Me saco el abrigo ni bien entro al bar. Afuera el viento típico que se levanta entre la transición de otoño a invierno me tenía aferrada a las solapas para no permitirle llegar hasta mi piel. Adentro, la mezcla de calefacción y calor humano crean la atmósfera perfecta para disfrutar de un par de tragos y un rato de buena música sin tener que tenerlo puesto.
La realidad es que tengo muy pocas ganas de estar acá. Yo lo único que quiero es que el idiota de Pablo me devuelva mi parte de los ahorros para el viaje a Brasil que a fin de cuentas no voy a realizar. Y hablo en singular porque sé que no canceló los pasajes, y sé que va a ir con ella.
Así como también sé que las sábanas todavía estaban tibias cuando se la mudó al departamento, y lo sé, porque Marta, la señora que limpia, me tiene mucho aprecio. También fue gracias a ella que logré recuperar algunas cosas. Porque aunque tenía terminantemente «prohibido» ingresar a la propiedad, Ella me había dejado pasar a buscar todo aquello en lo que había invertido mi plata en ese lugar. No era mucho, pero aun así, me negaba rotundamente a que el señorito y su amante de turno se quedaran con ellas.
Una mano alzada a lo lejos me llama la atención. Está casi que agazapado en una mesa al fondo del bar. Frunzo el entrecejo al verlo en esa versión apichonada que nunca había existido conmigo. Pero, por lo que me dijo Vero, la tipa lo tiene medio cagando.
Y me alegra. Me alegra que no sea todo color de rosas.
Que de alguna forma todo lo que me hizo a mí durante estos dos meses separados, peleando para que me devuelva las cosas, le regrese.
Sí, el Karma es una perra.
—¿Le debés plata a alguién más? —le digo con una sonrisa sarcástica en los labios. Pablo me mira y me pone los ojos en blanco. Desliza un sobre blanco en la mesa y se levanta dispuesto a retirarse—. ¿A dónde vas?
—Tengo que volver a casa —responde, y puedo notar la amargura en el tono de su voz.
—¿No sabe que viniste? —me mira fijo, después clava la mirada en mis zapatillas. Suspira, y se mueve para salir del bar—. Dios, Pablo. Que te sea leve la vida.
Me siento en la mesa que él acaba de dejar y respiro profundo mientras abro el sobre y cuento que esté cada uno de los pesos que puse para nuestras «vacaciones de ensueño». Sé que no se va a arriesgar a que le haga un escándalo, sobre todo si está encontrándose a escondidas conmigo. Cuando veo que está todo, lo guardo en la cartera, y noto que sigue parado en el mismo lugar. Observándome.
—¿Está todo? —pregunta casi sin mirarme. ¿Qué le pasa?
—Sí. ¿Querés que te firme algun recibo de que me lo devolviste?
—No seas ridícula, Lara.
Levanto las manos en señal de rendición.
—¿Querés tomarte una birra conmigo?
Suspira. Saca su celular y revisa. No sé si la hora, o si está viendo que la otra no le haya mandado un mensaje. Pero me da pena. No debería tenerla, pero en ese momento, el Pablo que siempre la boqueó de tipo independiente y maduro que se llevaba puesto el mundo, parecía un pollito chequeando que no lo vaya a retar la mamá.
—Tengo que irme, Lara.
Suspiré. Miré por encima de él hacia la barra para llamar a la camarera y le hice el gesto para que me traiga una cerveza.
—Perdón —lo escuché casi murmurar, antes de darse vuelta dispuesto a huir como un cobarde.
—¿Perdón por qué?
—Por todo —responde, volviendo a mirarme—. Me hubiese gustado manejar las cosas de otra forma y que no salgas herida.
—Desde el momento que te la empezaste a garchar en la oficina me lastimaste, Pablo. Me rompiste en mil pedacitos.
Suspira. Su mano sube hasta su nuca y lo veo rascarse la cabeza. Mira a la camarera, vuelve a revisar el celular y resopla.
—Perdón —vuelve a repetir—. Ojalá...
—Dejalo ahí, Pablo —hago un gesto con la mano para desestimarlo y me concentro en el celular, dejándole en claro que hasta ahí llegó mi atención hacia él hoy.
Lo escucho resoplar otra vez, y para cuando la camarera me trae la cerveza y la deja sobre la mesa, él ya cruzó la puerta.
—¿Desde cuándo tan pollerudo? —Musito, mientras busco entre mis chats de whatsapp a Tomás para mandarle un mensaje.
[L] [Dinero recuperado.]
Los tres puntitos se mueven bajo su nombre.
[T] [Bien ahí. ¿Siguiente paso en el plan?]
[L] [No morir en los próximos meses viviendo con la progenitora]
Salgo de la conversación con él, y busco a Martina. Pienso tomarme al menos un vaso más y preferiría no volver a casa sola.
[L] Paquete despachado.
[M] ¿Te compraste una birra para festejar? Te la pago yo.
[L] Deberías estar acá festejando conmigo.
[M] Te prometo que te organizo un divorcio-shower.
Se me escapa una leve carcajada y niego con la cabeza.
[L] ¿Me venís a buscar? Tengo la plata encima y me pienso tomar otra cerveza.
[M] Excusa perfecta para salir de este bodrio, pero dame media horita.
[L] 👌🏻
Suspiro. Guardo el celular en el bolsillo del jean y siento que me pica la nuca. Miro a mi alrededor, y efectivamente, me encuentro con los ojos de un morocho impresionante clavados en mí. En cuando se hace la conexión de miradas, levanta su vaso de cerveza y brinda al aire
—Por los desamores.
—¡Por los pollerudos que se van! —brindo al aire también. Él se ríe y le da un sorbo a su cerveza, y yo lo imito, no sin antes, hacerle una mueca con la cabeza para que comparta mesa conmigo.
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Trato Hecho
RomanceLara Cruz sólo quería estabilidad. Un trabajo, un ingreso fijo, algo que la dejara volver a respirar. Julián Salvatierra, en cambio, no puede permitirse errores. Ni distracciones. Mucho menos que lo desautoricen en medio de una entrevista. Un cruce...
