Capítulo Uno
Nathaniel
Había sangre en mis manos. Sobre el asfalto yacía el cuerpo de Henry Olivares. Sabía que, dentro de unos minutos, la policía llegaría junto con los peritos forenses.
No me importaba.
Encendí un cigarrillo.
Eso me calmaba.
Comencé a caminar de regreso a mi aburrida habitación, donde no había nada divertido que hacer, salvo lanzar dardos contra la pared.
Al entrar al pueblo me encontré con una acera cubierta de confeti, pintura y montones de basura. La noche anterior había habido una fiesta descontrolada, y los jóvenes se habían encargado de convertir las calles en un desastre.
Las casas estaban manchadas de pintura y la calle parecía un océano de desperdicios.
Miré el bosque, que se alzaba a lo lejos de Villaverde. Cada noche, desde la oscuridad de los árboles, llegaban los aullidos de los lobos. A veces descendían hasta el pueblo y devoraban las ovejas y las vacas de los granjeros.
Tomé la perilla de la puerta. Antes de abrirla sentí la mirada de alguien clavada en mi espalda.
Me giré.
Isabel me observaba desde la ventana de su habitación.
Era una chica misteriosa y extrañamente atractiva.
Nos miramos durante unos segundos. Sonrió y, sin decir nada, cerró la cortina.
En el colegio de Villaverde todos parecían personas extrañas.
Miré por la ventana: un perro siberiano estaba sentado sobre el césped, jadeando bajo un cielo eternamente gris.
Era hermoso.
-Pero ¿qué tenemos aquí? -dijo Natalia, mirando a Isabel-. La joven Isabel. La rara. ¿No has encontrado otro animal indefenso para disecar? ¿En serio disecas animales? Eso es asqueroso.
-Tú podrías ser la próxima pieza de mi colección.-Respondió Isabel.
-No me hagas reír, rarita. Yo podría limpiar el suelo contigo.
-Señoritas -intervino la profesora Irene, acomodándose los anteojos-, basta. Natalia, siéntate, por favor.
Natalia miró a Isabel con rabia mientras ella le sacaba punta a su lápiz.
Las puntas de sus lápices siempre quedaban demasiado afiladas.
A la hora del almuerzo, Isabel se dirigió al baño con su bandeja, como hacía habitualmente. Yo hacía lo mismo; tenía un profundo desprecio por la mayoría de las personas.
El baño de chicos olía con fuerza a orina. Cerré la puerta de un cubículo, levanté los pies y comencé a comer.
Entonces escuché que alguien entraba.
-¿Crees que esto es correcto? -reconocí la voz de Isaac Hidalgo, uno de los chicos que más detestaba del colegio.
-¿Desde cuándo hacemos lo correcto? -respondió Néstor, su inseparable amigo.
Después escuché la puerta cerrarse.
Salí del cubículo y me acerqué al espejo del baño.
Sobre él, escrito con marcador rojo, había una frase:
"Nat es un marica."
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Catarsis
HorrorHay pueblos donde la gente sonríe demasiado. Valleverde es uno de ellos. Las calles siempre están limpias, los jardines florecen incluso en las épocas más secas y los vecinos se saludan con una amabilidad casi perfecta. Los niños juegan hasta el ano...
