CAPÍTULO I- SAZÓN CASERO

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A veces me gusta ver directamente el sol; me ciega unos segundos, pero no lo suficiente para que el mundo desaparezca.

Aquel día no fue distinto. Yo estaba pegado a la ventana, teniendo un alivio lejos de todo el estrés de la universidad.

Suspiré como si fuera un pequeño conejo enjaulado y me aparté de allí. Puedes imaginar mis movimientos como los de un anciano cuya energía se debilita. Abrí la puerta de mi habitación, solo era un cuarto pequeño con lo indispensable, una cama individual y un escritorio; no me quejo, y no menosprecio lo que me presta el campus universitario. En fin, entré y me dí vuelta para cerrar pero justo antes del click, la puerta se abrió y me golpeó el pecho. Henry, aquel hombre rubio y de musculatura media, entró a mi habitación. Sus ojos azules estaban envueltos en irá.

—¡¿Por qué demonios le dijiste a todos que tú y yo nos besamos?!

—¡¿Qué?!— Alcé ambas cejas ante su pregunta, y dí un paso hacia él. —Henry yo… T-te juro que no dije nada a nadie, tal como me lo pediste. T-tal vez nos vieron, ¡lo juro!—

—No me mientas Steven, todos andan hablando de eso, que tú y yo tenemos algo y eso es mentira. Si yo te besé lo hice porque quería experimentar, no para que se lo contarás a media escuela— hizo una pausa, apretando el puente de su nariz. —La verdad es que me avergüenza el simple hecho de tocarte, quizá me gustas pero me das asco por ser hombre…. Eso es… me das asco, steven—

—Henry… no digas eso— alcé ambas manos tratando de alejarlo, él me daba miedo cuando se ponía violento.

Aún así, se tomó la libertad de golpear mi rostro con su puño. Mi cuerpo rebotó contra el colchón.

Juro que en ese instante, mi corazón se encogió y me ardió el pecho. Sentí que mi cuerpo abandonó este plano, no era como flotar entre las nubes, no eso no …. Era como hundirme en el abismo.

—¿Sabes algo?… voy a matarte por soplón

—¡Henry por favor! Te prometo que no …

Fuí silenciado tras recibir una lluvia de golpes que impactaron contra mi cuerpo. Henry me acorraló contra la esquina, no pude defenderme, solo ví estrellitas.

De no ser por la intervención del guardia de seguridad, no se que habría sido de mí.

—Carajo, estoy harto de las peleas que hacen—. La voz del guardia no sonaba alarmada, sino cansada, no era un evento fuera de lo común para él. Sujetó a Henry del brazo y lo arrastró fuera de mi habitación.

—¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar, Steven!... No escaparas de mí— Henry me apuntaba con el dedo y escupía con cada palabra.

Me dejé caer a un lado de la cama, recargue la espalda contra la pared y abracé mis rodillas mientras mis lágrimas empapaban mis mejillas, solo era eso, un niño indefenso y cobarde.

El guardia me dió un último vistazo, negó con la cabeza y se fue, aún forcejeando contra Henry.

Sabía que iba a matarme. Por eso tenía que huir de ahí.

Intenté levantarme pero el dolor de los golpes me obligó a caer. Apoyé ambas palmas contra el suelo cuando el sabor metálico me provocó náuseas. Escupí y ví que era sangre. Respiré despacio, solo para no volver a llorar.

—Tú puedes, Steven.

Me lo repetí una y otra vez mientras comenzaba a gatear hasta la puerta. Estiré el brazo hacia la perilla, pero antes de cerrarla escuché la risa de un par de chicas que pasaban por el pasillo.

—Qué patético…

Alcancé a oír antes de cerrar. Dejé caer la espalda contra el suelo, solo un momento, esperando que el frío de la loseta aliviara un poco el dolor que me recorría el cuerpo.

LA ÚLTIMA SEMILLAWhere stories live. Discover now