U N O

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Lloró, enmudecida mordía su labio intentando reprimirlo, pero todo, los sentimientos que se había estado guardando durante tanto tiempo habían salido a la luz en menos de cinco segundos. Desde lo que pensaba hasta lo que estaba haciendo. No se sentía mal, no tenía nada de malo ¿Qué podía estarlo? ¿Por qué habría de estarlo? Sujetaba las manos de la mayor frente a ella, sin poder dejar de mirarla a los ojos, esos bonitos ojos brillantes que traspasaban los suyos como una osadía. Era eufórico, apasionante, jovial y latente y cerró los ojos cuando sintió la mano contraria rozarle la mejilla. Quería robarle un beso, aunque fuera pequeño aunque no durara demasiado.

Hanji vio hacia abajo esbozando una sonrisa y sujetó sus manos, mientras las suyas sudaban levemente.

— No puedo negarlo, verdad?

— Entonces, ¿qué vamos a hacer?

¿Qué vamos a hacer? Esa pregunta que carecía de insignificancia, ¿qué haremos? Los ojos de su capitana decían, gritaban:
"esto no está bien"

— Pero qué le vamos a hacer.

Porque después de haber pasado por tantos prejuicios y miedos nadie dijo que sería sencillo. No era tan diferente a estar con un hombre, no, sí lo era, ella se estaba preguntando qué tan normal podía ser eso y qué tanta diferencia podía haber, y si la había. La mujer que aún sostenía sus manos en cambio estaba aún más dudosa que ella, con mil interrogantes más y sin saber que decir, pero sobre todo sin perder la cordura. ¿Por qué se había enamorado de esa recluta? ¿Por qué se le hacía tan intrigante y tierno el sentimiento?
Disfrazar ese sentimiento sería demasiado frívolo, llamarlo "amor" también lo sería. Miles de rosas floreciendo en el asfalto.

— Nunca me había sentido así con alguien. — dijo refiriéndose a ese sentimiento con un atisbo en la voz.

— Ni yo. Dime una cosa Elizabeth, ¿desde cuándo exactamente comenzaste a sentirte así? — la joven la miró con encanto.

— Meses, quizás años. — respondió sin rodeos pero con ápice de nerviosismo.

— Ya veo.

— ¿Usted? — Zoe suspiró antes de confesar.

— Sígueme, por favor. — y dejando sus cálidas manos de lado tomó su muñeca despacio unos segundos antes de salir de la oficina. Estaba comenzando a oscurecer y los demás soldados permanecían en horario de cena o en las duchas después del entrenamiento. El trayecto fue silencioso pero era bastante cómodo y tranquilo, les dio tiempo de pensar y asimilar un poco lo que estaba ocurriendo. La muchacha más joven seguía a su superior desde atrás y la veía saludar con una leve inclinación a quienes pasaban por allí, miraba su nuca y espalda con inmensurables  ganas de querer acariciar ese cabello castaño que siempre permanecía desordenado como la personalidad de la misma y se planteó preguntarle si le daba autorización, porque, después de la confesión el tacto era diferente a cuando no se habían dicho nada, así era siempre. Caminaban por las calles acompañadas del sonido de sus propias pisadas, iluminadas por tenues farolas a las esquinas y la temperatura del aire era helada, aunque no se sintiera así.

— ¿Podría ayudarle con el papeleo más tarde?

— NO

— B-bien...

— Quiero decir, no hace falta, es demasiado... más bien no, no es demasiado así que no necesitaré ayuda, pero gracias — la mujer de anteojos rascó su oreja con nerviosismo. Elizabeth sabía que eran excusas, pero no dijo una palabra.

— La noche está perfecta y las estrellas brillan como nunca. — sonrió golpeándose mentalmente por el comentario inoportuno.

— Elizabeth. — llamó la castaña. Respecto a tu pregunta, no lo sé, no sé que vamos a hacer. Si te soy sincera te habría dicho que olvidemos todo esto y solo sigamos con nuestro trabajo habitual, pero también lo veo desde el otro lado que me dice que no puedo mentirme a mi misma, y mucho menos a ti.

Entrega tu corazón [Hanji Zoe]Stories to obsess over. Discover now