Seoul
Hay una foto que nunca publiqué.
Está en una carpeta sin nombre dentro de un disco duro externo que guardo debajo de mi cama, enterrada entre miles de otras imágenes que tampoco le pertenecen al mundo. La mayoría de las fotos que tomo terminan en algún lugar: en una revista, en el archivo de una productora, en la memoria de alguien que pagó por tenerla. Esa no.
Esa es mía.
En la foto, él está dormido.
La habitación es de un hotel en Tokio, tercer piso, con vista a una calle que de noche se llena de paraguas y de gente que camina rápido bajo la lluvia. Las cortinas están entreabiertas y la luz naranja de la ciudad entra en franjas sobre la cama, sobre su hombro, sobre la curva de su mandíbula relajada por el sueño. Tiene el cabello revuelto sobre la almohada. Tiene una mano abierta sobre las sábanas blancas, los dedos ligeramente curvados, como si incluso dormido estuviera buscando algo.
Yo tomé la foto desde el borde de la cama.
No debí haberlo hecho. Él nunca me lo pidió. Pero eran las tres de la madrugada y afuera llovía sobre Tokio y él dormía con esa calidad de los que finalmente ceden después de demasiadas noches sin poder hacerlo, y yo estaba ahí con mi cámara porque mi cámara siempre está ahí, y pensé: *esto es lo más honesto que he visto en mucho tiempo.*
Lo mismo que él dijo sobre su foto en la barra de una after party en Los Ángeles, en la primera noche.
Lo mismo.
No sé si eso es poético o si es una señal de algo que debí haber visto antes.
—
Hay cosas que no sé cómo contar en orden.
Sé cómo contar el principio, porque el principio tiene una forma clara: una fiesta, una cámara, un hombre que me preguntó por qué fotografiaba el fondo en lugar de a la gente. Sé cómo contar algunos momentos del medio, aunque el medio es donde todo se complica, donde las fechas se mezclan con los aeropuertos y los aeropuertos se mezclan con las discusiones y las discusiones se mezclan con esas reconciliaciones que saben a algo que no tiene nombre limpio.
Lo que no sé cómo contar es lo que significa.
Si significa algo todavía.
Si significará algo cuando termine, cuando terminemos, si es que eso es lo que está pasando o si esto es solo otra de las pausas que nos tomamos cuando nos hacemos demasiado daño y necesitamos respirar antes de volver a hacernos más.
Porque siempre volvemos.
Eso es lo que me resulta imposible de entender de nosotros: siempre volvemos. No importa cuántas veces uno de los dos cierra una puerta o bloquea un número o se sube a un avión hacia una ciudad en el lado opuesto del mundo. No importa cuántas veces me digo a mí misma que esta vez es diferente, que esta vez de verdad me quedo en mi lado de la distancia y no cruzo. No importa cuántas veces él me llama desde Seúl a las dos de la madrugada con esa voz que tiene cuando está demasiado cansado para guardar las formas y me dice cosas que los dos sabemos que complican todo.
Siempre volvemos.
Somos el peor hábito del otro y los dos lo sabemos y ninguno de los dos sabe vivir sin él
(...)
Estoy en Seúl mientras escribo esto.
No debería estar en Seúl.
Vine por un encargo: una marca de moda japonesa, sesión editorial en los distritos del norte, tres días de trabajo y de vuelta a casa. Eso fue lo que me dije. Eso fue lo que le dije a mi agente. Eso fue lo que escribí en el formulario de migración cuando me preguntaron el motivo del viaje.
Trabajo
Es técnicamente verdad. También es técnicamente una mentira.
Porque la verdad completa es que cuando el encargo llegó y vi que era en Seúl, no busqué otro trabajo en otra ciudad para esas fechas. No consideré declinar. Solo respondí que sí y después de responder que sí abrí una conversación que llevaba semanas en silencio y escribí dos palabras:
Voy a Seúl.
Y él respondió en menos de un minuto, como si hubiera estado esperando, como si supiera antes que yo que esto iba a pasar:
¿Cuándo llegas?
(...)
Eso es lo que somos.
Dos personas que se hacen daño con la misma facilidad con que se necesitan. Dos personas que conocen exactamente los bordes del otro, las grietas, los lugares donde presionar duele más, y que a veces presionan de todas formas porque el dolor compartido también es una forma de intimidad, y a veces la intimidad es lo único que prueba que algo es real.
Él me dijo una vez, en una habitación de hotel en Los Ángeles, después de una discusión que empezó por algo pequeño y terminó en algo enorme, cuando los dos estábamos sentados en lados opuestos de la misma cama sin tocarnos porque el contacto justo después del daño duele de una forma diferente:
Eres lo peor que me ha pasado.
Y yo, en lugar de irme, en lugar de agarrar mi cámara y mi chaqueta y hacer exactamente lo que debería haber hecho, respondí:
Lo sé. Tú también.
Y ninguno de los dos nos fuimos.
Eso lo dice todo.
No sé cómo termina esto.
No sé si termina de una vez y para siempre, en algún aeropuerto o en alguna discusión que finalmente vaya demasiado lejos, o si nos pasamos el resto de la vida así: en órbita, acercándonos hasta quemarnos y alejándonos hasta que el frío se vuelve insoportable y volvemos a acercarnos.
Lo que sí sé es que hay una foto debajo de mi cama en un disco duro que nunca le mostraré a nadie.
Un hombre dormido en una ciudad que llueve.
Con una mano abierta sobre las sábanas blancas.
Buscando algo incluso en el sueño.
Y yo al borde de la cama con la cámara, documentando el único momento en que vi algo tan honesto que no pude dejarlo pasar.
Eso fue el principio de todo.
O quizás fue el principio del final.
O quizás con nosotros esas dos cosas siempre fueron lo mismo.
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Veneno || JK +18
FanfictionAlessia no se impresiona fácil. Lleva cinco años fotografiando el backstage de la fama y aprendió que detrás de cada nombre grande hay solo una persona con más dinero y menos privacidad. Por eso cuando Jeon Jungkook se acerca a ella en una after par...
