el antebrazo de Taeyeon. El contacto fue breve, apenas unos segundos, pero suficiente para que Taeyeon sintiera el calor de aquellos dedos sobre su piel y pensara que, definitivamente, la noche prometía. La castaña era preciosa: sus facciones eran delicadas pero no frágiles, sus pómulos altos capturaban la luz de manera escultural y su boca, oh, su boca era una invitación permanente a la que Taeyeon ya se estaba planteando seriamente responder. No era demasiado alta -Taeyeon calculaba que a su lado apenas le sacaría un par de centímetros-, pero tenía esa energía vivaz que parecía ocupar todo el espacio a su alrededor, como si su mera presencia fuera incapaz de contenerse en un solo plano.

-Eres un desastre -sentenció Sinb, retirando la mano pero no la sonrisa. Sus dedos se enroscaron alrededor de su propio vaso, una copa de vino tinto que apenas había catado en todo el rato que llevaban conversando. Taeyeon lo había notado: Sinb estaba más interesada en ella que en la bebida. Punto a favor.

-Un desastre adorable, espero.

-Eso está por verse.

El tono de Sinb era juguetón, coqueto, cargado de esa electricidad implícita que se genera cuando dos personas saben exactamente hacia dónde se dirige una conversación pero disfrutan alargando el camino. Taeyeon sonrió para sus adentros. Le gustaba ese juego. Le gustaba la forma en que Sinb la miraba a través de sus pestañas, como si estuviera evaluándola y encontrándola satisfactoria. Le gustaba cómo se mordía el labio inferior justo antes de responder a sus provocaciones, un gesto que probablemente no era consciente pero que a Taeyeon le parecía devastadoramente atractivo.

Estaba a punto de lanzar su siguiente frase ensayada -algo sobre cómo le encantaría seguir demostrando lo adorable que podía llegar a ser en un lugar más tranquilo- cuando algo, un movimiento en la periferia de su visión, la distrajo. Fue apenas un destello: la puerta del local abriéndose para dejar paso a la noche exterior y a una silueta que, por algún motivo que Taeyeon no supo explicarse en ese momento, la dejó clavada al taburete.

La chica que acababa de entrar era, sencillamente, un imán para la mirada.

Tenía el cabello negro como una promesa de medianoche, cayéndole en ondas sueltas que rozaban sus hombros y que parecían moverse con voluntad propia cada vez que giraba la cabeza para orientarse en el local. Llevaba unos vaqueros oscuros que se ceñían a sus piernas de una manera que debería ser ilegal, largas, interminables, y una camiseta sencilla que, sin embargo, se ajustaba lo suficiente como para insinuar curvas que hicieron que a Taeyeon se le secara la boca. Pero fueron sus caderas las que realmente la dejaron atónita: una cadencia natural en su forma de caminar, un balanceo sutil y absolutamente hipnótico que Taeyeon siguió con la mirada como quien observa una obra de arte en movimiento.

Una noche [TAENY]Stories to obsess over. Discover now