La arena estaba cubierta de sangre. El sol del averno caía a plomo sobre el coliseo, haciendo brillar el bronce de los cascos y las lanzas. Entre los escombros del combate, un solo hombre permanecía en pie: Alastor. Su torso, apenas cubierto por correas de cuero oscuro, resplandecía de sudor y sangre ajena. Respiraba con fuerza, con el pecho inflado y la mandíbula apretada, mientras el cuerpo de su último rival yacía sin vida a sus pies.
El rugido del público era ensordecedor. Nobles, esclavos, demonios de toda clase coreaban su nombre como un canto de guerra. Pero Alastor no los escuchaba.
Sus ojos carmesí se alzaron, buscando solo uno entre miles.
Allí, en lo alto, sobre el trono de mármol rojo, Lucifer, el emperador de Roma, lo observaba. Vestía su toga imperial de tonos rojizos y dorados, con la corona brillando bajo la luz de los fuegos. Su postura era serena, altiva, como si la violencia no lo tocara. Pero sus ojos dorado intenso con iris rojos se clavaron en Alastor con intensidad casi íntima.
Y entonces, Lucifer asintió.
Fue un gesto mínimo, imperceptible para muchos. Pero para Alastor fue más que un premio o una ovación. Fue aprobación. Fue deseo. Fue pertenencia.
En ese instante, todos los gritos, el polvo, la sangre... se desvanecieron.
El guerrero sonrió, apenas. Su alma, rota por la guerra, se apaciguó con una sola mirada del rey.
Horas más tarde, el sol se había puesto tras las columnas del palacio.
La noche romana se había teñido de rojo oscuro, como si el cielo aún celebrara la sangre derramada en la arena. Las antorchas iluminaban los pasillos de mármol, reflejándose en estatuas y tapices dorados.
Alastor caminaba en silencio. Sus pasos eran firmes, seguros, con el eco resonando en los muros del palacio. Iba limpio, aunque aún llevaba parte de su armadura de gladiador, como si aún no hubiera soltado el peso de la batalla. En su cintura, colgaba una daga ceremonial. Su cabello rojizo, con puntas negras, estaba aún recogido, salvo por una delicada trenza que colgaba detrás de su oreja, una trenza que Lucifer le había hecho una noche que no olvidaba.
Llegó frente a la gran puerta de la cámara imperial. Golpeó dos veces con los nudillos. Nadie respondió.
Entró.
Lucifer estaba solo, sentado en una silla de oro con respaldo tallado en forma de alas caídas. Frente a él, un gran espejo reflejaba su figura. El emperador se peinaba con delicadeza, alzando su melena dorada. Llevaba puesta una túnica ligera, bordada con hilos escarlata, dejando al descubierto uno de sus hombros delgados y pálidos.
Alastor no dijo nada. Se acercó en silencio y puso una mano sobre su hombro.
Lucifer alzó la vista en el espejo. No se sobresaltó. Reconocería ese toque entre mil. Se giró lentamente, y al ver a su amante, su gesto se suavizó.
—Has peleado bien —murmuró el rey, con voz baja pero firme—. Como siempre.
Alastor no respondió de inmediato. En cambio, deslizó lentamente su mano por el hombro del rey, hasta acariciarle la espalda con los dedos, trazando líneas invisibles sobre su piel. Lo hacía con una mezcla de devoción y hambre, como si cada caricia fuera una palabra no dicha.
Lucifer cerró los ojos. Sus labios se separaron levemente al sentir el tacto. No se resistía. Se abandonaba. Porque Alastor era su escape. Su único refugio del trono, de los deberes, de la corona que ya no podía quitarse.
El rey se levantó. Lento, con la elegancia de un dios cansado. Ahora estaban de frente, mirándose sin decir una palabra.
Alastor rodeó su cintura con ambas manos. Lo atrajo hacia sí, con suavidad pero sin dudar. Sus rostros se acercaron. Su aliento se mezcló.
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Hazbin Roma
RandomEl rey de Roma, Lucifer Morningstar. Un rey amado por muchos y temido por otros. Él tiene un oscuro secreto. Tiene un amante, y ese es Alastor, su mejor gladiador. Aunque los dos no tengan las mejores intenciones en la relación, aprenderán a amarse...
