El plan de maléfica

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La niebla de la Isla de los Perdidos nunca se dispersaba del todo, pero esa noche parecía densa como el veneno. Yoongi observaba desde el techo desvencijado de su casa cómo las luces de Auradon brillaban al otro lado del barranco, perfectas, cálidas e inalcanzables. O al menos, inalcanzables hasta hoy.

-Deja de mirar ese basurero lleno de luz, Yoongi. Te distrae -resonó una voz fría y tajante desde las sombras de la habitación.

Yoongi se giró despacio, acomodando su chaqueta de cuero desgastada. Su madre, Maléfica, emergió con esa postura imponente que ni el confinamiento de la barrera mágica había logrado romper.

-No lo estoy mirando, madre. Solo calculo la distancia -respondió Yoongi con voz pausada, sin mostrar emoción alguna.

-Perfecto, porque no vas allí de vacaciones -Maléfica caminó hacia el centro de la estancia, acariciando su cetro inútil con dedos pálidos-. El nuevo y flamante rey de Auradon, el principito Kim Taehyung, ha decidido inaugurar su reinado con un acto de "caridad". Quiere traer a los hijos de los villanos a su prestigiosa academia. Una estupidez sentimental, sin duda heredada de su madre, la Bella, y del ingenuo de su padre.

Yoongi arqueó una ceja, cruzándose de brazos.

-¿Y qué esperas que haga yo entre príncipes y princesas sonrientes?

-Lo que mejor sabes hacer: simular -dijo ella, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de su rostro-. Te ganarás la confianza de Taehyung. Es el hijo de la Bella, un chico educado entre libros, ideales nobles y una fe ciega en la bondad. Será fácil de manipular. Necesito la varita del Hada Madrina para romper la barrera, y tú eres mi billete para conseguirla.

-Taehyung no es tonto, madre. Un mal movimiento y sabrá exactamente a qué vengo -advirtió Yoongi.

-Por eso no vas a atacar, Yoongi. Vas a acércateme a él. Haz que crea que quieres cambiar, que te cautiva su visión del mundo. Usa su propia empatía en su contra. Cuando tenga el corazón y la guardia abajo, me entregarás la varita.

Yoongi guardó silencio por unos segundos, observando la determinación oscura en los ojos de su madre. Sabía que no tenía opción, pero en el fondo, una extraña curiosidad se encendió en él. Conocía la reputación de Kim Taehyung: el heredero perfecto, educado, amable y con una mirada luminosa que contrastaba con todo lo que existía en la Isla.

Al día siguiente, la limusina dorada de Auradon cruzó el puente mágico. Cuando las puertas se abrieron frente a los imponentes jardines de la Academia Auradon, la música de bienvenida y las sonrisas perfectas recibieron a los recién llegados.

En el centro del comité de bienvenida estaba él. Kim Taehyung vestía un traje azul impecable, con una sonrisa cálida que parecía no tener ninguna grieta de malicia

-Bienvenidos a Auradon -dijo Taehyung, dando un paso al frente con elegancia. Su mirada recorrió a los recién llegados hasta detenerse en Yoongi.

Por un segundo, el alboroto a su alrededor pareció desvanecerse. Yoongi sostuvo la mirada, fría y distante, evaluando a su objetivo. Taehyung, lejos de intimidarse, le dedicó una sonrisa aún más suave, con un brillo de sincera curiosidad en sus ojos.
El plan de Maléfica acababa de comenzar, pero en cuanto sus miradas se cruzaron, Yoongi supo que jugar con el hijo de la Bella no iba a ser tan sencillo como su madre pensaba.

El plan de Maléfica acababa de comenzar, pero en cuanto sus miradas se cruzaron, Yoongi supo que jugar con el hijo de la Bella no iba a ser tan sencillo como su madre pensaba

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El coche de bienvenida se alejó dejando una estela de humo y murmullos entre los estudiantes de Auradon. Taehyung dio un paso hacia Yoongi, rompiendo la distancia de seguridad que el resto del comité mantenía con cautela.

-Soy Taehyung -dijo, extendiendo una mano firme y bien cuidada-. Supongo que el viaje desde la Isla no fue precisamente cómodo, Yoongi.

Yoongi miró la mano extendida durante un segundo que se sintió eterno. En la Isla de los Perdidos, aceptar un saludo formal era síntoma de debilidad; rechazarlo, una declaración de guerra. Optó por lo segundo, deslizando las manos en las bolsas de su chaqueta de cuero negra.

-Ahorrémonos las ceremonias, príncipe -contestó Yoongi, con la voz grave y rasposa-. No vine a hacer amigos ni a cantar bajo el sol.

Un murmullo de indignación corrió entre los Guardias Reales y las princesas que observaban desde la escalinata, pero Taehyung ni siquiera pestañeo. En lugar de molestarse, retiró la mano despacio y soltó una pequeña risa genuina, acomodándose el cabello hacia atrás.

-Me dijeron que serías directo. Mi madre siempre dice que la honestidad es rara, así que lo tomaré como un buen comienzo -replicó Taehyung, inclinando levemente la cabeza con esa serenidad casi exasperante-. Acompañame. Te mostraré tus aposentos antes de la orientación.

Yoongi lo siguió a una distancia prudente mientras cruzaban los majestuosos pasillos de la academia, tapizados con retratos de héroes legendarios y ventanales que dejaban entrar una luz dorada y cálida. El silencio entre ambos era tenso, pero no incómodo.

-Tu madre, la Bella... debe estar encantada con esta idea tuya -soltó Yoongi con sarcasmo, tratando de tantear el terreno y buscar una grieta en la fachada del heredero.

-Mis padres confían en mi criterio -respondió Taehyung sin detener el paso, girando la cabeza para mirarlo de reojo-. Creo que todo el mundo merece una oportunidad de elegir su propio camino, Yoongi. Tu historia no la escribió Maléfica; la escribes tú a partir de hoy.

Yoongi apretó los dientes, sintiendo una punzada de rabia. La ingenuidad de Taehyung era ridícula, casi insultante para alguien que había crecido luchando por un trozo de pan rancio. Sin embargo, recordó las palabras de su madre: Usa su propia empatía en su contra.

Llegaron frente a una puerta de madera tallada. Taehyung la abrió, revelando una habitación espaciosa con vistas al lago.

-Espero que estés cómodo aquí -dijo Taehyung, apoyándose en el marco de la puerta-. La ceremonia de coronación y entrega de insignias es este viernes. Hasta entonces, la academia está a tu disposición.
Yoongi avanzó hacia el ventanal, dándole la espalda para ocultar la sonrisa helada que se dibujaba en sus labios. El viernes. Durante la coronación, el Hada Madrina usaría la varita para bendecir al nuevo rey. El momento perfecto.

-Gracias... Taehyung -dijo Yoongi, usando su nombre por primera vez con un tono estudiado, fingiendo vulnerabilidad.
Taehyung se congeló un instante al escuchar su nombre, y una chispa de calidez brilló en sus ojos.

-Si necesitas algo, mi habitación está al final del pasillo -murmuró el príncipe antes de dar media vuelta-. Que descanses, Yoongi.

Cuando la puerta se cerró, Yoongi sacó un pequeño espejo encantado del bolsillo interior de su chaqueta. La superficie se empañó y el rostro de Maléfica apareció en el cristal.

-¿Y bien? -demandó la voz rasposa de su madre.

-El pez mordió el anzuelo, madre -respondió Yoongi, mirando la puerta por la que acababa de salir el hijo de la Bella-. Cree que puede salvarme.

-Excelente. Asegúrate de que lo intente hasta el final -sentenció Maléfica antes de que el espejo volviera a ponerse negro.
Yoongi guardó el espejo y caminó hacia el balcón, mirando hacia el bosque que rodeaba el castillo. El plan marchaba a la perfección, pero el eco de la voz de Taehyung -tu historia no la escribió Maléfica- seguía resonando en su mente con una molesta y extraña persistencia.

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