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Un año había pasado desde la gran batalla. El Culto de Diabolos, aquella amenaza que se extendió como una sombra sobre Midgar y más allá, había sido reducido a escombros. Su derrota trajo una era de paz, un silencio extraño para quienes se habían acostumbrado a la tensión de la guerra. La gente reía en las calles, los mercados prosperaban y los reinos respiraban tranquilos.

Y allí, en medio de todo, estaba Cid Kagenou, un joven de diecinueve años que, por primera vez, no tenía un plan maestro ni un enemigo oculto contra el cual conspirar.

Su apartamento en la capital era modesto pero cómodo: un espacio de un solo cuarto con una cama bien tendida, un escritorio lleno de papeles garabateados y una cocina pequeña donde apenas cocinaba. Pasaba las mañanas entrenando, las tardes leyendo o vagando por la ciudad y las noches durmiendo profundamente, algo que en los viejos días rara vez ocurría.

“Qué aburrido”, murmuró una mañana mientras desayunaba pan duro y café. No era el tipo de aburrimiento malo, sino esa sensación de vacío cuando todo parece demasiado tranquilo.

En teoría, había logrado lo que siempre quiso: vivir como una persona más, un mob entre la multitud, sin destacar. Pero había un problema. Ahora que no existía el Culto, no había más batallas secretas que librar, ni escenarios perfectos que representar. Era como si la función hubiese terminado y él se hubiera quedado en el escenario, mirando al público sin saber qué decir.

—Tal vez debería trabajar… —pensó en voz alta, recostado en la silla.

Lo más sencillo sería acudir a Gamma y pedir un puesto en Mitsugoshi. No era ningún secreto que, con su nombre, le abriría cualquier puerta de la compañía. Pero eso significaba aceptar responsabilidades, títulos, ganancias y fama. Cosas que, por naturaleza, rechazaba.

Aun así, no podía ignorar lo que sentía: un estancamiento extraño. Claire, su hermana, se había unido a los Caballeros Oscuros y rápidamente se estaba ganando fama. La gente la señalaba con respeto y orgullo, y aunque Cid no lo admitiera en voz alta, le molestaba un poco.

—¿Qué diablos estoy haciendo yo? —se rascó la cabeza con fastidio.

El joven salió a caminar. La capital estaba más viva que nunca. Los vendedores ofrecían frutas frescas y baratijas, los niños jugaban en las calles, los bardos cantaban sobre héroes que habían salvado al mundo. Lo gracioso era que, en muchas de esas canciones, el “héroe” tenía detalles que recordaban sospechosamente a Shadow. Cid sonrió de lado, aunque solo él sabía la verdad.

Se detuvo en una plaza donde un grupo de jóvenes entrenaba esgrima bajo la mirada de un instructor. Recordó cuando él mismo se entrenaba a escondidas, perfeccionando técnicas absurdas mientras fingía ser un simple mob. Ese chico ya no estaba allí. Ahora era un adulto, con más poder del que jamás había soñado, y sin una meta clara para usarlo.

Time skip;

La idea de un festival cercano lo sorprendió días después. Un vecino le comentó que en dos semanas se celebraría uno, lleno de puestos de comida, juegos y fuegos artificiales. No era su estilo participar en cosas llamativas, pero la curiosidad le picó. ¿Por qué no? Quizás ahí encontraría un poco de emoción en su rutinaria vida.

Esa tarde, de regreso en su apartamento, se tumbó en la cama y dejó que sus pensamientos fluyeran. ¿Qué haría de ahora en adelante? ¿Seguiría ocultándose tras la fachada de un mob? ¿O permitiría que el mundo lo reconociera por lo que realmente era?

Recordó a Claire, con su espada alzada, luchando con orgullo en nombre de Midgar. Recordó a Alexia, siempre ambiciosa. A Rose, que había tomado un camino propio. Y luego, inevitablemente, recordó a las sombras, aquellas que lo seguían sin importar qué, que habían jurado servirlo.

"Un bello pecado: Aurora, Elizabeth y yo"Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora