El Rancho Armstrong era un imperio de tierra, sudor y reglas inquebrantables. Becky Armstrong, la heredera del lugar, observaba el reloj de su muñeca mientras golpeaba rítmicamente su bota contra el suelo.
No le gustaba perder el tiempo, y mucho menos esperar a una ciudadana que venía castigada.
Cuando el coche del señor Chankimha se detuvo, la puerta no se abrió de inmediato. Hubo una discusión visible dentro del vehículo hasta que, finalmente, Freen Sarocha Chankimha salió disparada del asiento trasero, cerrando la puerta con un golpe que resonó en todo el valle.
—¡Es una injusticia! ¡No puedes dejarme en este basurero! —gritó hacia el coche, con los ojos llorosos de pura rabia.
El coche arrancó sin responder, dejándola sola con sus maletas de diseñador sobre la tierra seca. Se giró, respirando agitadamente, y se encontró con la mirada de Becky.
Freen era hermosa, incluso con el rostro desencajado por el enojo. Tenía una dulzura natural en sus facciones que contrastaba violentamente con el fuego de su mirada. Llevaba una blusa de seda que ya empezaba a pegarse a su piel por el calor y unos pantalones que costaban más que el sueldo mensual de cualquier peón del rancho.
—¿Terminaste con el espectáculo? —preguntó Becky, con una voz profunda y carente de toda emoción.
Freen la miró de arriba abajo. Becky vestía unos jeans desgastados que le quedaban como una segunda piel, botas sucias y un sombrero que ensombrecía sus ojos intensos. Se veía imponente, ruda y, para fastidio de Freen, extremadamente atractiva en un sentido peligroso.
—Tú debes ser la famosa Becky —escupió, cruzándose de brazos—. Supongo que mi padre te pagó lo suficiente para ser mi carcelera este verano.
Becky caminó hacia ella con pasos lentos y calculados. No se detuvo hasta estar a escasos centímetros, obligando a Freen a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su aura era territorial; ella era la dueña de cada gramo de aire en ese lugar.
—A tu padre no le debo nada —dijo en un susurro cortante—. Estoy aquí por un favor personal. Pero te advierto algo, Sarocha: en el Rancho Armstrong, las personas como tú solo tienen dos opciones: se doblan o se rompen. Y por lo que veo, tú tienes una columna muy frágil.
—No me conoces —desafió Freen, aunque su voz tembló un poco ante la cercanía de la otra mujer.
—Ni me interesa hacerlo —respondió Becky. Agarró una de las maletas de Freen y, sin esfuerzo, la lanzó sobre la parte trasera de una camioneta vieja—. Sube. Te llevaré al dormitorio de los trabajadores.
—¿Dormitorio de trabajadores? —Freen abrió los ojos de par en par—. Mi padre dijo que me quedaría en la casa principal.
Becky soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—Tu padre ya no manda aquí. Aquí mando yo. Y en mi rancho, quien no trabaja, no duerme en cama blanda. Sube a la camioneta o quédate aquí a esperar que los coyotes te encuentren por la noche. Me da igual.
Freen apretó los puños, con ganas de gritar, pero la seriedad en el rostro de Becky le indicó que no estaba bromeando. Con toda la dignidad que pudo reunir, subió al vehículo, golpeando la puerta con fuerza.
Becky rodeó la camioneta y se subió al asiento del conductor. Mientras arrancaba, miró de reojo a Freen. La chica estaba roja de ira, mirando por la ventana. Becky notó cómo sus manos delicadas temblaban ligeramente.
"Va a durar dos días", pensó Becky con desprecio.
ESTÁS LEYENDO
Rancho Armstrong
FanfictionBecky Armstrong, la poderosa y fría dueña del rancho, está acostumbrada a que todos se dobleguen ante su voluntad. Por eso, cuando el señor Chankimha acude a ella con una petición desesperada -que le dé a su hija la lección de disciplina -no duda en...
