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Prólogo

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El vestido de novia seguía colgado detrás de la puerta de su habitación, un espectro blanco que parecía observarla en silencio, como un cruel recordatorio de lo que nunca sería. Laura apartó la mirada, concentrándose en las cajas sobre la cama. Había decidido dividir su vida en tres categorías: una para lo que quería conservar, otra para lo que estaba dispuesta a donar, y una última, más pequeña, para lo que necesitaba destruir.

El reflejo en el espejo captó su atención. La mujer que la miraba parecía un fantasma: ojeras profundas marcaban su rostro, y sus labios, resecos y pálidos, eran un testimonio de las noches interminables en vela. Durante los últimos tres días, había llorado tanto que sentía que no le quedaban más lágrimas. Lo único que quedaba ahora era un vacío. Un vacío sofocante que la empujaba a hacer algo, cualquier cosa, para dejarlo atrás.

Su mirada se posó en una invitación de boda que yacía sobre la cama, una de las pocas cosas que aún no había decidido dónde colocar. Levantó el pequeño cartón con dedos temblorosos. Su diseño, que en su momento había elegido con tanta ilusión, ahora le parecía infantil y absurdo. La invitación aún decía en letras doradas:

"Laura y Gabriel invitan a celebrar el amor eterno."

Amargo, falso, patético. La risa seca que escapó de su garganta resonó en el silencio de la habitación.

—Eterno, ¿eh? —murmuró, mientras sus dedos doblaban cuidadosamente la invitación antes de colocarla en la caja destinada a ser quemada.

"¿Cómo no lo vi venir?" pensó, la pregunta resonando como un eco constante en su mente. Había pasado cuatro años de su vida construyendo algo con él, creyendo en promesas que nunca fueron reales. Cuatro años, y durante dos de ellos, él había estado viviendo una doble vida con otra mujer. Dos años de mentiras descaradas mientras planeaban una boda. Mientras planeaban una vida.

Unos golpes rápidos en la puerta la arrancaron de sus pensamientos.

—¿Laura? —La voz preocupada de su mejor amiga, Sofía, atravesó la madera—. ¿Estás ahí?

—Sí, pasa. —Su voz sonó ronca, como si las palabras hubieran tenido que abrirse paso entre los escombros de su pecho.

Sofía entró y cerró la puerta detrás de ella. Su ceño fruncido y la mirada cargada de preocupación eran algo que Laura ya había aprendido a reconocer. Sin embargo, esta vez, no estaba de humor para la lástima.

—¿De verdad vas a hacer esto? —preguntó Sofía, cruzando los brazos mientras miraba las cajas apiladas—. Vender todo, mudarte a... ¿cómo se llamaba? ¿Forks? Apenas sé dónde está eso en el mapa.

Laura dejó escapar un suspiro mientras se sentaba al borde de la cama. Apoyó los codos en las rodillas, dejando caer la cabeza entre las manos.

—¿Qué quieres que haga, Sofi? —preguntó con un tono bajo, casi derrotado—. Aquí no puedo quedarme. Cada esquina de esta ciudad me recuerda a él, a nosotros... y a lo ciega que fui. —Se enderezó, tratando de mantener la compostura—. Todo el mundo me mira como si fuera una idiota por no darme cuenta. Necesito desaparecer por un tiempo. Lejos de aquí. Donde nadie me conozca.

Sofía la observó en silencio durante unos segundos, antes de soltar un suspiro profundo.

—Lo entiendo... —murmuró, suavizando su tono—. Pero Forks, Laura. ¿Por qué Forks? Suena tan... gris. No es precisamente el lugar ideal para empezar de nuevo.

Una risa amarga escapó de los labios de Laura.

—El gris suena perfecto para mí ahora.

Sofía no dijo nada más. Simplemente se acercó y la abrazó. Laura cerró los ojos, permitiéndose ese momento de vulnerabilidad. Era probablemente la última vez que lloraría antes de marcharse. Cuando finalmente se separaron, Laura limpió sus mejillas con el dorso de la mano, tomó las llaves de su coche y miró su habitación por última vez.

Había sido su refugio durante años, pero ahora no era más que un recordatorio de lo que quería olvidar. Sin mirar atrás, salió con las cajas apiladas en el maletero. La decisión estaba tomada.


El cielo gris era denso y opresivo, como si la misma atmósfera supiera que Laura quería esconderse. La carretera serpenteaba entre árboles gigantescos, sus ramas desnudas extendiéndose hacia el cielo como si intentaran atraparla. En el silencio del coche, el único sonido era el susurro de los limpiaparabrisas moviendo la lluvia que caía sin tregua.

Cuando el pequeño letrero verde apareció frente a ella, un nudo se formó en su garganta:

"Bienvenidos a Forks. Población: 3,120."

Laura soltó un largo suspiro y dejó que el peso de la frase se asentara en su mente. Aquí nadie la conocía. Aquí no era la mujer engañada, la exnovia de un hombre popular, el chisme favorito de una ciudad entera.

—Perfecto —murmuró, su voz apenas un susurro.

El GPS la guió por un camino estrecho, flanqueado por árboles oscuros que parecían susurrar secretos. Finalmente, llegó a su destino: una pequeña casa de madera, modesta pero acogedora, al borde del bosque. No era enorme, ni lujosa, pero tenía carácter. Y eso era suficiente.

Laura apagó el coche, apoyó la cabeza en el volante y cerró los ojos. Sentía el cansancio acumulado de las últimas semanas, pero también una pequeña chispa de esperanza. Era débil, apenas un destello, pero estaba ahí.

—Bienvenida a tu nueva vida, Laura. —El sonido de su propia voz fue un consuelo extraño.

Abrió la puerta y dejó que el aire húmedo de Forks la envolviera. No era un abrazo cálido, pero era honesto. Y eso era exactamente lo que necesitaba.

El Refugio Gris - Crepúsculo / Charlie SwanStories to obsess over. Discover now