A Su Lado

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La lluvia había pasado después de un buen rato, el cielo despejado dejaba ver la luz del sol. 

El joven Tristan despertó del efecto aromatizante, en la parte más alta del pino, como si hubiera caído hacia arriba. 

No sentía dolor alguno, como si la caída hubiera sido un sueño lúcido. 

No recordaba nada, perdió la noción del tiempo, había pasado más de medio día.

En ese momento no estaba solo, sintió que alguien lo observaba, trató de ver al acosador pero no pudo ver a nadie. 

Finalmente sus ojos encuentran lo que estaba buscando. 

—Estas son las dichosas rosas azules —admirado por la extraña naturaleza Jumalias. 

Recordó entonces su misión, se puso inmediatamente a cortar una rosa. Su tallo era grueso, tuvo que usar su espada de madera para cortar solo una. 

En un precipitado movimiento, arrancó la rosa del tronco, esto lo empujó hacia afuera. 

Cayó por cuarta vez. 

Todo estaba listo para su fin.

Cerró los ojos, ya no había nada más que hacer. 

En esa caída libre trató de calmar su mente y tener un final tranquilo, fueron los recuerdos de su niñez los encargados de ese trabajo. 

En su infancia, Tristan siempre fue amable con todos los niños de su ciudad, tuvo muchos amigos, pero solo una niña se animaba a escalar árboles con ellos. 

Esa pequeña niña, aun siendo dulce y tierna, era la más valiente de la ciudad, mientras las demás infantes se ocupaban de actividades más femeninas, ella subía sin miedo a los árboles a sacar sus propias flores.

La ciudad de dónde venía, la gente que debía proteger, el abuelo, su familiar más cercano siempre le decía que no debía rendirse. 

—No puedo morir aún, tengo que cumplir mi palabra —decidido trató con todas sus fuerzas sostener alguna rama para dejar de caer. 

Su mano alcanzó a agarrar algo, estaba a salvo. 

Abrió los ojos, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que no tenía una rama en sus manos. Era una garra, de un dragón sonriente. 

Volvió a cerrar los ojos, pensando que era otro efecto del aroma de pino. 

Eran unas garras azules que lo sujetaron antes de caer al suelo. 

Tristan aterrizó a salvo, abrió los ojos, estaba de pie, no había sufrido ningún daño.

Lo último que sus ojos pudieron observar fue una sombra azul volar a gran velocidad en dirección a otro pino alto.

Efectivamente estaba en el territorio de otro dragón. 

La tercera hija del dragón Blanco, Sade la azul, la Reina de la vida.

En ese momento, una gran cantidad de rosas azules cayeron cerca del joven, él las recogió sin perder tiempo, su maestra esperaba. 

—¿Quién será? ¿Un dragón azul me ayudó? —se preguntaba confundido. 

Mientras tanto en el castillo, Veriana se había recuperado del banquete de anoche, al darse cuenta que su aprendiz no volvió hasta más del medio día, se puso muy feliz al saber que él no volvería con vida.

Empezó a recorrer el castillo, deseaba conocer todo lo que se perdió durante su periodo de expulsión, ningún personal del castillo quería acercarse a ella.

Caminó cerca del Salón Blanco, su hermana le dio un gran saludo, ella la ignoró y siguió su camino con frustración. 

Camino hasta un lugar oscuro, muy sucio y lleno de telarañas, un salón totalmente cerrado, la puerta grande estaba descuidada, no fue abierta en mucho tiempo. 

—El salón azul, esa tonta no volvió —decepcionada exclamó Veriana—. ¿En dónde está la menor? —preguntaba en voz alta esperando si alguien le respondía. 

Nadie había visto a la hermana menor desde la muerte del rey. 

—Ella siempre fue muy misteriosa, es extraño no volver a verla por aquí —dijo Aitiana al oído de Veriana. 

Ella saltó de un susto y por sus instintos la agarró del cuello.

—¿¡Qué demonios tratas de decir!? ¿Azul no está aquí?  —soltó a su hermana mayor para que le explique la situación.

Aitiana tosio, recuperó aire y se limpió el rostro. 

—Verás hermana mía —empezó a contar mientras se limpiaba el vestido—, la situación es muy difícil de explicar, nadie la vio desde hace mucho tiempo, desde que me obligaron a ascender al trono, ella se fue. 

Veriana podía olfatear el miedo de Aitiana, no quería sacarle más palabras. 

—¿No sabes en dónde está, verdad?. 

—Pero tengo una idea —dijo Aitiana—, ¿por qué no vas allá afuera y dejas que nuestro pueblo te lo cuente?-, Veriana miró con desaprobación a su hermana. 

—¿Qué sucede contigo? ¿No sabes que soy rechazada por ellos? Me darán su odio. 

—Entonces compórtate de tal manera que ellos no te puedan odiar —sugirió Aitiana—, nuestro pueblo es muy respetuoso con los ancestros, los sabios y los eruditos. Tal vez si compartes tus conocimientos, ellos te respeten más. —dijo finalmente Aitiana retornando a su lugar de trabajo. 

Veriana era muy celosa de sus conocimientos, no los compartía fácilmente con casi ninguna criatura. 

—Esos tontos no lo merecen —dijo en voz baja. 

Veriana pensó en algo para sacar palabras a la gente, se disfrazó de una anciana para salir al Bosque, no debía ser descubierta por los humanos para no sufrir el rechazo del pueblo. 

Debía comportarse para mantener su libertad.

—Odio esto —se lamentaba. 

Al salir del castillo, su esfuerzo de no llamar demasiada atención fue un fracaso. 

Inmediatamente el pueblo miró 

—¿Por qué salió una anciana del castillo? ¿Será una prisionera que estuvo hasta su vejez encerrada en el castillo? ¿Lleva manzanas en su canasta?

La noticia de una anciana saliendo del castillo corrió como pólvora por todo el bosque, todos querían saber quién era ella y que hacía en el castillo. 

Veriana, con aires de derrota, evitó a toda costa el contacto visual con la gente, ya no podría despejar sus dudas sobre el pasado, pero podría conocer la situación actual.

Se dirigió al sur para buscar a las mujeres que lo sabían todo, las chismosas les llamaban.

Las tres reinasWhere stories live. Discover now