𖹭 única parte 𖹭

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En la amplia y alta casa de muñecas merodeaban una muñeca descuidada, arrasada por rotuladores y tijeras que habían desechado la mitad de su cabello. En la otra pequeña mano se sostenía un caballo de juguete, que parloteaba como un humano, con una voz estilizada para encajar con la personalidad que su portadora le asignaba.

Esa casa de muñecas no era tan vibrante como otras. Su padre se la había comprado por su cumpleaños y, si bien le encantaba, el ruido de colores vibrantes la fastidiaba, por lo que pidió customizarla a su gusto. Al inicio, su padre no estuvo tan feliz con la idea, pero conocía a su hija lo suficiente como para saber qué colores elegir. Reconocía que no era una gran fanática de lo colorido, estaba atraída por todo lo que fuera opaco y oscuro. Así que, entre tonos de negro, gris y una paleta de violetas, la pintó al gusto de la niña. Pasó de ser una casa de ensueño a una de pesadillas, semejante a una mansión embrujada. Pero a su niña le gustaba, jugaba todos los días con ella, amaba cada detalle y solía quedarse todo el día en su habitación, a veces solo para observarla. Porque Loona amaba cada juguete y cosa que su padre le compraba y le obsequiaba. Él la conocía muy bien.

Ese día se sentía como cualquier otro en su vida común y corriente. Habían iniciado las vacaciones de verano y no había mucho que una niña pudiera hacer cuando se es tan pequeña, más que jugar y revolotear por ahí. La rutina (por ahora) de su nueva vida en vacaciones consistía en levantarse, desayunar, ver caricaturas, almorzar y jugar toda la tarde hasta que llegara la noche, claro, si ningún plan se interponía. Así que yacía sentada frente a su casita de muñecas única, tranquila, confiada en que nada interrumpiría su paz.

—¡Pero señor Gigles! ¡Usted no puede hacerme eso! —expresaba, imitando un tono agudo, moviendo su muñeca demacrada—. ¡Ja! ¡Por supuesto que puedo hacerlo, tonta! ¡Porque soy un caballo y hago lo que quiero! —aplicó un tono más grave en su voz para su jinete de juguete—. ¡Y mi fiel compañera Betty está para ayudarme! —tomó en sus manos la otra muñeca, moviéndola junto al caballo.
—Hey, Loony... ¿Te estás divirtiendo? —La voz de su padre apareció a través del cuarto, interrumpiéndola. Loona se detuvo. Él se encontraba en traje, y se agachó para estar a su altura y acariciar su melena, sonriente.
—¡Sí! ¡Me encanta la casa de muñecas! —Sonrió, asintiendo repetidas veces—. ¿Quieres jugar conmigo, papá? —Le tendió el juguete de caballo.
—Nena, me encantaría, pero no podré hacerlo ahora —negó—. Hoy te quedarás con la niñera.
—¡Ow! ¿Por qué? ¡Y me avisas ahora!
—Papi va a salir a una cita. Con una persona bastante especial, que me gustaría que conozcas —sonrió, desordenando los cabellos de la lobita.
—¿Por qué? ¿Y quién?

Observó a su padre levantarse del suelo, mirando hacia la puerta que daba al pasillo. En una señal de cabeza que Loona no entendió, un búho se asomó desde el pasillo con una dulce sonrisa. Sus ojos rojos la encandilaban, aunque creía que eran bonitos, saltones pero bonitos. Sus plumas no se contrastaban entre ellas, eran de tonos más tristes que un día de lluvia. A pesar de sus grises, irradiaba mucha alegría en su rostro, casi como si un rayo de sol estuviera cruzando por su cara. Parpadeó, mirándolo de arriba a abajo, analizándolo con su mirada, como si fuera toda una crítica. No se veía como una amenaza, pero se preguntó quién era esa persona y por qué tenía que arrebatar el tiempo de ella y su padre. El individuo, con confianza, se agachó a la altura de la pequeña, sonriendo dulcemente.

—¡Hola, linda! ¿Eres Loona, cierto? —preguntó como si no lo supiera, aunque claro, Loona pensó que preguntaba con honestidad porque no lo sabía. La loba asintió—. Oh, Loona, qué nombre tan lindo. Mi nombre es Stolas. Tu padre me contó muchas cosas tan bonitas sobre ti.

Loona observaba al individuo curiosamente, mientras sentía la mano de este desordenar su melena por unos segundos. Eso la hizo fruncir el ceño, molesta, porque no le gustaba que alguien que no fuera su papá revolviera de esa forma su melena, que tanto costaba peinar y evitar que se infle.

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