Capítulo I: Odio la magia

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Capítulo I:
Odio la magia

Que sepáis que ahora mismo odio la magia con toda mi alma, de verdad.

¿Qué? ¿Esperabais una presentación épica sobre mí? ¿Algo revelador pero misterioso al mismo tiempo para que os enganche en la historia que vais a leer? Pues siento decepcionaros, pero muy seguramente esta historia solo sea una tonta excusa para soltar toda mi bilis en contra de la magia.

No sé, si queréis algo más interesante, os puedo recomendar algún libro de Harry Potter, o tal vez el Señor de los Anillos, o incluso Juego de Tronos.

Nah, mejor ese no, sus libros son un tostón, aunque la serie de HBO es bastante buena... Al menos las tres temporadas que me vi. Me han dicho que decae mucho en las últimas temporadas, pero como no las he visto no puedo juzgarlas.

De hecho, olvidadlos todos. Todos contienen algún tipo de magia, y yo la odio vehementemente. No sé, leed el Quijote o cualquier cosa de Lovecraft.

Oh, creo que me he desviado del tema. ¿Donde estábamos? Ah, sí, odio la magia.

Salí del contenedor de basura con bastante facilidad. No es que cayera en ellos con facilidad, en el último mes solo lo había hecho cuatro veces, lo que era un nuevo record. Sentí una casca de plátano deslizarse por mi cogote, un trozo de pizza podrido pegado a mi muslo izquierdo y un líquido que, sinceramente, no quería saber qué era escurriéndose de mi nuca hacia mis hombros y espalda.

Me quité la cáscara de plátano de la cabeza y arranqué el trozo de pizza engañosamente pegajoso del muslo, todo mientras retenía como un campeón arcadas por el pútrido olor que salía de mi traje de superhéroe.

Ah, sí, se me olvidó decirlo antes: yo soy un superhéroe, para ser exactos, el amigable vecino de Nueva York: Spider-Man.

Aunque ahora podría identificarme más como Trash-Man.

¿Entendéis el chiste? Pues idos acostumbrado, tengo la fama de soltar ese tipo de chistes toooodo el rato

Sin pensármelo mucho, lancé una de mis telarañas a uno de los tejados del callejón donde me encontraba. Desde que me picó esa araña radioactiva, simplemente tenía el instinto de subirme a sitios altos, balancearme, trepar por las paredes y colgar boca abajo de cualquier sitio. No sé, me sentía más cómodo en esas posiciones y me ayudaban a aclarar mi mente.

Dejé que la telaraña me impulsara hacia el tejado antes de dejarme caer con gracia sobre el borde del edificio apoyándome con las manos y los pies en un posición un poco incómoda para un humano normal, pero perfectamente natural para mí.

Desdé allí, intenté recordar porque había acabado en un contenedor de basura en algún callejón aleatorio y con un gran odio hacia la magia, por algún motivo inexplicable.

Lo último que recordaba era ir al Sanctum Sanctorum para ayudar al Doctor Strange, mi colega de oficio al que me dejaba llamarle Stephen. (En realidad no me dejaba, pero igualmente me tenía en alta estima, seguramente).

Me soltó una perorata en mis sueños. Sí, el puede hacer eso, no por nada es el Hechicero Supremo (y no le digas mago si te lo cruzas alguna vez, no le gusta el término). Me dijo que el destino quería que lo ayudase a derrotar a Nightmare, el demonio de, como indica bien su nombre, las pesadillas, el cual se había liberado del mundo de los sueños y estaba sembrando el caos en todos los sueños de Nueva York, convirtiéndolos en las peores pesadillas imaginables. Y, claro, como yo era el único junto con mi amigo Stephen que no sé vio afectado por eso, tuve que ir a ayudar.

La araña del Campamento Mestizo Stories to obsess over. Discover now