La tormenta parecía una constante, como si la isla misma la hubiera elegido para adornar su existencia. Desde la orilla, el cielo se extendía en un abrazo infinito, cubierto por nubes grises que caían en espiral, como si el viento mismo las hubiera tejido con hilos invisibles. Y sin embargo, como siempre, antes del amanecer, el cielo se despejaba, revelando un mar en calma, una isla que respiraba tranquila, protegida por la furia de dos dragones.
Sobre el horizonte, los dragones alfa comenzaban su danza diaria. Thalor, el dragón de trueno, surcaba las nubes con alas vastas y pesadas, su rugido retumbando en la distancia como un eco de la misma tormenta que había despejado. Zeia, su compañera, cruzaba el cielo con la ligereza de un viento plateado, su cuerpo casi invisible en la claridad del amanecer. Juntos, tejían un ritmo antiguo que el mundo parecía reconocer, marcando el comienzo de un nuevo día.
El sol, a través de las rendijas del cielo despejado, bañaba la isla con un brillo dorado. Los acantilados se alzaban orgullosos hacia el cielo, mientras los bosques se extendían a lo lejos, como un manto verde que rodeaba la isla, viva, protegida por los dragones y su tormenta. Aquí, las olas golpeaban suavemente la orilla, y el viento, aliviado por la danza de los alfas, acariciaba las casas construidas sobre las terrazas rocosas.
Desde lo alto, Naeryn observaba la escena con una calma profunda. Su cabello, oscuro como la sombra del mar, se agitaba con la brisa, mientras se acomodaba sobre su dragón. Lumi, su Furia Luminosa, batió sus alas con fuerza, alzándose del suelo como un destello plateado en medio de la luz naciente. Sus ojos, resplandecientes de un azul etéreo, se dirigieron a Kaela, como si la joven jinete fuera su extensión, su compañera en un vuelo que era tan natural como el latido de su propio corazón.
Las dos compartían el aire, el espacio y la libertad de los cielos. Lumi, con sus alas casi translúcidas, se movía con una gracia que solo los dragones elegidos poseían. Cada vuelo era una danza, una coreografía precisa y sin esfuerzo. El mar, los árboles, las montañas: todo era un telón de fondo a su ritmo, a su libertad.
Naeryn no podía imaginar un mundo sin esa conexión. Sin los vientos que sus dragones alzaban. Sin las tormentas que, desde el primer momento de su vida, la habían rodeado. Desde pequeña, había sido entrenada para ser una jinete. Para entender las señales del viento, para escuchar las órdenes calladas de los dragones, para volar en armonía con ellos.
A medida que ascendían, cruzando el borde de las nubes, Naeryn y Lumi se unieron a un grupo de dragones que patrullaban la isla. Algunos dragones de agua se elevaron suavemente desde los lagos cercanos, sus escamas brillando a la luz del sol. Las criaturas de fuego batieron sus alas, una danza sincronizada en la que todos, humanos y dragones, formaban parte.
La vida en la isla no era una vida de guerra, ni de lucha. Era una existencia de paz, de entendimiento. La gente hablaba con los dragones. Los dragones cuidaban a la gente. Se alimentaban de las mismas cosechas, se ayudaban a pescar, incluso compartían en el descanso del día. Y así, los humanos y los dragones vivían, uno al lado del otro, en una armonía antigua como el propio mar.
Naeryn aterrizó suavemente en una de las terrazas del pueblo, donde los niños ya jugaban, algunos con dragones bebés, otros con los jóvenes que entrenaban bajo la mirada atenta de los adultos. Se acercó a una pequeña criatura de alas iridiscentes y sonrió al ver cómo se acercaba a ella, buscando la protección de su jinete.
"Todo está en orden", pensó Naeryn mientras caminaba por el pueblo, saludando a sus vecinos. La vida seguía su curso, sin cambios, sin prisas. Era un mundo donde los dragones danzaban en el cielo y los humanos respiraban tranquilos bajo su protección.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Naeryn se sentó junto a Lumi, mirando las estrellas en el cielo despejado. La tormenta ya se había alejado hacia el horizonte, y los dragones alfas regresaban a su círculo. Thalor y Zeia descendían suavemente entre las nubes, sus alas desplegadas, cubriendo el cielo como un manto.
"Aquí, donde los dragones danzan," murmuró Naeryn, "el mundo no tiene filo. Solo viento, alas y memoria."
Y mientras la isla se sumía en el silencio de la noche, Kaela no podía imaginar que algo en el mundo, más allá de su hogar, comenzaba a despertar.
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Crónica De Dragones - Isla Trueno
FanfictionDonde los dragones bailan, la paz florece. Donde los vikingos guerrean, la sangre arde. Naeryn, hija de ambas verdades, se ve atrapada entre la furia del mar y el rugido de un dragón. Sin memoria, en tierra hostil y con un lazo invisible que la llam...
