Epílogo

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— ¿Hyde?

Sigo estando en shock después de verlo con mis propios ojos.

No puedo mirar a otro lado que no fuera ese aparato.

La puerta de roble es lo único que nos separa a Pietro y a mi. Él está frenéticamente golpe y golpea la puerta, queriendo saber qué es lo que ocurre.

Cierro los párpados con fuerza, increíblemente mareada. Escucho unos susurros del exterior, al parecer es Wanda.

Decido dejar de estar sentada en el piso del cuarto de baño y me armo de valor para abrir la puerta.

Al hacerlo, los ojos desesperado de él buscan una respuesta rápida en los míos.

Cuando sonrío, de inmediato siento unas cuantas lágrimas descender por mi rostro, y sentí como el suspiro que dejé salir estaba cargado de emoción.

Bajé la mirada a mis manos, y después la alcé con éstas mismas, enseñando el aparato.

Puedo ver como Pietro se confunde, no entiende absolutamente nada.

— ¡Por fin! —exclama Wanda dejando a lado nuestra nememistad y me estrecha entre sus brazos mientras chilla.

— ¡Dios santo! Un feto está creciendo en tu útero —exclama sorprendido Jude mirándome con cariño. Reí mientras le daba un puñetazo en el brazo y después me abrazó.

Todos notamos como fue la reacción de Pietro. Miraba a la nada y no se había movido de su lugar.

Las felicitaciones me agradaron. De hecho, todos sonreían por eso. Nunca creí que esto sería tan importante.

Incluso los hermanos nórdicos me abrazaron al mismo tiempo.

Bueno, al final, nunca ves venir las cosas.

Pietro terminó inconsciente y despertó frustrado.

— Dime que sí estás...

Lo callé con un beso inesperado cuando despertó en una sala de recuperación en el Centro.

Me impresiona que, siendo yo, sus labios no me hayan aburrido. Digo, besarlo no me era igual al besarlo otro día. Me refiero a que, cada día es diferente, no es siempre él. Y eso me encanta.

Además, después de regresar de Asgard, mis ojos se abrían más y más.

La modestidad no va conmigo y lo supe desde el día en que construí mi primer circuito y siempre me autoregalo el protagonismo en todo. Pero ahora, dejando a un lado mi egocentrismo, empezaba a ser más... más considerada.

Y hablando sobre el pequeño cambio que padecí hace un tiempo, Pietro me encantaba cada vez más y más. Nunca le había prestado atención a su exquisito acento ruso hasta que me lo vi por primera vez enojado. Tampoco había supuesto que su cabello plateado fuera como si tuvieras la seda más cara del mundo. Y su aspecto físico, aunque suene simplemente mundano, estaba perfectamente trabajado.

Puede que no haya experimentado el mundo como había dicho. Tal vez no estuve con más chicos pero estar a lado de él, con un anillo y un fruto creciendo en mis entrañas que desarrollará y se convertirá en un bebé a los nueve meses, es suficiente para saber que seremos felices.

No cabe duda.

— Espera, yo quiero ponerle Bruce —dijo de repente Pietro mientras entrábamos a nuestra mansión en Malibú.

La casa junto al risco que había sido destruida hace tiempo se volvió a rehacer y, bueno, decidimos vivir ahí.

— ¿Bruce? —pregunté seria.

— ¿Qué?

— Ay, ¿por qué no mejor le ponemos Norberto?

Él hizo una mueca de desaprobación sumamente infantil.

— Mejor... Mejor lo decidimos después.

— Exacto, como cuando sepamos qué será.

— Hey, yo sé que será un gran niño.

— ¿Y por qué estás tan seguro, genio? —le pregunté divertida mientras abrazaba su abdomen.

— Porque trabajé muy duro esas noches.

Su respuesta me hizo carcajear, hasta abrazar mi torso por las fuerzas al reír.

— Ya... —dije apenas tratando de tranquilizarme— Ay, Pietro. Te amo.

Él me miró divertido, después, con una dulzura que hizo que mis vellos se erizaran.

— Y yo a ti....... Por cierto, espero que no te pongas melodramática después de tres meses.

— ¿Qué? ¿Cómo que melodramática?

— Ya sabes "¿Por qué no me haces caso? ¿Porqué me gritas? ¡Contestame! " —respondió fingiendo voz de mujer. Enarqué una ceja, quitando la diversión de mi rostro— Ya perdón. Es inevitable no jugar con eso.

— Eres un tonto.

— Pero soy tu tonto.

Rodé los ojos.

— Ay lo siento señora Maximoff, olvidé que odias los cliché.

— Sí, y por eso mismo no le pondremos a nuestro hijo "Bruce".

Noté como su sonrisa se hizo más ancha y radiante.

— ¿Qué?

— Es que me encanta cuando dices “nuestro”.

Más que una StarkDonde viven las historias. Descúbrelo ahora