El principio, ¿o el final?

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En un edificio roñoso y olvidado de Tlatelolco, el sol comenzaba a iluminar la azotea.

Ahí, plácidamente dormía un chico, envuelto en una cobija mullida. Tenía el cabello oscuro, negro como el azabache, y un cuerpo delgado pero musculoso. Algunas cicatrices marcaban su torso, pero su apariencia no tenía mayores particularidades, excepto por su piel pálida, tan blanca como la leche.

Su cama era una hamaca, toscamente amarrada a dos varillas que sobresalían de la azotea, cubierta por una estructura de madera y lámina, desgastada pero resistente. El viento hacía crujir la estructura mientras el chico se envolvía con su cobija para protegerse del frío de la mañana.

Un rayo de sol, colándose por uno de los huecos de la cubierta, alcanzó su rostro, despertándolo poco a poco. Finalmente, se levantó –o más bien, cayó de la hamaca– y empezó su rutina.

Comenzó limpiando la estructura de su refugio, quitando el polvo y asegurándose de que nada estuviera en peor estado. Luego se dirigió a un modesto jardín en la azotea, donde cultivaba sus propias verduras. Recolectó unos tomates y unas cuantas hierbas, las colocó en una canasta y caminó hacia un pequeño corral detrás del huerto. Allí recogió unos huevos de sus gallinas y un poco de sal de un viejo costal, no sin antes dar cuidado y mantenimiento a su huerto y su corral.

Llevó todos los ingredientes a una cocina improvisada, aunque en mejor estado que cualquier otra cosa en la azotea. Con destreza y naturalidad, empezó a preparar su desayuno, como si fuera un espectáculo que había realizado mil veces. Cada movimiento tenía un toque de habilidad y orgullo.

Al terminar, tomó una foto del plato y la subió a Instagram. Su barra de notificaciones se llenó de likes y comentarios como siempre, y se preguntó, fugazmente, si tendría el mismo impacto si sus seguidores supieran de dónde provenía ese desayuno. Pero rápidamente se concentró en comer, apurándose para poder llegar a la escuela a tiempo.

Bajaba rápidamente por el edificio, un poco abrumado por el bullicio de este, y con cuidado de no llamar la atención al bajar, ya que nadie lo conocía, y era más un empleado que un huésped del edificio, se subió al transporte público en la terminal rumbo al estado, dónde encontró una escuela privada con la que pudo hacer un trato y estudiar ahí, el transporte rápidamente se llenó de personas mientras el se perdía en sus pensamientos.

Mientras iba en el transporte, recordaba su vida. Este ejercicio mental se había vuelto una costumbre; siempre le costaba recordar muchos detalles de su pasado, aunque lo intentaba.

Su nombre era Jhon. Nunca había sido muy afortunado: era huérfano, abandonado por sus padres cuando aún era un bebé. Creció en centros de acogida, y a los diez años abandonó el sistema. Desde entonces, trabajó donde podía, incluso en cosas de las que no se enorgullecía, aunque sabía que eran necesarias para sobrevivir, y hasta había ocasiones en que, de algún modo, las disfrutaba.

Con el tiempo, logró llegar a un acuerdo con el propietario del edificio, quien le permitió vivir en la azotea a cambio de encargarse del mantenimiento de las cajas de fusibles. Fue entonces cuando su vida empezó a mejorar, y logró inscribirse en la escuela.

Ahora estaba en el primer año de preparatoria, aunque no se llevaba bien con nadie de su clase. Casi todos se enteraron de su pasado y lo señalaban por ello, burlándose de sus cicatrices y su historia.

Todos, excepto una chica: Alicia. Ella era la típica chica popular, la que todos veían como un modelo de perfección. Buena en todo, amable con todos, y, sobre todo, alguien que siempre había tratado bien a Jhon.

Ese día, Jhon había decidido confesarse. Alicia era su crush desde que había entrado a la escuela, y llevaba meses guardando la esperanza de decirle lo que sentía. Trabajó mucho para ahorrar lo suficiente y comprar una pequeña y humilde barra de chocolate.

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⏰ Última actualización: Apr 09, 2025 ⏰

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