Heridas de Oslo

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El despertador sonó a las cinco y media de la mañana, un zumbido sordo que cortó el silencio de la casa como un cuchillo. Me levanté de inmediato, antes de que el ruido pudiera despertar a los demás. Mis músculos protestaron con un dolor sordo; el trabajo del día anterior en el almacén de carga me había dejado la espalda molida, pero no tengo tiempo para quejarme. A mis diecisiete años, mi cuerpo ya carga con demasiado peso que no debería de tener, pero cuando eres el único pilar que sostiene un hogar, el cansancio se vuelve un lujo que no te puedes permitir.

Caminé descalzo por el pasillo de madera crujiente hacia la cocina, cuidando de no hacer ruido para dejar descansar a mi abuela un rato más. Sus rodillas ya no eran las mismas y bastante hacía con mantenernos a flote psicológicamente tras lo que destruyó nuestra vida. Encendí la hornalla y puse a calentar la leche mientras abría la alacena. Quedaba media caja de cereales y un trozo de pan.

Caminé hacia el estante superior y bajé el frasco de vidrio donde guardábamos los ahorros de la semana. Lo volqué sobre la mesa. Un par de billetes arrugados de pocas coronas noruegas y algunas monedas tintinearon contra la madera.

Los conté con los dedos fríos. No alcanzaba para mucho. Apenas para el almuerzo escolar de los niños y quizás un cartón de leche para la cena.

A veces, cuando el silencio de la madrugada era demasiado pesado, me miraba en el reflejo de la ventana de la cocina. Me costaba reconocerme.

Se suponía que a los diecisiete años la mayor preocupación de un chico debía ser qué carrera universitaria elegir, salir con amigos o enamorarse. Pero mi futuro se había congelado siete años atrás. Específicamente la noche en que mi tío, Mernuel Covacich, cegado por una ambición enferma que le devoró la cordura, asesinó a mis padres en nuestra propia sala.

Frederik y Angela Covacich. Aún cerraba los ojos y podía oler el hierro de la sangre mezclado con el frío de Oslo. Mi tío huyó esa misma noche y la policía jamás volvió a encontrar su rastro. Pero yo sabía, en lo más profundo de mi ser, que él no había terminado. El miedo a que regresara a terminar con el linaje Covacich era una sombra que se sentaba a mi lado todas las noches.

—Anthony... tengo frío.

La vocecita de Tomás me sacó de mis pensamientos. Me giré y lo vi de pie en el marco de la puerta, tallándose un ojo con el puño de su pijama gastado. Tiene siete años y apenas conoce las caras de nuestros padres por fotos; para él, su mundo somos mi abuela, Eidan y yo.

—Ven aquí, campeón —le sonreí, dejando a un lado las monedas y obligándome a enterrar mis fantasmas. Lo cargué en brazos y lo senté en la silla, arropándolo con mi propia chaqueta—Toma la leche, está calientita.

Minutos después, Eidan entró a la cocina. A sus trece años, el dolor se le estaba transformando en una coraza de cables pelados. Se sentó sin decir buenos días, mirando con fastidio el plato casi vacío.

—¿Otra vez lo mismo? —murmuró, arrastrando la cuchara por el tazón.

—Es lo que hay para hoy, Eidan —respondí manteniendo la voz suave. Sabía que no lo hacía por malicia, sino por la frustración de crecer sabiendo que nos faltaba todo—Prometo que mañana compraré algo diferente. Por favor, come. Tienen que irse ya.

El trayecto a la escuela fue silencioso.

Caminábamos a paso rápido bajo el cielo gris y plomizo de Oslo. Tomás iba colgado de mi mano izquierda, dando saltitos, mientras Eidan caminaba un paso por detrás, con la capucha de su sudadera puesta y los auriculares apagados, simplemente aislándose del mundo.

Al llegar a la entrada del colegio, me agaché frente a Tomás y le acomodé la mochila.

—Pórtate bien, ¿sí? Vendré a buscarte exactamente a las tres. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

Hielo en las venasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora