Dina solo buscaba paz. Sanar, volver a creer en ella, en la vida... y sí, tal vez, en el amor. Lo último que imaginó fue que su camino se cruzaría con Chase, un músico que vivía entre giras, luces, escándalos y silencios que gritaban. Lo que comenz...
El ascensor se detuvo con un leve chirrido. Piso 10. Mi nuevo refugio.
Sostuve las llaves con fuerza, como si colgaran de ellas más que una cerradura, como si pudieran mantener lejos todo lo que venía arrastrando conmigo. Ya ni siquiera sabía cuántas veces había cambiado de dirección en los últimos meses. Siempre huyendo, siempre buscando un lugar donde empezar de cero, aunque fuera con miedo. Pero esta vez... esta vez no huía. Esta vez venía con alguien dentro.
El apartamento estaba frío, aún con el sol filtrándose por la ventana del fondo. Algunos muebles conservaban las sábanas con las que habían sido cubiertos para que no se llenaran de polvo.El aire olía a encierro y a pintura vieja. Pero también a posibilidad.
Me colgué la mochila al hombro y arrastré la maleta que llevaba conmigo. No había cuadros, ni cortinas, ni ruidos. Solo yo... Y ese leve movimiento dentro de mi vientre que me recordaba por qué estaba ahí.
No había decidido ser madre. No como muchas lo planean, con ilusión y listas de nombres. Yo había decidido sobrevivir. Y sobrevivir incluía proteger a quien no tenía culpa de nada.
Las paredes eran blancas. Demasiado blancas. Como si el pasado aún no se atreviera a mancharlas yo... yo era solo una sombra más moviéndose por el lugar. Había llegado hasta ese lugar por Susan, mi amiga y quien conocía toda mi historia. Es más ella había hecho los arreglos para que la renta fuera un precio menor.
Los días se movían pesados, más lentos de lo normal. Aquel departamento, poco a poco, iba tomando un poco más de forma. Una plantita por acá, otra por allá. Un cojín nuevo. Un nuevo color de paredes, una taza de café sobre la barra como prueba de que alguien vivía ahí.
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Empecé a organizar pequeños rituales: encender una vela por las tardes, escuchar un podcast a media mañana. Dejar que Imagine Dragons llenara el ambiente mientras trabajaba. Amaba a ese grupo podía llorar o bailar con su música. Empecé a dejar la ventana un poco abierta, solo para escuchar el sonido del mundo, aunque yo no quisiera formar parte de él.
Pero aun así, seguía sintiéndose vacío. Como si el alma del lugar no hubiera llegado todavía conmigo.
Esa tarde regresé a casa y empujé la puerta con el hombro, cargando dos bolsas del supermercado en una mano y el miedo del pasado en la otra. Dejé las bolsas en la barra de la cocina. Me quité los zapatos, me senté en el sofá y cerré los ojos por un instante, tratando de recordar cómo se sentía estar en paz.
No lo logré.
La paz es esquiva cuando has aprendido a dormir con sobresaltos. Cuando tus manos recuerdan más el escape que el abrazo y cuando tu cuerpo todavía no entiende que el peligro ya no está ahí.
Afuera, una puerta se cerró con suavidad. La del fondo.
Era el vecino.
Lo había visto una vez en el ascensor: gorra negra, auriculares al cuello, barba de tres días y un perfume caro que me llegó antes que él. Solo habíamos cruzado un "buenas tardes". No sabía su nombre. Tampoco quería saberlo.
Las historias nuevas daban miedo cuando todavía estás remendando las cicatrices de las anteriores.
Me levanté, fui al cuarto y acaricié mi vientre con una mano.
—Todo va a estar bien, mi amor —susurré.
Mentí un poco. O tal vez no. Tal vez, por primera vez en meses, lo decía en voz alta porque quería empezar a creerlo.
Encendí la lámpara de noche. Afuera, la ciudad seguía su ruido, pero aquí todo era silencio. Ese tipo de silencio que no se escucha, pero se siente, que te abraza, pero también te aísla. Ese silencio que te deja sola contigo misma, y que a veces, duele más que el ruido. Aunque las paredes eran nuevas y las ventanas se mantenían cerradas, yo... Yo sabía que aún llevaba las heridas abiertas.
Algunos días después, el ascensor volvió a abrirse en el décimo piso justo cuando yo salía del apartamento.
Lo vi de nuevo.
Gorra negra. Auriculares al cuello, gafas de sol, aunque el cielo estaba nublado. Un olor a madera y cítricos se coló entre el aire del pasillo. Reconocible. Elegante. Lo mismo que la primera vez.
—Buenas tardes —dijo, quitándose uno de los audífonos.
—Buenas —respondí con una sonrisa breve.
Eso fue todo.
Pero esta vez, sus ojos sí buscaron los míos y, por un segundo —solo uno—, le sostuve la mirada. No había morbo, no había juicio, solo una mirada sincera como si intentara leerme sin obligarme a contar nada.
Esa noche salí al supermercado por unas cosas que había olvidado. Al regresar, noté que su puerta estaba entreabierta. Una canción suave salía desde adentro, guitarra, voz rasgada.
No era la radio. Era él.
Había algo en esa melodía que me resultaba extrañamente familiar no por haberla escuchado antes, sino por cómo se sentía. Como cuando llueve despacio y uno no se da cuenta de que se está mojando.
—Así que es músico.
No me sorprendí. Tenía ese aire de los que sienten más de lo que dicen de los que a veces se esconden detrás del arte para no enfrentar lo que duele en la vida real, como yo, solo que sin melodías.
Algunas noches abría mi ventana y dejaba que las notas de su guitarra se colaran en mi departamento. Sentarme en el borde, escuchar ese leve sonido, hacía que me sintiera menos sola... un poco más en paz. Era como si él tocara para sí mismo, sin saber que alguien más lo necesitaba. Sin saber que su música me sostenía cuando ni yo sabía cómo hacerlo.
La soledad pesaba más cuando él estaba fuera por días o semanas, pero esa noche, lo escuché caminar por el pasillo, pisadas firmes, lentas. Me asomé por la mirilla de la puerta llevaba una mochila al hombro, una gorra diferente y una bolsa blanca en la otra mano, comida para llevar.
Cuando llegó a su puerta, se detuvo. Por un momento giró la cabeza, como si supiera o sintiera que lo observaba pero no hizo nada solo entró y por alguna razón, ese gesto mínimo me hizo sentir algo que no había sentido en semanas:
Curiosidad.
Y si algo he aprendido, es que cuando la curiosidad vuelve...Tal vez también lo hace la vida.