We've updated our Content Guidelines.
Review the latest guidelines to keep sharing stories safely.

Capítulo 1

8 1 0
                                        

La Biblioteca Municipal de Inverness nunca cerraba del todo. A la 1 A.M. de un día frío de enero de 2007 seguía abierta, pero lo único que quedaba en pie era el zumbido de los fluorescentes, la niebla pegada a los cristales, Noah MacLeod, el bibliotecario, y una personita nueva más.

Noah estaba en el mostrador refunfuñando como un viejo. Hoy llevaba calcetines azules de patitos, una sudadera gris y la capucha puesta, de la cual salían algunos rizos azules.

Entre sus grandes manos tenía un periódico con imágenes en gris y hablaba solo.

—Resulta inconcebible que ese criminal lograra escapar por ahí. Las ventanas de la prisión contaban con barrotes desde el 98. ¿Por qué diablos nadie se percató de eso, joder?

Del otro lado del mostrador, Alistair Calder lo miraba con interés. El joven, que a menudo se hacía llamar Livvy, no contestaba a menos que le hablaran directo.

Había nacido en Inverness, pero se fue a Vancouver con 12 años y había pasado 10 años en Canadá. Nadó para un club competitivo, aunque se retiró por una lesión. Volvió hace 3 días y su primera noche la había decidido pasar aquí, puesto que no lograba conciliar el sueño.

Livvy pasó una página sin cuidado e hizo un ruido extraño que lo hizo estremecer. Abrió su bolsa y sacó un par de cascos, no para escuchar música, sino para aislarse del ruido de la biblioteca.

Noah le echó un vistazo al carné que firmó el chico hacía tres horas: Alistair Nérée Calder. 22 años. Ness Bank. En resumen, ni puta idea de quién era. Un enigma, pensó Noah. Y a él no le agradaban los enigmas para nada.

Lo que no sabía Noah es que el chico ya se había fijado en él. De hecho, le había parecido bastante guapo, con los rizos saliéndole de la capucha y esa vestimenta tan poco formal como para trabajar en una biblioteca.

Livvy cerró el libro despacito y se levantó de la silla sin quitarse los cascos. Noah ni se enteró. Seguía refunfuñando con el periódico al otro lado del mostrador.

Cruzó la sala en silencio y miró a Noah de reojo. Se acercó a la máquina de bebidas e intentó sacar un chocolate caliente, aunque sin éxito, porque lo único que logró fue que Noah se percatara.

—Señor —dijo—. Señor, ¿me escucha? Esa máquina no funciona.

Livvy ni se volteó. Noah decidió levantarse y tocarle el hombro. El chico se sobresaltó, pero al ver al bibliotecario se sacó los cascos.

—La máquina no funciona.

—A-ah. No me di cuenta.

Noah esbozó una leve sonrisa, pero volvió a su expresión seria de nuevo.

—¿Qué es lo que escucha, si se me permite preguntar?

Livvy lo miró desconcertado. -No... no escucho nada. Es solo para aislarme del ruido, me resulta muy molesto.

—Comprendo —musitó, volviendo al periódico.

—¿Y qué lee usted, si se puede saber?

Preguntó Livvy. En verdad estaba interesado. Porque si no hubiera preguntado... Es más, Livvy odiaba las preguntas porque sí y hablar sin más ni más.

—El periódico —dijo, con cara de lo obvio, y le tendió un chocolate caliente de debajo del mostrador—. Un criminal enajenado se ha fugado de la prisión y anda suelto por ahí, quién sabe dónde.

Livvy se estremeció de solo escuchar esa palabra: "criminal", aunque ni siquiera sabía lo que era "enajenado". Supuso que era el tipo de persona asquerosamente culta.

—¿Por qué no tomas asiento ahí? —dijo, señalando una silla vacía enfrente del mostrador.

Él se quedó ahí plantado en el sitio, pensándolo. Se le daba mal relacionarse con gente. En realidad, no tenía muchos amigos.

—No muerdo, ¿eh? —dijo, con una sonrisa amable.

Livvy accedió finalmente. Tampoco es como si fuera el tipo de persona que sabe decir "no".

—¿Eres extranjero, muchacho? ¿Cuántos años tienes?

Se sintió abrumado con tanta pregunta, intentando pensar con claridad.

—Y-yo en realidad nací aquí, pero acabo de llegar de Canadá. Y tengo veintidós.

—Vaya, ¿y acabas de independizarte?

—En realidad no —Livvy rió un poco—. Vivo con mi abuela de momento.

—Interesante. Independizarse es complejo de todas formas. Aunque cuando yo lo hice, empecé a vivir con mi ex y...

Noah se tapó la boca y se rió un poco.

—Ups. A veces hablo más de la cuenta.

—No se preocupe —respondió—. ¿Cuántos años tiene? Quiero decir, si se puede saber.

—Tengo veintinueve —respondió.

—Aún es joven.

Se quedaron en silencio unos minutos hasta que Noah decidió hablar otra vez.

—Ofrecen una recompensa a quien proporcione información sobre el fugitivo.

—¿Cuánto?

—Cinco mil libras. Lo suficiente como para cubrir varios meses de alquiler.

—¿Y usted tiene información?

—No, pero podríamos encontrar algo. ¿No te parece?

—Yo... no sé si me vería involucrado en un crimen. Verá, me pongo muy nervioso enseguida y...

—Tienes rasgos de TEA —le cortó—. ¿Lo sabías?

—Sí, es que tengo TEA.

—De acuerdo. Igual podríamos buscar algo que resulte de ayuda. ¿Te animas?

—Hmm... lo pensaré —dijo, levantándose otra vez.

—¿En serio te vas?

—Sí. Ya me entró sueño.

—¿Volverás mañana?

Miró a Noah. Sus rizos azules asomaban por la capucha gris. En verdad... le sorprendía caerle bien a alguien. Aunque fuera mayor que él... podría ser una buena oportunidad para convertirse en buenos amigos.

—Bueno —dijo al final—. Vale. ¿Cómo le puedo llamar, por cierto?

—Noah MacLeod. —respondió.

—Vale. —dijo, y se volteó. —¡Adiós, señor MacLeod!

Noah se despidió con la mano y una sonrisa. Tal vez no le gustaran los misterios, pero sí resolverlos. Y este era uno de tamaño considerable.

BIBLIOTECA 24HStories to obsess over. Discover now