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Prólogo

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Provincia de Anjou

Noviembre de 1177, año de Nuestro Señor

El suave satén de su largo abrigo se agitó alrededor de su cintura cuando se giró, furioso, para mirar al rey. Jimin de Alencon ahogó un grito, incapaz de creer lo que acababa de oír.

—¡Señor! ¿Me estás diciendo que me vas a retirar vuestro afecto?

—Siempre tendrás mi amor, mi hermoso Jimin, desde el mismo momento en el que concebiste a mi hijo. Pero hay algo que debes tener claro: nunca ocuparás el lugar de la reina, ni de nombre, ni por honor.

—La habéis hecho prisionera, majestad. Le has arrebatado su riqueza y su poder. Harías bien en buscar otra persona que sea vuestra reina y esposo.

En cuanto hubo pronunciado esas palabras se dio cuenta del peligro que corría arriesgándose a provocar la ira del Principe Regente. Había ido demasiado lejos al dejar ver sus planes y deseos.

—Muchas personas harían bien en recordar que yo soy quien la hizo prisionera y el único que controla su riqueza y poder. Y muchas personas harían bien en dejar de entrometerse en los asuntos de este reino.

—Señor, le pido perdón por mis atrevidas palabras. Sólo deseo amaros y daros placer y herederos. Ahora llevo uno en mi vientre y sólo deseo compartir con usted mi alegría.

No había nada que lo hiciera retractarse. Quería ser reina. Llevaba al hijo del rey en su interior y su sangre era lo suficientemente noble como para permanecer a su lado. Bastardo o no, la sangre que corría por sus venas se remontaba a Carlomagno.

Pero era un joven realista y, por eso, tragándose el orgullo, hizo una profunda reverencia ante el rey, inclinando la cabeza hasta quedarse bajo la mano del monarca. Tras un minuto en esa posición tan humillante, levantó la cabeza y se llevó la mano del rey a la boca. Tras depositar en ella un beso reverente, se la llevó a la frente y murmuró:

—Soy vuestro, Henry. Sólo vivo para amarte y para serviros.

El rey pareció calmarse un poco y lo ayudó a levantarse y a sentarse en una silla. Después comenzó a caminar por la estancia sin hablar.

Jimin ya conocía aquel comportamiento. Sabía que cuando se enfrentaba por primera vez a algo que no deseaba o que no le gustaba, su ira explotaba para después tranquilizarse.

A pesar de la diferencia de edad con Eleanor y de la perfidia de la mujer hacia él en cuestiones de familia, Henry quería encontrar una manera benevolente de deshacerse de ella, al menos una que le permitiera conservar la riqueza y las tierras que ella había aportado al matrimonio.

Al ver al rey caminar ansiosamente por la habitación, Jimin supo que se mostraría de acuerdo con sus ideas. Se relajó, apoyándose en el alto respaldo de la silla, y esperó. No tenía ningún sentido interrumpir a Henry en ese momento. Y cuando ya estaba empezando a ponerse nervioso por su prolongado silencio, él se detuvo y se giró para mirarlo.

—Hace varios años ayudé a un monje de Sempringham a luchar contra la revuelta y los ataques a sus hermanos seglares dijo el rey, y Jimin esperó la explicación a aquellas palabras—. Su orden consiguió prosperar y ahora está bajo mi protección. Una de sus casas sería un buen lugar para que te quedaras hasta que dieras a luz.

—Mi señor, ¿quieres enviarme a un convento? —se quedó sin respiración ante tal idea—. Yo sólo quiero...

—Lo comprendo, Jimin —lo interrumpió, dedicándole esa sonrisa carismática que lo había hechizado desde el primer momento—. Pero es mejor que des a luz antes de hacer ningún otro plan.

Jimin sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Pero no era un hombre que evitara las dificultades, así que decidió hacer su oferta de matrimonio antes de que el rey se marchara y lo dejara sin ningún compromiso que cumplir.

—¿Y matrimonio, señor? ¿Habrá matrimonio después del nacimiento del bebé?

Henry se acercó a Jimin y lo hizo levantarse. Lo abrazó posesivamente y tomó su boca con un beso apremiante, como los muchos que habían compartido durante meses. Saboreó los labios de Jimin una y otra vez, jugueteando con su lengua hasta que él sintió que su resistencia se desvanecía. Entonces Henry se apartó y, mirándolo fijamente a los ojos, sonrió.

—Sí, mi bello y querido Jimin, habrá matrimonio.

EL AMANTE DEL REYStories to obsess over. Discover now