Capítulo 1: La Sociedad del Edén

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Frente a mí, el glorioso arco de estilo moderno que indicaba la entrada a la Universidad del Edén. Ocho diez de la mañana. Los nuevos estudiantes podían identificarse sin problema, sus rostros perdidos entre los edificios, las primeras interacciones sociales, la mezcla de nervioso entusiasmo con la que acompañaban cada gesto. A su alrededor, las miradas somnolientas, derrotadas, de quienes saben que en cosa de una semana pasarían madrugadas enteras intentando batallar con las entregas académicas.

No podía decir que podía identificarme con alguno de ellos. Al llegar, hace un año, no demoré demasiado en sentirme a gusto y hacer amigos. Al fin y al cabo, es lo que yo sé hacer, ocupar como sinónimos encajar y hacerte un lado. Ignorando, sin embargo, que mis preocupaciones permanecían localizadas lejos de este recinto, desde el lugar desde donde salía cada mañana.

Mientras atravesaba la entrada y caminaba sobre el camino elegante de mosaicos, volví a tener ese recurrente sentimiento de que la vida corría tan rápido que sólo pasaba por mi lado, a tal punto que se me hacía imposible tomarla entre mis manos, mirarla o sonreírle.

—¡Mateo! —exclamó, a mi derecha, una voz a lo lejos.

Cuando me giré, vi a Renata saludándome con la mano, parada junto a una chica de cabello largo y rubio. Renata no es una amiga cercana, pero en ocasiones topamos en grupos de trabajos y fiestas. Suelo ser bastante bueno con las caras y los nombres, ya que bastante gente me conoce, sería maleducado de mi parte no conocerlos de vuelta. Si no recordase a alguien es más probable que sea porque nunca le conocí a que se me haya olvidado. 

Amablemente le devolví el saludo a ambas. 

Cuando Renata rompió contacto visual, volviendo a hablar con la chica con la que estaba, yo igual lo hice, continuando mi camino hacia la sala A31, donde era la primera clase del día.

El jardín central era el lugar exterior más caótico que se encontraba en la Universidad. Por lo general es el espacio de tránsito y relajo más común debido a que está justo en el medio de los edificios. También era el más cuidado, el césped era más verde, más suave, e invitaba a recostarse para descansar la mente. Justo en su centro se encontraba la estatua de Raimundo Sotomayor, fundador de la institución y probablemente un masón aristocrático racista, pero la costumbre de golpear un par de veces su base de cemento para darte suerte en todas las asignaturas no se podía ignorar. O eso es lo que siempre se les ha dicho a los nuevos.

Pasé por su lado y me dirigí hacia el este, rumbo al edificio más alejado de esa área, reencontrándome con mi recorrido favorito. Un camino ondulante donde los rayos del sol de la mañana pasaban entre las hojas de los árboles y decoraban los adoquines, que demostraban, al ojo de quien los observaba a esa hora del día, que en realidad tenían distintos colores. Era tranquilizador, incluso en los estresantes días de los exámenes finales pasar por ahí me reconfortaba y disminuía un poco mi constante miedo a fracasar. Una palabra que cada vez que oía en mi mente iba a acompañada de una risa en el fondo de mis pensamientos. Mi hermano. 

Y un peón moviéndose diagonalmente hacia la derecha.

Traté de continuar con el hilo de pensamiento anterior, intentando recordar más cosas de mi primer año en la universidad, pero había olvidado dónde hice mis primeros amigos ¿No fue en este edificio mi primera clase, cierto? Me había perdido en el Edificio C pensando que era el B incluso habiéndome hecho un mapa precario con la hoja de un cuaderno con un bolígrafo azul.

— ¿Cómo estuvieron tus vacaciones Mateo? —Levanté la vista tras escuchar la voz de Ángel venir hacia mí. De un momento a otro, sin darme cuenta, ya estaba fuera de la sala de clases.

Dejé mi mochila apegada a la pared del pasillo y me senté a su lado. Ángel me siguió, tomó un sorbo del mate que tenía en la mano y me ofreció un poco. Negué con la cabeza y recordé que me había preguntado algo.

Persiguiendo a la Ladrona de AlmasOpowiadania do pokochania. Odkryj je teraz