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capitulo 1 : una Dama envuelta en Misterio y pelaje bovino

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En la ciudad de **Moorshollow**, el rocío matinal era más salado de lo habitual, pues se mezclaba con lágrimas constantes, discretas, dignas, como mandaba la costumbre. Era un lugar donde los suspiros tenían eco, los escándalos se escribían en servilletas bordadas, y una mujer no era considerada completa hasta haber sufrido, al menos una vez, por amor no correspondido o por una carta perdida en el correo.

Allí se erguía con gravedad y elegancia la **Casa de Asamblea de Té de Damas Excesivamente Dramáticas y Emocionalmente Inestables**, un edificio majestuoso cuyas ventanas lloraban con la lluvia y cuyas cortinas parecían abrazar a quienes pasaban demasiado tiempo frente a ellas, contemplando el gris del cielo y de sus destinos.

La mañana que cambió el curso emocional de Moorshollow había empezado como cualquier otra: con quejidos, té caliente, pañuelos empapados y declaraciones tales como *”No sobreviviré si esta cucharita no es de plata auténtica”*. Pero justo cuando Lady Witherspoon estaba a punto de desmayarse (por cuarta vez en la semana, y esta vez por un poema que la mencionaba vagamente), sucedió lo impensable.

Una figura apareció colina abajo, tambaleante, envuelta en volutas de misterio y en lo que claramente había sido una colisión con un tendedero. La bruma del campo la rodeaba como un aura divina. El vestido que la envolvía estaba arrugado, manchado de barro y delicadamente adornado con hojas secas… y, a pesar de todo, parecía más digno que el de cualquier noble de la región.

La criatura —dama, sin duda— caminaba con un ritmo singular, casi ritual, que recordaba al de una trágica heroína saliendo de un incendio emocional con la frente alta. Tenía ojos profundos, negros, líquidos como un recuerdo reprimido. Emitía un sonido gutural, largo, sonoro: “Muu”.

Desde el ventanal más florido de la Casa de Té, la señora Witherspoon contuvo el aliento, apoyando una mano contra el vidrio.

—¡Dios mío bendito y todos los fantasmas de la ópera! —jadeó—. ¡Una dama ha llegado!

—¿Una condesa? ¿Una reina caída en desgracia? —dijo Lady Featherington, con voz temblorosa.

—Es… es todo eso y más —respondió Lady Wensleydale, secándose una lágrima—. Observad cómo se mueve, con esa solemne torpeza… ¡como si llevara un siglo cargando sus penas sobre las ancas!

La visitante, ajena o quizás indiferente a la expectación creciente, comenzó a masticar con devoción el seto de lavanda junto al portón.

—¡Qué sutil desprecio hacia las reglas sociales! —murmuró la señorita Snodgrass—. Está comiendo flores. ¡Dios mío, está comiendo flores! ¡Es poesía viva!

Cuando, con lento dramatismo, la recién llegada lanzó un nuevo “Muu” al viento, las damas del salón retrocedieron con un gemido colectivo.

—¡Un idioma extranjero! ¡Un dialecto de alguna tierra exótica y trágica! —gritó la señorita Honeybell—. ¡Oh, qué riqueza emocional debe traer a cuestas!

Y entonces la figura alzó su mirada solemne, rumiando una flor marchita. Nadie vio un hocico. Nadie notó las orejas. Nadie oyó mugidos. Vieron una mujer noble. Un alma herida. Una dama perfecta para sufrir entre iguales.

La señora Witherspoon abrió las puertas de par en par.

—Bienvenida, noble viajera. ¿Cuál es vuestro nombre, para que lo bordemos en pañuelos y lo susurremos en pasillos?

La criatura respondió con un nuevo “Muu”. Esta vez más largo. Más sentido.

—¡Lady Muu! —gritó Lady Featherington, con una epifanía—. ¡Pero hay más! ¡Hay un segundo mugido, una segunda intención!

—Sí —añadió Lady Wensleydale, con solemnidad—. Yo oí claramente: “Lady Muu… Condesa Marquesa Duquesa Baronesa de la Tragedia Encarnada del Valle de Saint Mary the Bleeding Heart”.

—¡Heredera del Dolor Inmemorial! —aportó otra, al borde del colapso emocional.

—¡Y Emperatriz del Silencio Poético! —dijo la más joven, desmayándose sobre un diván.

Y así, sin el más leve indicio de duda, sin un solo pensamiento lógico o vacuno, **Lady Muu** fue abrazada por la hermandad emocional de Moorshollow.

Alguien intentó servirle té, pero ella prefirió lamer el mantel bordado. Fue interpretado como una protesta elegante contra el colonialismo.

Otra le ofreció pasteles. Lady Muu los pisoteó sin querer al intentar girar. Fue considerado un acto performativo en contra de la superficialidad culinaria.

A lo lejos, la joven señorita Bellflower la contempló con adoración.

—Ella… ella no camina como nosotras. Ni habla como nosotras. Ni se sienta como nosotras. Pero jamás he sentido a alguien tan como nosotras.

Todas asintieron. Los ojos de Lady Muu brillaban con lo que todas interpretaron como lágrimas. Era, en realidad, reflejo de la lámpara de araña.

Nadie, ni siquiera el gato cínico de la señora Witherspoon, sospechó que aquella figura cuadrúpeda, con cola inquieta y tendencia a mugir, pudiera ser algo distinto de una dama profundamente noble, elegantemente trágica, y devastadoramente refinada.

Y así, como ocurre en Moorshollow más a menudo de lo que uno se atrevería a escribir en voz alta, se selló una nueva historia emocional: la llegada de **Lady Muu**, la dama que sería recordada por siglos… por razones que jamás nadie cuestionó.

Una Dama Llamada MuuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora