"¿Qué haría sin ti?"

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Hay cosas que uno escucha y no olvida nunca. Palabras que se te quedan grabadas como si alguien te tatuara con fuego. Eso fue lo que sentí el día que ella se abrió en terapia y habló de aquella etapa.

"Tuve pensamientos suicidas", dijo.

A mí se me detuvo el corazón. Me quedé quieto, respirando apenas. No por juzgarla, nunca podría. Sino porque el simple hecho de imaginar su dolor, ese abismo donde la oscuridad la envolvía, me rompía.

Me la imaginé sola, deshecha, en ese enero que describía. Encerrada, con esa mirada perdida y cansada. Con la voz apenas viva. Pensando... pensando en irse.

Y yo sin conocerla aún.
Yo... sin tener ni idea de que, en ese mismo mundo, ella existía. Que mientras yo vivía mis días, sin saberlo, la mujer que se convertiría en mi todo estaba en guerra con sus sombras.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo mientras la escuchaba respirar suavemente a mi lado. Quise protegerla incluso de sus recuerdos. Quise viajar atrás y abrazarla justo antes de que pensara en saltar. Decirle: "No lo hagas... tú no sabes aún lo hermosa que será tu historia."

Cerré los ojos, intentando descansar...
Pero las pesadillas me alcanzaron.

La vi.
La vi dentro de un ataúd.
Sus amigas lloraban desconsoladas, su madre... su madre apenas se sostenía y yo la abrazaba sin saber cómo consolarla, porque yo tampoco podía. Me acerqué al ataúd con miedo y con amor. Tenía una rosa entre sus manos, y parecía que solo dormía, pero no lo hacía.

"¿Nena qué haré sin ti?" —le susurraba, con la garganta hecha trizas.

Desperté de golpe. El pecho me dolía como si el corazón estuviera estrujado entre dos manos invisibles. Sudaba. Jadeaba.

Toqué su lado de la cama.
Vacío.

Mi cuerpo entero se congeló.
"¿No... no fue un sueño?", pensé.
La desesperación se apoderó de mí. Me levanté con torpeza, recorrí el pasillo, el salón. Todo tenía ese aroma a ella... lavanda, sándalo, flores frescas. Barcelona amanecía con esa calma mediterránea, pero mi mundo estaba en caos.

—¡¿Nena?! —grité, con la voz entrecortada—. ¿¡Nena!?

Mi visión se nublaba por las lágrimas. Me faltaba el aire. El reloj marcaba las 7:02 de la mañana y el sol comenzaba a colarse por las cortinas blancas del comedor.

Y entonces la vi.

Ella, con su cabello atado de forma descuidada, vestida con esa camiseta mía que le encantaba, entrando con una bolsa de papel y una sonrisa suave. Tarareaba algo.

Mi cuerpo se movió antes de pensarlo.
Corrí hacia ella. La abracé tan fuerte que se me escapó un sollozo. La olí, la toqué, le acaricié la espalda como si necesitara confirmar que estaba aquí, de verdad.

—¿Dónde estabas...? Soñé algo horrible. No puedes desaparecer así —le dije, quebrado.

Ella me miró con ternura, dejando la bolsa en la mesa.
Sus dedos recorrieron mis mejillas mojadas.

—Mi amor... fui a comprar el pan. ¿Estás bien?

—Creí... creí que te había perdido.

—No, mi vida. Estoy aquí. No me iré —susurró, abrazándome de nuevo—. Ya no más noches oscuras.

Y me quedé ahí, escondido entre sus brazos, pensando en todo lo que habría perdido si aquella noche de enero ella hubiera tomado otra decisión.
Le di las gracias a Dios, en silencio.
Por haberla sostenido en su peor momento.
Por haberme permitido amarla.

Ella no lo sabe aún, pero esa mañana comprendí que, aunque ya lo sospechaba...
yo no podría vivir en un mundo sin ella.

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