—El cuerpo también recuerda—
El sonido del cuero golpeando contra el saco de arena resonaba como un tambor en el gimnasio. Cada impacto tenía un ritmo, un propósito, una furia contenida. Kang Seulgi respiraba con el control de quien lleva años entrenando su cuerpo como si fuera una máquina. Sudaba, jadeaba, apretaba los dientes, pero no se detenía.
—Eso es. No bajes el ritmo —ordenó Wendy Son su entrenadora desde el costado, con una mano cruzada sobre el pecho y otra sosteniendo el cronómetro—. ¡Último minuto!.
El gimnasio, ubicado en el centro deportivo de Mapo-gu, olía a desinfectante mezclado con el sudor de años. Los pósters amarillentos de campeones pasados decoraban las paredes. El ring principal estaba elevado en el centro, con tres sacos distribuidos a su alrededor. A esa hora de la tarde, ya casi no quedaba gente. Solo el golpeteo seco, constante, fuerte.
Seulgi terminó la serie con un gancho de izquierda tan violento que el saco osciló hacia atrás como si hubiera sido empujado por un golpe de suerte. Se inclinó, con las manos en las rodillas. Sus abdominales marcados brillaban bajo el top oscuro empapado. El vendaje en sus nudillos estaba sucio, pero firme.
—Estás tensa. Quieres romper el saco, no entrenar. ¿Qué te pasa? —preguntó Wendy, acercándose con una botella de agua.
—Nada. Solo quiero ganar. Y rápido.
Wendy la miró en silencio por unos segundos. La conocía demasiado bien como para creerle.
—Ya lo sabes, Seul. Esto no se trata solo de fuerza. Tu control es lo que te lleva al ring, no tu rabia.
Seulgi bebió, sin contestar.
—Tu próxima pelea es la más importante de tu carrera hasta ahora. Y no vas a ganar si te dejas llevar por el impulso.
Wendy tenía razón. Pero lo que Seulgi no se atrevía a decir en voz alta es que, desde hacía dos semanas, no podía sacarse un nombre de la cabeza: Bae Joohyun. La boxeadora sensación del momento, la nueva estrella de la categoría, el nombre que ahora salía en todas las entrevistas, y que el comité había confirmado como su próxima oponente.
Y no entendía por qué ese nombre le resultaba tan... incómodo.
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Mientras tanto, en otra parte de Seúl
El gimnasio privado donde entrenaba Joohyun era un espacio mucho más minimalista. Techos altos, ventanales, y silencio. Solo el sonido de la cuerda saltando cortaba el aire. Choi Minho, su entrenador, la observaba sin hablar. Le gustaba verla concentrada. Contaba mentalmente los segundos mientras ella giraba la cuerda con una precisión casi quirúrgica.
—Perfecto. Paramos —dijo cuando el cronómetro llegó a 00:00—. Diez minutos de sombra, luego pasamos al ring.
Joohyun dejó la cuerda en el suelo y sacudió el cabello de su rostro. Estaba impecable. Ni una gota de sudor le quitaba la expresión de calma. Pero Minho sabía que, por dentro, Joohyun era puro cálculo. Pura estrategia.
—¿Sabes quién es tu oponente esta vez, no?
—Kang Seulgi —respondió sin titubear.
—Dicen que es rápida, agresiva, impredecible. Que tiene una técnica sucia pero efectiva. ¿Qué piensas?
Joohyun se tomó su tiempo antes de responder. Estiró los brazos, cerró los ojos por un segundo. Luego murmuró:
—No me preocupa.
—¿Te suena familiar su nombre?
Joohyun lo miró. Sus ojos, oscuros como una noche sin luna, parecieron perderse por un instante.
—Sí. Pero no sé por qué.
Minho la observó de lado, sin presionarla. Siempre había sospechado que Joohyun tenía un pasado más complejo de lo que mostraba. Esa frialdad no era natural. Era aprendida. Y cada vez que algo la tocaba más de lo debido, ella lo disfrazaba de indiferencia.
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Horas después, ya en su departamento, Seulgi revisaba el móvil mientras se estiraba en el suelo. Un mensaje nuevo de su madre apareció en la pantalla.
> Mamá:
“¿Te acuerdas de Bae Joohyun? La niña que vivió con nosotras cuando eras pequeña. Hermosa está ahora. Va a pelear contra ti, qué emoción. El mundo es un pañuelo.”
Seulgi se quedó congelada.
¿Qué?
Leyó el mensaje otra vez. El nombre retumbó con más fuerza que un derechazo mal dado.
—¿Joohyun...? ¿Esa Joohyun? —susurró, con un cosquilleo recorriéndole la nuca.
Sus recuerdos eran borrosos. Una niña seria. Cabello negro como tinta. Mirada triste. Siempre llevaba un libro. Y un día, simplemente se fue. ¿Esa era ahora la mujer que le sacaba el aliento en entrevistas por su presencia imponente?
El mundo era cruel con sus casualidades.
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Una periodista hablaba en pantalla mientras pasaban imágenes de Joohyun golpeando el saco con una precisión espectacular.
—Bae Joohyun, la boxeadora más técnica de los últimos años, enfrentará en tres semanas a Kang Seulgi, conocida por su fuerza bruta y su estilo agresivo. El duelo promete no solo espectáculo, sino historia.
—Ambas están en la cima. Ambas con sed de victoria. Y, según rumores, con una historia personal que aún nadie ha contado...
Seulgi apagó la televisión.
Su estómago se apretó. Sus manos, de nuevo, cerradas en puños. No era solo una pelea.
Era un reencuentro que podía romperla.
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Seulgi sube al ring sola, ya de noche, con el gimnasio vacío. Salta la cuerda con violencia. Piensa en esa niña que vivió con ella. En su madre llamándola “hermosa”.
Y en la imagen de Joohyun, seria, profesional, segura.
—No voy a perder. No esta vez.
Su voz retumba en la oscuridad.
Golpea el saco. Una, dos, tres veces.
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Hasta el último round
ActionEn el circuito profesional del boxeo, Kang Seulgi y Bae Joohyun son las dos promesas más potentes del momento. Jóvenes, letales y determinadas. Lo que el público no sabe es que la historia entre ellas empezó mucho antes del cuadrilátero: una infanci...
