Lisa tuvo un día terrible en el trabajo y lo que lo único que anhela es llegar a su departamento para poder descansar. Sin embargo, lo que ella no sabe es que su noche empeoraría al darse cuenta de quién estaba en el elevador con ella.
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Suspiré con pesadez mientras cerraba mi portátil. Hoy había sido un día demasiado agotador y estresante.
A último momento a mi queridísimo jefe se le ocurrió la grandiosa idea de hacer un conteo de todos los datos de la empresa. Entre todos sus empleados capacitados para hacerlo, me eligió a mí, por lo que pasé más de cinco horas seguidas sentada en la silla de mi escritorio, frente a mi computador, recopilando datos, sacando cuentas e insultando a mi superior en más de diez idiomas diferentes.
En el momento en el que al fin terminé ya era de noche y se habían ido casi todos mis compañeros. Durante el transcurso, solo una chica se acercó a mí amablemente para ofrecerme su ayuda, pero le agradecí y le dije que no se preocupara. Ella era nueva por lo que no tenía idea de lo que yo estaba haciendo, y aunque suene egoísta, prefería hacerlo sola.
Estiré mis brazos hacia arriba soltando un pequeño quejido en el proceso. Mis músculos dolían y sentía mi trasero acalambrado. Me levanté con lentitud de mi silla, recogí todo lo necesario para irme, asegurándome de que todo estuviera en orden y al fin pude salir de mi pequeña oficina. Ya le había enviado el conteo de datos a mi jefe por correo, de modo que no me preocupé en ir hasta su oficina.
Crucé el edificio hasta la puerta saludando a los últimos empleados que quedaban en el lugar y finalmente salí. Solté una vez más un suspiro y comencé a caminar por la acera emprendiendo viaje hacia mi hogar. En ese momento solo anhelaba llegar a mi departamento, darme una ducha tibia y luego tumbarme sobre mi cama para dormir. Si era posible por tres días seguidos.
Ya era tarde, alrededor de las diez y media, todo estaba oscuro y tranquilo. Se suponía que debía terminar mi jornada a las ocho, pero me retrasé demasiado. Agradecía vivir cerca de la empresa y que la zona fuera segura para poder andar tranquila.
Continué caminando con fatiga; mis tacones me estaban matando y la brisa fresca hacía que mi piel se erizara. Había olvidado traer mi abrigo y solo tenía puesto un vestido de oficina de mangas cortas que me cubría hasta las rodillas.
Mi vista se iluminó al darme cuenta de que ya estaba cerca de mi departamento, de manera que apresuré mis pasos para poder llegar lo más rápido posible.
Ducha tibia ahí te voy.
Al entrar en el edificio saludé al conserje con una reverencia y continué caminando. A lo lejos, vi como una persona estaba ingresando en el único elevador que había, por lo que corrí como pude con mis tacones, antes de que las puertas se cerraran. Una vez dentro suspiré por tercera vez en la noche, pero esta vez, feliz; estaba muy cansada como para subir escaleras, mis piernas no daban más.
Alisé la falda de mi vestido con tranquilidad, pensando en mi preciada ducha. No obstante, todo mi buen humor se esfumó cuando levanté mi cabeza para mirar a quien se encontraba a mi lado y mis ojos se abrieron de la sorpresa. Vaya día de mierda.