Prólogo

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Había una mujer encerrada en la torre.

Sus largas hebras de cabello de una tonalidad oscura cual cielo de medianoche se lograban vislumbrar cayendo por la ventana, sus vestidos magníficos de color púrpura flameaban con el acariciar del viento y se podía distinguir sus maltratados pies surcando la diminuta habitación, de lado a lado, descalzos. Por su rostro desfilaban grandes gotas de sudor, y en su mano reposaban tres grandes semillas de ricino.

Las cuales ingirió.

Había una mujer encerrada en la torre, y acaba de morir.

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