Querido espectador,
¿Qué harías si descubrieras que tus mejores recuerdos fueron escritos por otra persona?
Este es un lugar donde las estrellas mueren de nostalgia y los finales felices se compran a plazos. Las reglas son simples: olvida que estás...
El murmullo se deslizó por el vacío como si alguien hubiera hablado desde muy, muy lejos. La voz no rompió el silencio: lo acarició, como si estuviera escribiendo sobre él.
La nada blanca respondió con un pulso leve. Apenas un suspiro de movimiento.
En medio de ese vacío, una figura solitaria observaba. Sólo una silueta erguida, de orejas largas y gesto sereno. Sus ojos, apenas visibles, destellaban con una luz cálida y vigilante. Miraba hacia adelante, no a un punto fijo, sino a algo que no estaba del todo allí.
Entonces, la voz volvió a hablar. Suave. Serena. Inasible. Una voz que venía de todos lados y al mismo tiempo, de ninguno, pero que parecía conocerlo todo.
—¿Estás listo?
El otro no respondió de inmediato. Sus manos, enguantadas, se alzaron con delicadeza frente a su pecho, como si buscara algo entre lo invisible.
—Entonces... ¿estarán seguros ahí? —preguntó al fin, con una voz baja, cuidadosamente contenida.
—Todo está listo —susurró la voz—. Solo necesitan tiempo. Y una historia.
El silencio volvió, como si el mundo contuviera el aliento.
Una luz parpadeó en la palma abierta de la figura: una chispa, apenas un punto suspendido entre sus dedos. Se expandió despacio, dibujando una pequeña estrella. Era blanca, con un brillo azulado que parecía latir con su propio ritmo. No iluminaba el espacio. Solo a él.
Observó la estrella en su mano como si la reconociera. O como si acabara de recordarla.
—Una historia, entonces...
Y con ese murmullo, la estrella flotó hacia arriba, dejando un trazo azul sobre el blanco sin fin.
El lienzo comenzaba a pintarse.
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