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Omniscient Narrator

A Alejandra Rocha la sacaron de su apartamento con una bolsa en la cabeza y las manos atadas, y lo primero que pensó, mientras la metían en la cajuela de un carro que olía a cuero nuevo, fue: Este hijo de la gran puta me va a dañar el pelo.

No era el pensamiento más lógico dadas las circunstancias. Pero el miedo, descubierto esa noche, hacía cosas raras con la cabeza. En vez de rezar, de llorar, de gritar hasta quedarse sin voz, su cerebro había decidido, por alguna razón que no pensaba cuestionar en ese momento, preocuparse por el su peinado.

Todo había empezado como una noche normal. Alejandra había llegado a su apartamento en Little Havana después de un turno doble en el restaurante donde trabajaba de mesera -porque, contrario a lo que cualquiera pudiera pensar del apellido Rocha, ella no había heredado un centavo de nada- y se había puesto la piyama con la intención clara de ver dos episodios de una novela y dormirse antes delas once. En cambio, había un ruido en la puerta, un empujón, una mano enorme sobre su boca antes de que pudiera gritar, y entonces todo se había vuelto oscuro y con olor a tela vieja.

El viaje duró lo que le pareció una eternidad, aunque después calculó que no fueron más de cuarenta minutos. Sintió el carro girar varias veces, subir una pendiente y detenerse frente a lo que sonó como un portón automático.

Cuando por fin le quitaron la bolsa de la cabeza, con más brusquedad de la necesaria, el mundo le llegó de golpe: una sala enorme, techos altísimos, muebles que parecían sacados de una revista de decoración que ella jamás podría pagar ni en tres vidas, y dos hombres corpulentos parados a cada lado de la silla de madera donde la habían sentado, con las manos todavía atadas por delante.

-¿Alguien me va a decir qué carajo está pasando? -preguntó, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro, donde el corazón le latía como si quisiera escapar antes que ella.

Uno de loshombres, el más alto, la miró con algo entre diversión y lástima. Tenía acento norteño, marcado, de esos que arrastran las erres.

-Cállate y espera, güey.

-Mira, yo no vine a esta fiesta por gusto, así que al menos dime si me van a matar o qué,para yo saber si vale la pena seguir preocupándome por el pelo.

El hombre soltó una risa corta, sorprendido, y miró a su compañero como diciendo esta está loca. El compañero, más bajito y con cara de pocos amigos, no se rió. Se limitó a cruzarse de brazos y clavar la vista en algún punto de la pared, como si estuviera entrenado específicamente para no reaccionar a nada de lo que dijeran los rehenes.

-¿Tienen nombre, al menos? Porque si voy a pasar mi última noche en la tierra rodeada de ustedes dos, prefiero saber cómo llamarlos.

-No es tu última noche -dijo el alto, casi sin pensarlo, y después pareció arrepentirse de haber hablado de más.

-Ah, qué alivio. ¿Y la penúltima?

-Cállate ya.

-Eso ya me lo dijiste. ¿Tienes otro repertorio o nada más sabes decir esa frase?

El hombre bajito, el que no había hablado, soltó un resoplido que sonó sospechosamente parecido a una risa contenida. El alto le lanzó una mirada asesina, aunque Alejandra pudo notar que también luchaba por no sonreír.

Estaba apunto de seguir provocando -porque descubrir que sus captores se ponían nerviosos con sus comentarios le daba una sensación mínima, pero real, de control sobre una situación en la que no tenía absolutamente ninguna- cuando la puerta principal se abrió sin que nadie tocara, y todo el aire del cuarto pareció cambiar.

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