Se sentó cerca de la ventana y probó abrirla, pero estaba trabada.
El reflejo en el vidrio le devolvió una versión de sí mismo más tensa de lo habitual.
Esperaba. No por ansiedad, sino por obligación.
La persona con la que tenía la reunión debía haber llegado hacía rato. ¿Cómo era? ¿Cómo se veía?
Preguntas irrelevantes. Solo necesitaba que hiciera el trabajo. Sin errores. Sin preguntas.
Buscaba a alguien impecable... no simpático.
Examinó la casa.
Buscando una grieta. Un indicio. Algo que le dijera quién estaba detrás de esa cita.
La sala apenas estaba iluminada por la luz natural del sol, minimalista al extremo.
Sin cuadros. Sin recuerdos.
Solo paredes grises, un par de sofás del mismo tono y una ventana grande que dejaba entrar la luz... y nada más. Se preguntó si era un punto de encuentro o una casa de seguridad.
Deliberó si debía irse. Miró el reloj: más de quince minutos de retraso.
Él estaba acostumbrado al control. Y la espera no formaba parte de su rutina.
Se sentó nuevamente junto a la ventana, brazos cruzados. Cielos... la paciencia claramente no era una de sus virtudes.
No saber le molestaba. Esperar lo abrumaba.
Tal vez estaba siendo paranoico... Pero en ese mundo, la paranoia era otro nombre para estar vivo.
Entonces escuchó un ruido. Se tensó de inmediato.
Las puertas estaban cerradas. Las ventanas, bloqueadas. Nadie debería poder entrar.
Probablemente uno de sus hombres, pensó. Pero no respondió.
Se levantó. Deslizó la mano hasta su arma con la precisión de quien lo ha hecho demasiadas veces. Escaneó la habitación. Alerta. Preparado. El joven jefe de la mafia suspiró.
El arma aún estaba allí. Tal vez era paranoia. Tal vez la reunión se canceló. Pero su gente no solía llegar tarde. Y él ya no estaba para los juegos.
Volvió a sentarse. Brazos cruzados. Expresión neutral. Pero bajo la superficie... todo era fuego.
—¿Mi novio sabe matar de 65 formas diferentes... ¿Cómo entraste a mi casa?
La voz lo golpeó desde la sombra como una bala cubierta de terciopelo. Él alzó la cabeza lentamente.
Ella estaba ahí. Postura firme. Arma en mano. Los ojos claros clavados en él como si ya supiera su sangre de memoria. Él no se inmutó. No del todo.
—Estoy aquí para una reunión —respondió. La voz, tranquila. El pulso, exacto. La mano, aún cerca del arma.
Ella bajó el arma, frunció el ceño... y lo miró como si decidiera si matarlo ahora o más tarde.
—¿Con quién? —siseó ella, el tono tan filoso como el cañón de su arma.
Cuando ella bajó su arma, él hizo lo mismo. El alivio fue mínimo, superficial. Seguía alerta, pero por lo menos no iba a morir... todavía.
El joven líder no respondió. Solo la miró.
—Hice una pregunta.
—Y decidió no responder —dijo con voz tranquila—. ¿Qué vas a hacer al respecto?
Ella no dudó en levantar de nuevo el arma, apuntándole directo a la cabeza.
—¿Quién sos?
—Vos primero —respondió, con el mismo tono uniforme.
Una comisura de su boca se curvó en una leve sonrisa.
Subió su arma también, más alto que antes, por si acaso.
Ella movió el arma sin vacilar, apuntando ahora a su mano. La expresión en su rostro era tan fría como la habitación.
—Movés la mano... y la perdés.
Él no se inmutó. Los ojos fijos en ella, afilados. Esperando. Analizando.
—¿Quién sos? ¿Y qué hacés en mi casa?
—Su nombre no era de su incumbencia —dijo—, y luego hizo una pausa—. En cuanto a por qué estaba ahí...
se lo diría si le respondía una cosa.
—Es de mi incumbencia. Estás en mi casa —respondió ella, sacando el seguro del arma sin apartar la vista de él—.
Y no me gustan las visitas.
—Cierto... parecés encantadora —ironizó él, con una media sonrisa—.
Entonces, ¿qué tal si hacemos un trato? Él le decía por qué estaba ahí... y ella no le volaba la cabeza.
Ella no respondió. Solo lo observó y le hizo una seña con la cabeza. Que hablara.
Él vaciló un segundo.
—Tiene una reunión. Con alguien que, según le dijeron, está en esa casa. Eso es todo lo que podía decir.
Ella ladeó la cabeza, visiblemente harta. Volvió a apuntarle a la frente y acortó la distancia.
El joven sintió el arma tan cerca que hasta pudo oler el metal. Su corazón se aceleró, pero su cuerpo seguía tenso, firme. No dijo nada. Solo la miró.
Como si la desafiara a apretar el gatillo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo al fin, en voz baja.
Ella solo alzó una ceja.
—¿Qué ganarías matando a un tipo que no conocés? Un hombre que solo quiere hablar.
Ella dio un paso adelante. Extendió la mano.
—Dame el arma.
Él dudó. Pero finalmente sacó el arma de la funda y se la entregó. El sonido del metal contra su mano sonó como una sentencia.
—Las dos —ordenó.
Él suspiró. Claro. Debería haberlo sabido. Tomó la segunda pistola de la funda trasera y se la dio. Ella las dejó sobre la mesa, le puso seguro a la que tenía, y la guardó sin apuro.
Gael sintió una pizca de alivio, pero no bajó la guardia.
—¿Qué querés?
—¿Puede hablar con la persona con la que vino a reunirse? —preguntó, ocultando como podía la irritación por la falta de respuestas. Ella se cruzó de brazos y se sentó frente a él, clavándole la mirada.
—Lo dijo más de una vez... Esa era su casa. ¿Qué parte no entendió?
—Entonces, ¿con quién se suponía que iba a reunirse?
Su tono se volvió más bajo. Casi un susurro. La irritación se le notaba en la mandíbula apretada.
—¿Qué nombre le dieron?
—Ninguno. Solo le dijeron que la persona estaba ahí.
—Entonces soy yo.
Silencio. Corto. Tenso.
—Ahora decime... ¿quién sos?
Él la miró durante unos segundos, meditando si debía decirlo.
Suspiró. Y se rindió.
—Gael. Gael Leggio.
Los ojos de la mujer se abrieron de golpe. Las cejas se alzaron. La boca formó una “o”.
Pero lo que lo congeló fue el escalofrío que la recorrió.
El nombre la sacudió como un golpe seco en el pecho. Su corazón latía como una alarma. La respiración se volvió corta. Un temblor recorrió sus manos.
Lo conocía. Sabía quién era. Y no podía creer lo cerca que había estado de matarlo.
Una parte de ella se obligó a sostenerse de la silla. No podía tambalear. No ahora.
Gael Leggio. El hijo de un hombre al que juró proteger. El nombre que nunca debió volver a oír.
Y ahora... estaba frente a ella. Sin saber quién era ella... o todo lo que le debía.
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B.S
Actionel un nuevo jefe de la mafia y ella una sicaria de sangre fria.. Aunque no lo saben, sus vidas están entrelazadas por alguien en común. Hasta que un día él la busca por su gran trabajo, sus vidas se unen de una manera que nunca antes habían imaginad...
