El dolor agudo en todo mi cuerpo era, de cierta forma, reconfortante. Pequeños copos de nieve caían alrededor de mí, mientras yacía en un jardín lleno de hermosas flores blancas, manchadas con mi propia sangre.
Pero alguien más jadeaba a mi lado. ¿Quién era? ¿Y por qué estaba allí?
Esa persona intentaba acercarse a mí; su mano temblaba. Sin embargo, por alguna razón, no quería girarme para verlo. No lo conocía. Entonces, ¿por qué estaba llorando? ¿Por qué mi cuerpo se movía instintivamente hacia él?
Sus labios escupían sangre y su mano estaba igual de manchada. Podía ver cómo sus dedos estaban rotos, y cómo se arrastraba hacia mí. ¿Por qué lo hacía?
Mis labios temblaban, intentando hablar. Deseaba saber quién era. Iba a morir, y ni siquiera comprendía qué estaba sucediendo.
En ese momento, mis oídos, que palpitaban, escucharon una voz suave, temblorosa, cargada de desesperación radiante.
—Ya casi... aguanta, ya casi llegan... por favor.
Inconsciente, sonreí. Las luces de la ciudad eran hermosas, y el edificio a mi lado era aún más bello. Sus luces, tan sombrías, calmaban mi corazón, que se llenaba de un dolor ahogado. No podía mover el cuerpo; ahora solo sentía el dolor intenso en mi cabeza, como si el mundo entero girara a mi alrededor. Como si ya nada valiera la pena. Incluso ese edificio, tan espeluznante y vacío, me hacía sentir pleno.
Por fin sentía paz, en medio del doloroso silencio. La luna presenciaba mi calma inquebrantable, y yo solo sentía la calidez de mi propia sangre resbalando por mi cuerpo.
—Nunca pensé que morir se sintiera así —sonreí al ver las pequeñas nubes que tapaban el cielo estrellado.
La persona que jadeaba y se arrastraba al principio se acercó lo suficiente. Cuando mis ojos se posaron en él, sentí un atisbo de asombro. ¿Por qué era él?
Uno de sus brazos estaba roto, pero no le importó. Con dificultad, intentó poner mi cabeza en su regazo, mientras lágrimas incontrolables brotaban de sus ojos.
Yo iba a morir…
Entonces, ¿por qué al verlo, mi corazón se sentía más pesado y dolido? ¿Por qué me dolía más?
¿Quién era?
¿Quién soy?
¿Cómo acabé así?
Mis ojos se sentían cansados. Me sentía más pesado, mi cuerpo se hundía en la suavidad del suyo.
—Tengo frío —inhalé con dificultad; mi pecho se sentía oprimido.
Solo en ese momento tan extraño, y en medio del olor a hierro que nos inundaba a ambos, percibí un olor distinto. No era el de las flores, ni el de la tierra o la nieve.
Era un aroma familiar, como si mi cuerpo, ajeno a mí mismo, lo recordara. Algo vívido, dulce... ¿Qué era?
Ah... sí. Ese día.
Una primera cita. Un pequeño local que queríamos visitar.
Recuerdo que deseaba comprar ese perfume: refrescante, cálido y suave, con una armonía que contrastaba con el mío, más fuerte, más denso.
Nos reíamos. Su sonrisa era dulce, y sus ojos iluminaban mis días.
Pero... ¿quién era? No logro ver su rostro. Solo sé que era feliz. Quiero quedarme ahí.
Pero no puedo. Voy a morir sin saber quién soy, ni cómo acabé así.
El frío entumece mis pies y mis manos. Ya no puedo moverme. No quiero morir...
La persona a mi lado sigue llorando. Lleva una bufanda hermosa, parece hecha a mano. En cada extremo cuelgan pequeños ositos gris azulados, parecían pálidos.
Ahora que lo pienso... yo también tenía una parecida. Mis ositos eran de un amarillo apagado. Eso creo. Ya no veo bien.
Siento cómo mis fuerzas me abandonan, una a una.
—Lo siento... lo siento —murmura el chico, apretando mis manos heladas con fuerza.
¿Por qué te disculpas?
En todo caso... siento que debería ser yo.
Qué estupidez digo.
Ni siquiera sé qué relación tenemos.
Pero sé que valió la pena. ¿Lo valió, no?
Esa bufanda... siento que guarda un recuerdo doloroso.
Como si cubriera errores del pasado.
Una muestra de un dolor profundo.
Después de tejerlas... recuerdo algo.
Algo que se siente muy, muy lejano.
Un grito. O tal vez solo viento.
Había llovido. El asfalto brillaba bajo los faroles.
—No lo entiendes —susurraba él, sin mirarme—. Estoy cansado. De mí.
Yo lo sujetaba del abrigo, como si pudiera evitar que el mundo se lo tragara.
—No me dejes solo —pedí, sin voz.
Un beso. Frío, torpe, desesperado.
Y luego... oscuridad.
Parpadeé. Volví al presente. Mi cabeza dolía. Su rostro frente al mío. Lloraba.
¿Había sido él...?
¿Fui yo el que decidió lanzarse por amor?
Me siento traicionado. Debes ser tú.
¿Por qué estoy muriendo?
¿Por qué estás aquí... conmigo?
Incluso en mis peores momentos, siempre eres la única persona que permanece a mi lado.
Y pensar que, hace unos minutos, la calidez de la muerte se sentía tan reconfortante...
Pero ahora quiero luchar por vivir.
No quiero rendirme.
¿Por qué lo hice? ¿Por qué...?
¿Acaso no era feliz contigo?
¿Fui yo quien arruinó todo?
Cuando la primavera deja caer sus últimas hojas, es cuando el amor retrocede... y da paso a los problemas.
Peleas constantes. ¿De qué trataban?
Pérdidas por enfermedades.
Odio injustificado.
Distanciamiento.
Es verdad.
Fui el culpable.
Lo recuerdo bien.
—¿Por qué… por qué te estás alejando de mí?
Llevamos años juntos...
Y aún así... aún así, me siento más solo que nunca.
—Te lo dije.
Lo dije tantas veces...
Estoy cansado. De todo.
De cómo nos miran. De cómo nos señalan.
De sentir que somos un error.
No hago nada malo...
Pero ya no puedo más con esta culpa que no me pertenece.
Solo... quiero respirar sin miedo. ¿Puedes entenderlo?
—¿Entender qué...?
¿Que te avergüenzas de mí?
¿Que esconderme es más fácil que amarme?
Si eso es lo que sientes…
Entonces termina conmigo de una vez.
Pero no me hagas seguir fingiendo que esto…
que nosotros… aún significa algo para ti.
Siempre fue mi culpa.
Nunca debí decir nada de aquello… sabiendo lo mal que estabas.
Mi vida siempre te perteneció, y lo siento. Lo siento de verdad.
Aunque ya no tenía fuerzas, solo quería tocar por última vez ese rostro tan dulce…
Ese que me acompañó siempre.
El que me enseñó a amar sin miedo.
Algo que yo… nunca pude devolverte.
Jamás supe darte lo mismo.
Y aun así, eres tú quien está aquí, llorando por mí.
—No te disculpes… —susurré, mientras mis ojos comenzaban a rendirse—
No fue tu culpa…
Debí… debí ser más rápido…
al atraparte.
Gritaste mi nombre… pero no logré escucharlo.
Solo pude sonreír.
Mi brazo intentó levantarse, pero ya no pude.
Mi cuerpo estaba frío.
Mi sangre… congelada.
Mis labios, agrietados.
Y yo solo… solo deseaba que dejaras de llorar.
Odio verte así.
Odio verte romperte por mí.
No deberías llorar por alguien como yo.
Nunca quise ser la causa de tu dolor.
Solo quería que fueras feliz.
Conmigo.
Aunque sea un poco más...
Qué egoísta, ¿no, amor?
YOU ARE READING
La Bufanda cubierta de Flores
Short StoryEntre la nieve, la sangre y los recuerdos rotos, un corazón intenta aferrarse a lo único que aún lo ata a este mundo: el eco de un amor que quizá ya no recuerde... pero nunca olvidó.
