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Para Han Jisung, la universidad era el escenario perfecto para perderse en su música y en las risas de sus amigos. Sin embargo, todo cambia el día en que Lee Minho se cruza en su camino.
Minho es mayor, atractiv...
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El aula de ensayo del edificio de música siempre olía a madera vieja, café frío y al metal de los instrumentos. Para Han Jisung, ese lugar de apenas cuatro metros cuadrados era su santuario.
Con los auriculares puestos y los ojos fijos en la pantalla de su portátil, sus dedos se movían ágiles sobre el teclado, mezclando una base que llevaba días atascada en su cabeza.
—Sung, si sigues mirando la pantalla así, le vas a hacer un agujero —bromeó Felix, apoyándose en el marco de la puerta con dos vasos de café helado en las manos.
Detrás de él, Seungmin revisaba sus apuntes con expresión aburrida. Jisung se quitó los auriculares, dejándolos caer sobre su cuello, y soltó un suspiro cansado pero feliz.
—Solo un par de arreglos más, Lix. Siento que a este ritmo le falta... algo. No sé, una transición más limpia.
—Lo que te falta es comida y aire libre —sentenció Seungmin, entrando al aula para dejarle el café sobre la mesa—. Llevas aquí metido desde las ocho de la mañana. Vamos al jardín central, Jeongin nos está esperando con el almuerzo.
Jisung miró la hora en su teléfono y, admitiendo su derrota ante el hambre, asintió. Recogió sus cosas rápidamente, metiendo el portátil en la mochila, y los tres salieron al bullicioso campus universitario.
El día estaba extrañamente soleado, lleno de estudiantes que iban y venían entre las facultades de Artes y Ciencias.
Mientras Felix hablaba animadamente sobre un proyecto de baile y Seungmin lo contradecía con su habitual sarcasmo, Jisung sintió una extraña punzada en la nuca:
esa incómoda sensación de que alguien te está mirando fijamente desde la distancia.
Se detuvo un segundo a mitad del camino empedrado y miró a su alrededor. Estudiantes sentados en el césped, un grupo jugando con un balón, una chica corriendo porque llegaba tarde...
Nada fuera de lo común.
—¿Jisung? ¿Te quedas atrás? —le gritó Felix unos metros más adelante.
—¡Voy! —respondió él, sacudiendo la cabeza para alejar esa tontería.
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Lo que Jisung no sabía era que sus instintos no se equivocaban.
A unos cincuenta metros de allí, sentado en los escalones del edificio de la facultad de Psicología, se encontraba Lee Minho. Tenía un cuaderno de bocetos sobre las rodillas, pero sus ojos oscuros no estaban fijos en el papel.
Estaban clavados en la silueta de Jisung.
Minho observó cómo el sol de la tarde se reflejaba en el cabello castaño del menor, cómo sus mejillas se inflaban un poco cuando se reía de algo que decía el chico rubio a su lado y cómo se acomodaba la correa de la mochila en el hombro.
El mayor grabó cada movimiento en su mente, como si estuviera tomando fotografías mentales. Su pecho se llenó de un calor denso, obsesivo.
Han Jisung.
Sabía su nombre, su horario de clases, su tipo de café favorito y que solía quedarse hasta tarde en los cubículos de música.
—Minho, ¿nos estás escuchando?
La voz de Chan rompió el trance. Lo miraba con una ceja levantada, mientras Changbin y Hyunjin discutían al lado sobre un examen.
Bangchan extendió una mano y le dio un golpecito en el hombro a Minho con la mirada teñida de una ligera sospecha.
—Te hemos preguntado si vas a venir a cenar hoy al piso —dijo el mayor, entornando los ojos—. ¿Qué estás mirando tanto?
Minho no se inmutó.
Con una lentitud pasmosa, cerró su cuaderno y le dedicó a su amigo una de sus sonrisas más tranquilas y perfectas, esa que utilizaba como una máscara impecable.
—Nada, solo pensaba en el trabajo de fin de ciclo —mintió Minho sin pestañear—. Hoy no podré ir a cenar, Chan. Tengo que... quedarme en la biblioteca hasta tarde a revisar unos textos.
Changbin miró a Minho de reojo, cruzándose de brazos. Conociendo el historial de Minho, el sutil destello de fijación en sus ojos no le gustó nada.
—¿Seguro que es solo por el trabajo, Minho? Recuerdas lo que habló el terapeuta el mes pasado sobre no saturarte y mantener los pies en la tierra, ¿verdad? —soltó Changbin con tono serio pero bajo, para que los demás no escucharan demasiado.
Hyunjin soltó una risita, intentando restar gravedad al asunto: —Déjalo, Bin. Nuestro Minho está reformado. Además, tiene cara de estar aburrido, no de planear un crimen.
Minho soltó una suave carcajada que helaría la sangre de cualquiera que supiera lo que realmente pasaba por su cabeza.
—Exacto, Changbin. Estoy perfectamente. Mis pies están bien plantados en la tierra. No hay de qué preocuparse.
Bangchan suspiró, queriendo creerle: —Está bien. Pero no te desveles.
Cuando sus amigos se alejaron hacia la cafetería, la sonrisa de Minho se desvaneció al instante.
Volvió a mirar hacia la dirección por la que Jisung había desaparecido. Sus dedos se apretaron contra el borde del cuaderno con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—Mañana —susurró Minho para sí mismo, con la mirada completamente perdida y una chispa de absoluta locura bailando en sus ojos—. Mañana nos conoceremos por fin, mi vida.
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