Respira.
Otra mañana nublada estando ingresada en el maldito hospital.
Cada respiración era tan pesada para mí que por cada calada de aire que tomaba me dolían los pulmones.
Aguantaba la respiración uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos, y luego expulsaba el aire de nuevo.
Mi nueva rutina se basaba en sobrevivir, y claro, no volver a cometer una tontería para estar igual o peor de lo que estoy ahora.
Apenas podía sentir mi cuerpo; mis párpados me pesaban tanto que no podía aguantarlos y cada órgano me devolvía lo que me había hecho con punzadas y dolor.
Elevé un poco la cabeza de sobre la almohada para poder ver a través del gran ventanal de mi izquierda.
Habían pequeños niños correteando y gritando.
Pobres de ellos. ¿Qué hacían aquí? ¿Algún familiar que esté mal? ¿Diagnósticos? Por más que quisiera sacarle alguna pulla sólo les envidiaba el hecho de que ellos no eran como yo, que podían seguir con sus jóvenes vidas despreocupados y sin responsabilidades.
Un trueno sonó por todo el pueblo, gracias al buen eco que hacían las montañas. Se acercaba una tormenta. De hecho, un día de tormenta ingresada en el hospital me quita aún más las ganas de vivir.
Volteé mi cabeza hacia la puerta cuando escuché el chirrido típico que producía cuando la abrían. Una joven enfermera me dedicó una sonrisa dulce y se acercó a mi camilla.
— ¿Cómo te encuentras, Madison? — preguntó suavemente mientras cambiaba la bolsa vacía del suero por una nueva.
— Cómo una mierda — respondí secamente.
Sentía que literalmente me estaba descomponiendo, aunque claro, no la culpo a ella por mi situación.
— Todo va a estar mejor, te lo prometo — colocó su mano sobre la piel pálida de mi brazo, emitiendo pequeñas caricias.
Vacilé con una sonrisa tímida torcida , que apenas pudo notar.
— ¿Tienes ganas de desayunar? — preguntó mientras comprobaba que los entrantes del suero estuvieran bien colocados en mi brazo.
— Enfermera, — hice una pausa molesta por su presencia — tengo ganas de morirme.
— Madison, ¿cuántas veces hemos hablado sobre estos comentarios? — se cruzó de brazos a un lado de mi camilla mientras me dedicaba una mirada insistente.
— Lo siento — susurré — es lo que tiene tener que estar aquí encerrada por días.
— Te entiendo, pero no te queda más que aguantar — apretó sus labios y se estiró su uniforme ligeramente arrugado.
Se giró sobre sí y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y volvió hacía mí.
— Te tenemos una sorpresa — una sonrisa de emoción se dibujo en su rostro mientras con una mano daba toquecitos sobre el pomo de la puerta.
¿Una sorpresa? Eso sí que no me lo esperaba...
Levanté las cejas para que hablara, mientras jugaba con los laterales de la fina manta con la que estaba cubierta entre mis dedos. Ella desvió su mirada hacía la camilla vacía de al lado y volvió a clavar su mirada en mis hinchados ojos.
— Pronto no vas a estar tan sola — habló por fin y abrió la puerta para salir al pasillo.
No sabía cómo tomarme esa noticia, pero definitivamente, no de manera positiva.
Iba a estar metida, con tal vez un extraño, en esta pequeña habitación de hospital de rehabilitación. Alguien iba a irrumpir mi privacidad y tranquilidad en estos días tan horribles.
El lugar en el que me encuentro es el único hospital de la ciudad, quedando el más próximo a bastantes kilómetros de Ashland, y por lo tanto, al ser un edificio amplio también se trata la rehabilitación y hay zonas específicas de psiquiatra.
Ashland es un lugar... Raro. Hay cientos y miles de leyendas sobre esta pequeña ciudad de Oregón y cada semana pasa algo que da de qué hablar.
Aquí nadie se fía de nadie y me siento observada la mayoría de tiempo, sin necesidad de que haya alguien mirándome.
Una vez, una compañera de secundaria afirmó ver una anciana en el techo de la casa de en frente y cuando preguntó por ella pensando que podría tener problemas o haber estado en peligro le dijeron que aquella mujer había fallecido hace tres días. Sí, cosas de Ashland.
Es un lugar muy sugestivo, y diría que el lugar favorito de los vendedores callejeros ilegales. Y cuando hablo de vendedores callejeros ilegales, me refiero a camellos. En cada esquina aparece un tío nuevo con cosas para vender, y claro, para los jóvenes es muy tentador. Lo digo por experiencia propia.
Tal vez, estés pensando que por esa razón estoy en el hospital ahora mismo, pero no. Se trata de una situación muy estúpida por mi parte, y aunque esté rayada ahora mismo, diría que no fue del todo una mala decisión.
Observé aguantando la pesadez de mis ojos mis brazos descubiertos con intravenosas enganchadas.
Estuve en estado prácticamente crítico por consumo de un cuarto del bote de fentanilo, y si digo la verdad, no sé cómo sigo viva.
Vi el final y todos mis recuerdos pasar por mi mente, mientras mis hermanos pequeños lloraban, mi madre llamaba desesperada al hospital y mi padre me agarraba nervioso la cara. Pero tal vez os enteréis mejor de esta historia más adelante.
El chirrido característico de la puerta me hizo levantar la mirada, de forma pesada, hasta la puerta gris mal pintada que se abría cautelosamente.
— ¿Madi? — preguntó una voz infantil temerosa antes de abrir la puerta lentamente.
— Puedes pasar, Alexia — dije dando permiso.
Un niña pequeña de pelo castaño recogido en coletas y de ojos azul mar se acercó corriendo al borde de mi camilla.
— ¿Cómo está mi campeona favorita del mundo mundial? — forcé una sonrisa y coloqué mi mano sobre las suyas diminutas.
— Madi, cielo, ¿cómo te encuentras? — mi madre entró a la sala también, con un tono preocupado en su voz, y portando una bandeja con un desayuno.
— Bien, mamá. Estoy bien — asentí para no preocuparla.
— No sabes cuánto me alegra escuchar eso. Eres mi vida, y si te llegara a pasar algo me muero — se acercó a la vera de Alexia y me colocó la bandeja en mi regazo.
— Yo... lo siento — dije en un hilo de voz clavando mi mirada en la bandeja.
— No quiero regañarte... Pero una vez que estés mejor voy a tener que hablar contigo.
Apreté mis labios. Sentí la mirada profunda de mi madre sobre mí.
— Madi, me han dicho papá y Chase que te mandan muchos besitos — con ayuda de mi madre, mi hermanita pequeña Alexia se aupó para sentarse a mi lado.
— ¿No han podido venir? — alargué mi mano para jugar con una de las colitas de mi hermana.
— Ya sabes que tu padre trabaja, y Chase... — tragó grueso — A Chase aún le cuesta verte.
Mis ojos se cristalizaron después de escuchar eso último. Esas palabras me hirieron casi igual que los dolores en mi cuerpo. Mi hermanito pequeño no podía verme por el miedo que pasó el día del incidente. Me sentía un mal ejemplo para ellos, aunque en realidad Chase y Alexia siempre me hubieran tomado por la persona más fuerte, y eso aún dolía más.
— ¿Madi? — la voz de mi madre me sacó de mis pensamientos, su mirada cayó sobre la bandeja con el desayuno.
— Ya como — fui capaz de leer uno de los miles de pensamientos enigmáticos que habrían en la mente de la rubia, y así, pude evitar también seguir sintiéndome una escoria después de haber sometido a mi hermano pequeño en mi maldito espectáculo.
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Ashland: El final de Madison
Mystery / ThrillerDicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero para Madison fue lo primero que perdió. La vida para ella es una lucha constante y monótona, con un final que le parece estar más cerca que nunca, hasta que aparece él. Entre las almas consumid...
