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Sin salida

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La luz cruda y fría del focos cegaba a George Russell, de 20 años, haciéndole parpadear las lágrimas que se negaba a derramar.  Estaba de pie, temblando, en el centro de un lujoso y opresivo salón, rodeado por las miradas hambrientas de docenas de Alfas adinerados y poderosos. Estaba completamente desnudo, como mandaban las reglas de la subasta de Omegas. El aire frío le erizaba la piel y sentía una vergüenza paralizante. Sabía que todos veían lo que él más quería ocultar: su juventud, su cuerpo esculpido por el deporte, y su virginidad, anunciada como el mayor trofeo.

"Lote 47," anunció la voz clara y fría del subastador. "Omega masculino, 20 años, virginidad verificada. Pureza y potencial de fertilidad excepcionales. ¡Que comiencen las ofertas!"

Las ofertas comenzaron a llover, una tras otra, cada número más obsceno que el anterior.George apretó los puños, mirando al vacío, deseando desaparecer. Los postores se volvieron locos, gritando cifras astronómicas por el derecho a poseerlo, a romperlo, a marcar su perfecto cuerpo Omega.

En el palco más exclusivo, Lewis Hamilton, de 23 años y heredero de la organización criminal más poderosa de Europa, observaba con creciente disgusto. Toger Wolff su  padre quería que comprara un Omega como "accesorio" de su nuevo estatus, pero a Lewis le revolvía el estómago el espectáculo. Su mirada se clavó en George. No vio un objeto, sino el terror puro en sus ojos, la desesperación silenciosa que retorcía su estómago. Algo en él se quebró.

"Un millón," dijo Lewis, su voz tranquila pero cargada de una autoridad que silenció la sala.

El subastador sonrió de oreja a oreja. "¡Vendido al Sr. Hamilton!"

George sintió que el mundo se desmoronaba. Hamilton. La mafia. Lo peor que podía pasar. Lo condujeron a un cuarto trasero, donde lo esperaron, aún desnudo y vulnerable, para que su nuevo dueño lo reclamara.

La puerta se abrió y entró Lewis. George contuvo el aliento, esperando lo peor. Pero en lugar de mirada lujuriosa, Lewis tenía los ojos llenos de una compasión inesperada. Sin decir una palabra, se quitó su propia chaqueta de diseño, de un suave cashmere negro, y con una ternura que desarmó por completo a George, la envolvió alrededor de sus hombros, tapando su desnudez y el tremendo frío que sentía.

"Vamos a salir de aquí," murmuró Lewis, su voz era suave pero firme. Su mano, grande y cálida, se posó en la espalda de George, guiándolo no como a una propiedad, sino como a alguien que necesitaba ser protegido.

George, aún conmocionado, se dejó guiar. La chaqueta olía a Lewis, a seguridad y a lujo. Miró de reojo al Alfa que lo había comprado. No era el monstruo que esperaba. Era un hombre joven, con una determinación feroz en la mirada, pero también con una bondad inesperada. Lewis no lo había comprado para aprovecharse; lo había comprado para salvarlo.

Subieron a un coche negro con vidrios polarizados. El silencio era denso, pero no incómodo. George se aferró a la chaqueta, por primera vez en esa noche horrible, sintió un atisbo de esperanza.

Lewis miró por la ventana, luego a George. "Nadie te va a hacer daño," dijo, y por primera vez, George creyó que podría ser cierto. Tal vez, en medio de la oscuridad, había encontrado un refugio inesperado. Y quizás, su Alfa había encontrado algo mucho más valioso que un simple Omega virgen: había encontrado a alguien por quien valiera la pena proteger.

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