El hada Mercurita Cap. 2

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Capítulo 2: Reflexiones de Mercurita 

Reflexión 1: La vida 

La vida; el regalo del Creador. Soy una niña, me llamo Sania. El mundo es una gran extensión de terreno para ser disfrutado. No me privo de ello. Vivo con mi madre en una casita de campo en el sur, en el pueblo de Aikori, en Neuria. No tengo hermanos. Mi padre era un guerrero que venía con un ejército invasor, y nos abandonó al poco de yo nacer. Es lógico que no lo eche de menos. Me lo paso bien y me divierto. En mi casa viven unos hombres extraños. Al parecer son unos bandidos que cobran dinero a la gente para "protegerles". Mi madre no puede pagarles. Ellos toman conciencia de que no tenemos mucho. Por eso, se "conforman" con vivir en una parte del campo, en el que guardan además sus pertenencias.  

No se portan mal conmigo. Entre ellos está la novia del jefe, que me enseña a pintar, leer y escribir. Veo a mi madre recoger la cosecha. Está triste. Ninguno de esos gandules mueve la mano, a menos que la muchacha que juega conmigo o su novio, le pidan a alguno de ellos que lo haga. 

"Mamá ¿Quieres que te ayude? Le pregunto. 

Ella sonríe, y me dice que soy muy pequeñita aún. Cuando sea mayor la ayudaré. 

Sigo hablando con ella y le pregunto si es feliz. Ella sonríe de nuevo, y me dice que si yo lo soy, ella también. 

Le pregunto por mi abuela. Las pocas veces que hemos ido a visitarla a la ciudad, no nos ha tratado con educación. Y si mi fino oído no me engaña, creo que no le caigo bien. Al entrar en la casa, suele dejar pasar a mi madre, pero yo me tengo que quedar en la puerta, esperando. Oigo como hace referencia de mí, llamándome "la hija de un salvaje". Es evidente que mi desconocido padre no le caía bien, pero ¿Le he hecho yo, algo?  

La gente me ve y se compadece de mí. A mi abuela le gusta tenerme esperando junto a la puerta, de pie, y si es posible, de noche. Los vecinos le llaman la atención. Llena de bochorno y en silencio, por fin me hace pasar, pero me prohibe salir de la salita. Por lo que veo, está discutiendo con mi madre. Sus enfadadas voces se oyen con claridad, así como la inconfundible frase "Esa salvaje niña". Mi madre ruega, suplica, casi llora. Entonces, se oye un golpeteo metálico. Mi abuela no puede más y cede. Le da dinero a mi necesitada madre. Pero..."Esto, mi querida Línan, te lo doy para tí, porque eres mi hija. No para la niña". 

Mi madre sale. Ya es de noche. Mi abuela cierra la puerta con enfado. Le pregunto si ha sucedido algo grave. Pero mi diplomática madre, resta importancia al asunto. Niega que mi abuela hablara mal de mí ¡Pero si escuché con claridad como me insultaba! "Es tu imaginación, Sania".  

Al ser de noche, no podemos volver a casa. Está muy lejos. Le pregunto si no podemos quedarnos a dormir en casa de mi abuela. Mi madre responde muy apurada. No puede ser. Ella está muy enferma. Tampoco podemos permitirnos ir a una pensión, por lo que nos ponemos en camino hacia el templo de Dios, donde nos acoge el padre Arselo, el párroco. Arselo es un buen hombre. Ayuda en lo que puede a los que lo necesitan. Nos presta una manta a cada una, y compartimos la habitación con dos viudas y dos mendigas. Antes de dormir, se ponen a hablar de sus vidas. Mi madre les confirma el poco aprecio que me tiene la abuela, así como su odio hacia mi padre. Yo estoy cerca y me entero. Pero ellas no le dan importancia. Creen que los niños somos sordos o vivimos inmersos en nuestro mundo de fantasía. Eso me hace pensar que los mayores no son tan listos como nos quieren hacer creer.

Reflexión 2: El amanecer

Por la mañana, nos levantamos muy temprano por consejo de Arselo. El párroco conoce a unos mercaderes, que gustosamente nos llevarán a nuestra casa, montadas en el carro. Se va la mar de bien. Me pongo a pegar saltitos. Mi madre se asusta y me pide que me esté quieta. Con mejor humor, el conductor me dice lo mismo; pues aunque el carro es resistente, el burro se puede asustar.  

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