El amor me ha fallado más veces de las que puedo contar. Creí que nadie podría curar esas heridas hasta que contraté a una psicóloga para intentar entender mi corazón. Pero mientras intentaba sanar, terminé enamorándome de quien menos debía.
—Y en otras noticias, la canción ''Parte de mi corazón'' se ha vuelto tendencia mundial, siendo reproducida en escenarios, musicales y dispositivos de todo el país. Expertos aseguran que podría tratarse de la mejor obra audiovisual de los últimos tiempos. ¿Cuál es su opinión al respecto, señorita Mellarma?
—No me gusta atribuirme todo el crédito, pero cuando lo haces todo tú sola tampoco es que puedas ser demasiado modesta —respondió con una sonrisa—. Agradezco a mi equipo de bailarines y, si puedo decirle algo al público, además de darles las gracias, es que sigan estudiando, fórmense como profesionales y no desilusionen a sus padres.
El murmullo de los comentarios continuaba de fondo, mezclándose con el parpadeo constante de la televisión que iluminaba la pared. Desde debajo de las sábanas, una figura comenzó a moverse; la fémina terminó incorporándose, apartando la almohada que tenía sobre el rostro y girando la cabeza para mirar directamente la pantalla.
—Sí, claro, si tan solo fueras así de amable en la vida real, no te vería como una cretina.
Murmuró con esa voz espesa y cansada cargadas de sarcásmo.
—Ay mierda ¿otra vez me quedé dormida? ¿Qué hora es?
Aún con el cuerpo pesado por el sueño, empezó a tantear el piso con sus pies desnudos, tratando de encontrar sus pantuflas. Se calzó las pantuflas de conejo y levantó la mirada para ver el reloj. La hora la golpeó como una cachetada de despertar.
─ ¡Chucha, son casi las tres de la tarde!
Ella no llevaba más que un short azul oscuro que le cubría los muslos y una camisa gris holgada. Caminó hasta la ventana y la abrió con cuidado, lo justo para que un hilo de luz se filtrara en la habitación. Por un instante, su rostro quedó al descubierto: piel clara y tersa, ojos color miel que habrían sido encantadores de no ser por las marcadas ojeras, y una cabellera castaña oscura completamente despeinada, tan indomable como la de un león recién despertado.
Sin darle más importancia, dio media vuelta y salió rumbo a la ducha. Al regresar, ya con ropa más presentable, se sentó frente a su computadora, acomodándola junto a su tableta gráfica. Comenzó a mover el ratón, revisando varios mensajes privados, hasta detenerse en uno en particular. Ahí fue cuando su jornada de trabajo daría inicio. Algo que se interrumpió cuando alguien tocó la puerta.
Con resignación y pereza terminó levantandose para asi atender a la puerta, encontrándose de lleno con un tren de una persona totalmente distinta a ella.
Se inclinó para tomar el lápiz digital, pero justo cuando estaba por comenzar, el sonido del timbre la interrumpió. Resignada, se levantó de la silla y fue a atender.
— ¡Amera! Cuánto tiempo. Sin verte... ¿Qué te trae por aquí?─Respondió con gran emoción.
—Muchas cosas, como saber si tu lugar sigue pareciendo una madriguera, o simplemente saber si sigues viva. Nena, no respondes mis mensajes, si no hasta la maldita madrugada; no todos somos murciélagos como tú.─Comentó sarcásticamente Amera.
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