Capítulo 1

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—No pienso daros mi semen.

La palma de Marga sonó contra su propia frente tras la rotunda frase de su amigo. Lara se limitó a alternar su atención entre su pareja y Ángel. ¿Pero qué pretendían que pensase? Acababan de soltarle que querían tener un hijo y necesitaban un donante de esperma para hacerlo por inseminación artificial. Pero no... las chicas no querían mandarse un Mauri-Bea.

—Ángel, eres literalmente mi mejor amigo desde primero de carrera. ¿Tú sabes lo turbio que sería eso?

«Touché».

—Tu problema es que hablas más rápido de lo que piensas y no dejas acabar de hablar a los demás —siguió la chica con deje burlón.

«Doble touché».

Ángel tenía veintisiete años y Marga y Lara eran las últimas de su círculo más cercano en animarse con el paso final de su relación. Teóricamente, el siguiente era él. Él que no asumía que sus dos mejores amigas estuviesen pensando en cambiar pañales mientras a él se le moría el Tamagotchi (¿qué? Lo encontró un día haciendo limpieza de trastos viejos y decidió reiniciarlo... una y otra vez).

Posiblemente por eso no entraba en los planes de ninguna de las dos que él fuese el padre de la criatura.

—Mira, todo tiene que ir perfecto. El tío perfecto. —Se le escapó una sonrisa al notar los dedos de Lara, sentada a su lado, enredándose en sus rizos— Nosotras buscamos al candidato y tú solo queda unas cuantas veces con él, para tomar algo, dar una vuelta, y que podamos asegurarnos de que es un buen tío. ¡Que le va a dar sus genes a nuestro hijo!

El flequillo rubio cayó sobre su frente cuando rodó los ojos y escuchó la cantarina risita de Lara. Intentó no sonreír.

—¿De qué te ríes tú? —protestó, llevando sus dedos hasta la cadera de su amiga, que no era capaz de contener las cosquillas que tal acto le producía.

La tercera en discordia resopló.

—Si es que estoy rodeada de críos.

Y era cierto. Pero eran sus críos. Sus críos, más cercanos de la treintena que de la veintena. Sus críos viejos, los habituales. Los que estaban siempre. A esos pretendía sumarle un nuevo crío, al que enseñarle el mundo, al que darle amor. Un crío nuevo al que aguantar hasta viejo.

Ángel cogió su mano al ver sus ojos pensativos. La apretó con fuerza, pero también con dulzura.

—Todo irá bien —susurró con voz calmada, seguro de sus palabras—. Vais a ser unas madrazas y yo... siempre puedo ser su tío.

—¡El tito Ángel! —Las carcajadas salieron de los labios de Lara con la misma inocencia con la que hubiese salido de los del futuro bebé.

—Voy a estar siempre a vuestro lado. Para lo que necesitéis. Porque nosotros somos como el mejor ingrediente de una pizza... —comenzó, dejando a su amiga replicar con su absurdo lema compartido.

—Como una piña.

La unión que tenían sus pupilas mientras decían aquello se vio rota de inmediato por Lara.

—Cada vez que decís eso me hacéis preguntarme qué hago aquí —fingió un dramático escalofrío.

—¿Pedimos una pizza?

El plan de Ángel fue recibido por las risas de Marga y Lara se levantó de un salto del sofá para buscar la tarjeta con descuentos a domicilio y su teléfono. Su sitio lo ocupó rápidamente su compañera de viaje.

—¿Crees que nos estamos precipitando o...? —Su voz temblaba mientras el rubio cogía su mano y sus rizos color bronce se apoyaban en su cuerpo, igual que su cara en su hombro.

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